15 de enero de 2026



 Otoño

VI

 

Recogemos frutos nuevos,

preparamos el lagar

estrujamos la última lágrima.

Crepitan las castañas en las brasas

a los cerdos les echamos los restos inservibles

de las cosechas.

Llegará su San Martín, y el nuestro.

En el campo.

 

El smog tan consistente que lo puedes masticar.

Camiones, bocinas, humo haciendo niebla

en todos los caminos de la conocida villa

Compramos agua embotellada

bombonas en las clínicas desintoxicantes.

Pastillas para el dolor.

En la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

Desde mis otoños entro al invierno

tal vez penetré a su vencimiento sin percatarme.

Me paseo por unos recuerdos

que me place visitar y te los cuento

como si mis consejos sirvieran para algo,

para alguien. 

 

¿A quién me dirijo?

 

A ternes corazones sin embrutecer.

A gentes que el olvido de la juventud no los visitó.

A corazones metalizados con fulgor de brillantina.

A los ancianos agarrados a su andador.

A nadie en concreto y a todos en particular.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

Llueve,

los atascos monumentales.

que cada año compiten en llegar más lejos.

Caras de niños pegadas a las ventanillas.

Aprendices calándose en lugares sin autobuses.

La prosperidad y la mugre conviviendo,

ley de vida, canon perfecto.

Temiendo al otro.

Al que viene de lejos.

Al ladrón que me quiere robar.

 

En la clínica la celadora intenta leer

unos nombres impronunciables

una piel morena me ayuda a incorporarme.

Hoy también me duele más que ayer.

 

 

 

 

 

 


 

 

IX

 

En un claro del parque, un mayor

tomando el sol como los caracoles

viendo los juegos en el amplio jardín de soñadores

no hay tiempo suficiente,

el espacio se pliega con las cabalgadas

del sheriff siguiendo malosos entre los confines.

 

Los puntos de luz juegan al recuerdo

las manecillas de nuestros presentes

y el banco recogiendo aquella intimidad de pipiolos.

El primer beso, la lagrima tardía del desengaño

el levantarse y volver a ti.

Hay en el parque pliegues de lo persistente,

donde conviven, caóticamente,

los sobrantes de las memorias.

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

Hoy han vuelto a cerrar la ciudad                

que no pase nadie.

Ya no es una canción infantil,

ya no se juega en la calle.

 

Paseo con mascarilla y gafas protectoras hasta el reducto verde,

sorteo boñigas caninas de dueños escrupulosos,

nadie vacía las papeleras del parque

penden bolsitas negras anudadas.

Los canes se huelen

los amos cuentan lo listas que son sus mascotas,

formando círculos con las correas

contestando otro mensaje más,

por whatsapp.

 

 

 

 

 

 

 

 

XI

 

Silencio en la ciudad:

ruido ensordecedor de neumáticos

motores broncos, cláxones de coches,

ambulancias a toda sirena.

 

Hay impedimentos a la libre circulación.

El giro imposible del autobús

paqueteros en doble fila

el paso desconfiado de los ciudadanos.

Casas con doble ventana

 

Hay que salir del centro para romper silencios.

Los desheredados hablan en voz alta

música a tope.

Por las esquinas se oye a gente gritar.

 

 

 


 

 

 

 

 

XII

       

Vestir el pasado con encajes que nunca tuve.

Me tienta:

«Cualquiera tiempo pasado fue mejor».

A mi parecer.

Se avienen dolientes vivencias

de años mozos,

y apetezco decir:

«cualquier tiempo pasado fue peor»,

parafraseando a los viejos cantantes.

 

Descubro canciones que nunca escuché,

y que nunca canté,

y eran tan hermosas,

y fueron tan conocidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

El otoño acaba oficialmente

el veintiuno-veintidós.

El décimo segundo mes del año solar, se llama diez.

Empieza a pesar tanto manto de hojas caídas.

 

Ojalá mañana nieve

o el viento se lleve

todas las tribulaciones.

 

Los bronces, los dorados están sucios,

no es una estación conveniente.

Acaba por agotarme tanta perfección.

No me importaría su despedida.

Por este año.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIV

 

Las noches son más largas

para acoger mejor las caricias

en este obligado estantío.

A rebujarse entre sábanas

pasado el día.

Aprender de otra piel

la importancia de esta vida

No dejar resquicios al hastío

de las complicadas jornadas

de nuestro aburrido discurrir.

Instruirse sí,

en el conocimiento enciclopédico

de los cuerpos en contacto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XV

 

El entretiempo, alusivo a la edad madura,

preámbulo de lo viejo, de cuánto cuesta doblarse.

 

Mejor déjalas ahí, ya se las llevara el viento.

Retrasar lo que se pueda la provecta edad

que se viene.

 

A la voz de «después de usted, señor»,

del maldito mocete de irónica educación.

 

No nos engañemos la estación anuncia

sin solución de continuidad,

el invierno.

 

El otoño no es tan perfecto como él se cree

pues se parten las aves a climas más benignos.

Los pastores se llevan de trashumancia el ganado.

 

 

 

 

 

 

XVI

 

Es el momento de la melancolía,

lo reconozco.

De recordar lo imaginado de neno,

los trasgos trasteando con las hojas húmedas

o de esas bromas pesadas que les prestaba hacer.

 

Necesitábamos de encantos y sortilegios para seguir.

Cuartetas que aprendí para olvidar al crecer

historias con moraleja.

No fíes del trasnu, que no te vea,

pues de travieso se sienta sobre tus tripas

causando inmenso dolor

y solo te libra el sortilegio

aprendido de los abuelos.

 

            —Dime tía, dime tía, por favor,

olvideme de las palabras contra el dolor.

Y ríe, ríe sin parar.

Ya eres demasiado mayor

Ya no te puedo decir.

Creciste,

ya eres mayor.

 



XIX

 

El otoño es una estación de paso

 

 

Estoy perdiendo mis días.

El otoño es una estación de paso.

Hay una pulsión de huida, de al menos no quedarse,

no traspasar la frontera de lo que se percibe gélido.

Perdidos.

No quiero estar aquí en el tiempo de las hojas caducas,

empujando hacia la frontera de la edad provecta,

no me siento preparado.

Quiero volver al verano y los sentidos en ebullición,

cuando la piel te quema.

He de reconocer que los amaneceres me pillaban

siempre dormido, demasiado cedo para estar despierto.

Ahora llegan las horas de contemplar amaneceres,

en los meses dorados, a las puertas de otro futuro.

 


 

11 de noviembre de 2025





 La Braña

 

I

          La aldea de la Braña, un asentamiento en la montaña, que, en sus años de esplendor, llegó a reunir unas veinte casas a lo largo de una carretera que subía en cuesta, a otra aldea aún más lejana.

          Veinte casas repartidas a lo largo de kilómetro y medio, con algunas ramificaciones que morían en las propias casas de labranza.

          Esta aglomeración fue debida a que, en este lugar, se apareció la virgen.

          Me contaron: en este lugar se apareció la virgen a un pastor y, como señal, marcó el lugar, haciendo brotar del suelo una fuente de agua limpia y cristalina, es decir, un manantial mariano.

          Puedo dar testimonio, pues bebí del caño de la fuente allí construida.

Y exploré por detrás de ella, y constaté cómo se paseaba por el manantial un llimaco, muy limpio, eso sí.

          Aparte de los escrúpulos modernos, doy fe y asevero que, en mi memoria, asociada a mis papilas, soy incapaz de recordar un agua más fresca y más rica de la que bebí entonces; ora en la fuente, ora del cubo que en la cabeza portaban mis tías para abastecernos, de agua para beber, agua para cocinar, agua para lavarse la cara.

          Las apariciones y la fuente propiciaron que, a unos cien metros, en lo alto de una cuesta, en una no muy extensa pradera, se erigiera una iglesia. Dedicada obviamente a su advocación, la parroquia de turno, con rectoría y todo, pasó a tomar nombre del lugar una braña, y, al singularizarse, tuvo la prestancia merecida: la parroquia de La Virgen de la Braña.

          Este asentamiento de finales del siglo XIX propició un comercio de telas con sastra y un colmado con algunos productos necesarios y algunas bebidas imprescindibles.

          Y la romería.

          La romería del 15 de agosto, con sus ramos de acebo, con rosquillas de anís enlazadas, su sidra y su procesión.

          En los prados colindantes a la fuente, acampaban cientos de romeros, empanada en ristre, tortilla y bollo preñao.

          En casa, comida de fiesta, y el famoso bollo dulce de la abuela, el único dulce que me gustaba de pequeño, hasta cuando crecí.

  

II

 

          En la Braña caminas sin encontrarte con nadie. Días y días, algún rebuzno, mugido o balido informa que la aldea está viva.

          Hay un colegio vacío en verano, donde aprenden las cuatro reglas los nenos del entorno.

          Mi abuela, tan pequeña como un duende, toda de negro, pañoleta a la cabeza y grandes manos de tanto trabajar. De pequeño me envolvía en su regazo y me dormía.

          En las montañas habitan los lobos, en las aldeas habitan los hombres temerosos de los lobos.

           «Se reconoce a un lobo en la espesura por el fulgor de sus ojos.

           Sabes que nos llaman los Mediaoreya.

          Tu padre acarreaba traviesas en el monte.

          Si te preguntan, tú eres hijo de Felipe de Constantina».

 

          Cuando me dijeron que la abuela había muerto, quería llorar, que me vieran llorar, no pude.

          Y me preguntaba, sí yo quería a mi abuela, por qué no sentía pena, por qué no tenía ganas de llorar.

          Yo estaba a gusto con mi abuela, me gustaba estar con ella.

          ¿Por qué no sentía la angustia, el pesar, ese dolor que he visto estallar en tantas gentes?

          Tal vez, solo tal vez, mi abuela está conmigo y no me deja estar triste.
          Sigue aquí, a mi lado, con sus grandes manos, acunándome.


4 de noviembre de 2025

 


Mi hermana, que sabe contar historias

 

          Las mejores películas que he visto me las ha contado mi hermana Pepita. Su voz, su entusiasmo, su narración nos tenían a mi madre y a mí embelesados.

         Mi madre y mi hermana, con el tiempo indistinguibles.

         Mi madre versus mi hermana, dos caracteres a la greña, dos mujeres de armas tomar.

         Mi madre, la severidad. Una fachada que anteponía a sí misma, sus gestos, las más de las veces dirigidos a Pepa, se esfumaban cuando esta nos narraba sus historias de cine.

         Ahí estábamos los dos, mi madre y yo, en la cocina, escuchando, sin perder ripio, la voz y los gestos que acompañan a la película recién vista.

         Cómo nos llevaba poco a poco, metiéndonos en el intríngulis fílmico, con representación incluida; la más teatrera de la familia.

         Mi hermana, once años mayor que yo, nos traía noticias de lo que ocurría afuera, en el mundo. Y me entusiasmaba, me hubiese gustado saber ver como ella.

         Hay una tradición oral, que nos habla de un tiempo muy pretérito, cuando había un abuelo nuestro dedicado a rimar y a tocar la gaita, por las aldeas del occidente astur, desde La Braña.

         Pepa es su heredera directa. Un talento familiar prendido en su caletre de contadora, transformando aquellas viejas películas en un mundo mágico.

         Así, pasó que, sí alguna vez vi su película, no era ni por asomo la décima parte de hermosa que lo contado por ella.

         En el calor de la cocina nos reuníamos los tres, mi madre, mi hermana y yo.

         Mi padre se había ido al trabajo, en la fábrica donde trabajaba de vigilante nocturno. Mi hermano, de emigrante en Suiza.

         Solos los tres, mis madres y yo, el benjamín.

         A veces no eran películas, eran sucedidos. No nos importaba, mi mamá grande y yo escuchábamos, y Pepa se paseaba, gesticulaba y veíamos todo claramente, con esa extraña capacidad para volver en imágenes todas sus palabras. 

          Me hubiese gustado tener su talento, aunque algo se me ha pegado, un poquito de imaginación, un poquito de palabrería y con ello pretendo ser el bisnieto del titiritero. Un titiritero en papel, sobre un papel.

          Pues yo crecí acunado entre sus brazos y sus historias, las de mi madrina, mi hada madrina, mi hermana.

 

          El tiempo y la enfermedad atenuaron su voz, pero no te engañes, está ahí, y sigo bebiendo, copiando, plagiando historias.

          Historias de amigos y familiares, trágicas o divertidas. Historias que nunca me cansan.

          Las romerías con sus bailes, el cine y los paseos, los cuentos del trabajo, historias de los que se fueron, historias de los que están al lado. Y su hija.

          La juglaresa, la trovadora, mi madrina.

          Recuerdo sus historias de oficina, sus trabajos y decepciones,

          Cuando empecé a trabajar y a aprender de la vida, comprendí que cualquier cosa que me pasara era mejor si me la contaba mi hermana.

 

          Pues yo crecí acunado entre sus brazos y sus historias, mi madrina, mi hada madrina, mi hermana.

 

28 de octubre de 2025

 



Lo contaba nuestra madre. 2ª parte.

 

Su padre.

          Variación en mí menor

          Mi madre me contó como sopraban la leche, para quitarle la nata. Esta servía para mercar un poco de café y de azúcar, pues su padre había vuelto con esa necesidad de sus estancias en Cuba.

          Mi abuelo era un indiano, pero de los pobres.

          Marchó a Cuba, no sé qué hizo allí, pero, ahorrados unos pesos, volvió para construir un caserío en las montañas, unas pocas tierras que había que levantar y una casa por hacer, una casa nueva.

          Casó con mujer joven y pronto partió de nuevo en busca de más dinero para comprar tierras con las que acrecentar su pequeña hacienda en las montañas.

          Empinadas tierras, insuficientes tierras para sacar adelante tamaña familia. A medio camino de Boal y La Caridad.

          Sus hijos partieron al Uruguay en busca de trabajo. Años después, la intemerata de años después, llegué a conocer a una prima hermana y a su marido de visita por Madrid. Mi prima, es decir, la sobrina de mi madre era mayor que mi madre, a mí eso siempre me creó una extraña fascinación y las miraba, las dos de pelo blanco, las dos abuelas, tía y sobrina.

          Mi madre y el tío Miguel conocían a sus hermanos mayores por carta, porque ellos nacieron con la segunda y definitiva vuelta del abuelo Ulpiano, que, ya más descansado, en las tierras que había comprado con ese dinero, trabajosamente ganado en Cuba, se las ingenió con la abuela para propiciar el auge de la cabaña humana de montaña.

          Y los pequeños crecieron con él presente, su café y su hernia.

          En unas tierras tan pinas, que era necesario subir cestos de tierra sobre la cabeza o sobre las costas, a lo alto del eiro. Intentar fijar la tierra que se les escurría ladera abajo. Sujetar la tierra para sembrar un poco de trigo o unas patatas o maíz.

          El maíz sirve para todo: los tallos para las vacas, de las mazorcas se saca grano para las aves de corral, también se hace harina, y se tuesta, y se le hecha leche soprada, y se lo daban a mi madre para cenar, y lo odiaba.

         Las gachas, la harina de maíz tostado con leche o con caldo. Una vez compré Corn-flakes, mi madre me miraba raro y no consintió en probarlo, decía que era comida de cerdos. A mí, en cambio, me gustaba el maíz tostado, en eso me parecía al tío Miguel. Supongo que, además, influía la cantidad de azúcar del tueste y la cantidad de azúcar que le añades con la leche. Había una variación, y era tomarlo con el caldo de rabizas, que sempiterno reposaba al lado del fogón.

          Mi madre decía que ella odiaba las gachas de meiz, pero que, si no se lo tomaba, su madre se lo guardaba para el desayuno o para la comida —pero la señorita se lo iba a comer—. Al final, mi madre se rendía por hambre y comía el maíz tostado, con un pelín de reproche a su hermano Miguel que se las comía con tanto gusto.

          Cuenta mi madre de la suya que, al llegar el sábado, preparaba un hatillo con una docena de huevos y con la mantequilla (que se hacía con las natas que durante la semana le habían sacado a la leche dejándola desnatada, quiero decir soprada). Mercaba la abuela en el emporio de la zona, la villa de Boal, importante núcleo urbano con casas solariegas y con poeta, pues, sino recuerdo mal, Carlos Bousoño es de esa tierra. Se vendía o se cambiaba, que no presté mucha atención, por un cuartillo de azúcar, un cuartillo de café y un poco de tabaco para padre.

          El abuelo. Ulpiano.

          Ulpiano, sonoro nombre de un abuelo que no conocí, asociado a un pocillo con café y a una petaca con tabaco de liar.

 

 


 

21 de octubre de 2025

 

 


CLUB DE LOS SUFRIDOS

 

 

          Esta es la historia de un mendrugo, conocido también como chusco, por su similitud con esos panes que les repartían a los militares sin graduación cuando prestaban sus servicios a la patria en los tiempos en que era un servicio obligatorio.

          El protagonista humano sería, cómo no, mi hermano, nuevo habitante en Madrid, venido con mis progenitores y los suyos desde una aldea asturiana. Cuando la posguerra se había instalado definitivamente en la ciudad.

          Los años del hambre.

          Vivíamos en una habitación alquilada con derecho a cocina.

          Encima de la mesa, el resto de un chusco cae distraídamente en posesión de su mano, está un poco duro.

          —Ya no hay vuelta atrás, sus huellas están en el cacho pan.

          —¿Qué hacer? Ya de perdidos al río.

          Una mirada alrededor de la cocina y silencio. Una rápida huida a la habitación alquilada con derecho a cocina.

          En un momento se refugia debajo de la cama de nuestros padres, entre el somier y la baldosa, sin que nadie le moleste, en silencio.

          Empieza a roer el pan duro hasta que ni rastro de migas quedan. Una labor constante y paciente, desmenuzando el pequeño trozo de pan. Al final se ha quedado un poco dormido, en duermevela.

          Una escoba diestramente utilizada le saca de su sopor y le empuja a salir de debajo de la cama.

          No hay rastro del crimen, se comió las pruebas, nadie le ha visto, aun así, deducimos que ha sido descubierto. Las expresiones de nuestra madre y las formas que van tomando su cara, no dejan lugar a dudas.

          —Le han pillado.

          Se ha ganado una somanta a palos, una muy seria reprimenda y unas miradas de lo más inquisitoriales. Se deduce de toda la diatriba que el pan no era nuestro, era de la otra familia con derecho a cocina o de los caseros, información que no recuerdo con exactitud, porque no me lo contaron o porque nunca me lo dijeron.

          En la saga familiar quedó registrado el evento como la sustracción del chusco, o el chusco a secas.

          Se aceptaba como eximente el estado de hambre crónica de los residentes de la casa y aledaños.

          La fama de mi hermano como hombrecito cabal bajó muchos enteros. Y sirvió años después, en un tiempo estimado, de bastante prolongado, de risas, cuchufletas y sonrisas variadas por parte de los hermanos pequeños.

          Era tan divertido imaginarse a mi hermano tan pulcro, debajo de la cama, comiendo pan duro.

          Y lo repetíamos, de esa forma tan cansina que todos los críos saben utilizar hasta destrozar los nervios de los adultos.

          —Otra vez. Cuéntalo. Otra vez, porfa.

          Ahora sé que era cruel.

          Mi hermano, al contrario, supo convertirlo en una victoria dulce para el recuerdo y fundó para nuestras risas, el aclamado Club de los Sufridos, del que se autonombró secretario a perpetuidad; como presidenta, nuestra madre, cómo no, y a mí me dejó ser miembro permanente de pleno derecho por ser el benjamín de la casa y por tener predisposición a los percances.  Poco a poco, se fueron incluyendo todos los miembros de la familia, también cónyuges y, con el tiempo, las nuevas generaciones crearon una amplia, no muy extensa, pero selecta selección de asociados o miembros de pleno derecho del Club de los sufridos.

 

14 de octubre de 2025

 



La casa rota

 

          Haciendo esquina, en la manzana de la calle donde vivía, había una casa rota.

Un nombre para identificar el lugar, que luego he oído repetido para definir otros lugares, otras geografías.

          La fachada en un ladrillo visto con impactos, tenía, o así lo recuerdo, una especie de arcos en la fachada de la planta baja, unos arcos sin vano, mero adorno que agradaba a la vista.

          No tenía portal, no tenía ventanas, estaban tapiados los huecos con algún tipo de ladrillo, distinto del conjunto, que lo afeaba.

          Mis padres, gente de orden, pobres, afines al régimen, me enseñaron a desconfiar de los habitantes de la casa rota.

          —Ten cuidado y no andes remoloneando por ahí, no sea que llegue la policía.

          Con algún chiquillo del lugar me aventuré entre los escombros que servían como hogar a estos chavales y sus familias.

          Una vez, solo una vez, hay en mi memoria un recuerdo de sus gentes. Hoy me arrepiento de no saber quiénes eran, por qué acabaron allí, en la casa rota.

          Me resultaba mágico correr con otros chavales entre los cascotes, mientras los adultos trajinaban en sus quehaceres.

          Veíamos a una mujer haciendo la comida y me pareció ver a un hombre leer el periódico.

          Un día desaparecieron sus habitantes y los huecos fueron tapiados consistentemente, un día, y en silencio.

          Un tiempo después, la casa fue demolida a puro golpe, con sudor y piquetas, y empezó la construcción de un edificio moderno. Al ocupar su lugar, conservó algo de la magia antigua. Una impronta del pasado con un artilugio del futuro.

          Dos cosas embellecen su recuerdo. 

          Lo exótico de un garaje con portón elevadizo, del que brotaba, de vez en cuando, algún vehículo, en tiempos en los que eran innecesarios los garajes en Madrid, habiendo tanto sitio en la calle. 

          Y en la propia esquina, una librería de estrambótico nombre, Antonio Machado. Nunca entré, aunque pasaba el tiempo mirando sus escaparates cuando estaban intactos. 

          Mirar y no tocar. 

          Y el silencio.

          Lugar de encuentro donde se podía practicar el lanzamiento de piedra y la pintura con mensaje, a la par que cualquier forma de expresión definida por su ideología.

          Tuvo su punto, antes de, durante y en la transición a la democracia.

          Mañana voy a pasar por la calle Benito Gutiérrez a propósito, y a propósito entraré en la librería Antonio Machado; a propósito, compraré un libro y a propósito será un libro de poemas de Antonio. Y otro será de Manuel. 

          Porque don Antonio se merece que recordemos a su hermano.

 

7 de octubre de 2025

 






Cine de Verano

 

          Bajo la presión del entorno sucumbe una vez más los espacios de mi infancia.

          —Me robaron el cine de verano.

          —Hasta luego Luckas.

A mí me gustaba el cine de verano.

El lugar donde veraneo. Un fuerte calor y una gran humedad. Es el Bochorno.

Había noches, calurosas noches, cargadas de bocatas. Una familia con críos, con abuelos, y con cojines.

Cojines bajo el brazo, cada uno con el suyo y unas rebecas p'al relente.

En la pantalla una peli, en la mano palomitas of course, agua, refrescos y una cerveza para papá.

Las palomitas eran nuestro premio después de acabar el bocata.

Un clamoroso estrépito saluda el trompazo que se ha ganado el villano, ese pedazo de malhechor y malandrín. Es influencia del abuelo.

El abuelo nos manda callar, pues no se entera de la película. Afortunadamente, los otros niños, en el cine no le hacen caso. Se abre la veda para vitorear en el cine.

Mi hermano pequeño siempre se duerme a mitad de la película y tengo que contársela luego. Yo me encorajino, porque si se va a dormir, que se quede en casa viendo la tele.

Abrieron un cine para todas las estaciones, con aire climatizado.

Nos cerraron el cine de verano.

Adiós al bocata, las palomitas y a volver medio dormido, a caballo sobre mi padre.

Adiós a la doble sesión continua.

Ahora he ganado, una única película, al doble de precio, con aire acondicionado y en silencio. ¡Que como venga el acomodador!...

Adiós al cine de verano. Adiós

 





1 de octubre de 2025




 Lo contaba nuestra madre. 1ª parte.

 

El hijo de un descanso.

 


          Mi hermano nació el último año de la guerra civil. En una casa. En el monte del occidente asturiano. Había ido mi padre a reponerse de las heridas sufridas en combate. La sangre joven rehabilita las heridas, restaña el vigor perdido. Y tanto vigor, junto a lo que entonces denominaban el natural uso del matrimonio, generó una nueva vida: el primogénito.
          Es mi hermano hijo de un descanso. Un descanso en la guerra.
          Tuvo mi hermano dos nacimientos, el natural y el otro.
          Existía en las casas de labranza una trapiella en el suelo del dormitorio, orientado a vigilar a las vacas, sobre todo a las parturientas. Este ventanuco permitía, sin abandonar el cálido lecho, observar su estado en las aburridas, en las frías, en las largas estancias de la oscuridad del invierno.

          Luis, que es el nombre de pila, y por el que aún le reconocemos, debía estar en los inicios de sus movimientos. Y en algún descuido de nuestra madre. Las madres también duermen. Decía pues que, en un instante, desde el ventanuco del suelo, cayó mi hermano a la cuadra.

          Felechos, toxos y otra folgueira amortiguaron su caída, que fue considerable. Aun así, debajo permanecía un penedo. Así que el golpe amortiguado terminó con su sien impactando en un canto.

          De ahí su cicatriz que aún nos muestra cuando nos visita la nostalgia. Escasa la distancia, menos de medio centímetro desde su sien, a lo que hoy resta de su bregadura.      La marca de su segundo nacimiento.

          Mi afortunado hermano vino entonces a nacer dos veces, una de la forma acostumbrada y más convencional y, la otra, después de un vuelo sobre la cuadra.
Para enredarlo un poco más.

          Se hace constar como nacido en el lugar llamado Rabejo, es decir, la casa de mi madre. Pero sospecho por los relatos que debió venir al mundo en el Bao, donde mi madre residía durante la guerra civil. En casa del tío Miguel y de la tía Consuelo.
          El Rabejo, la castellanizada forma que se permitía en aquellos tiempos. Nombre que constaba en el DNI de mi madre y de mi hermano. Más tarde pasó a ser Rabexo. En virtud de la democracia, sus autonomías y la recuperación de las formas vernáculas.
          Y no es lo mismo haber nacido en el Rabejo, con ese pedazo de jota, a ser natural del Rabexo, con una equis pronunciada como una che francesa.
          Hoy desaparecido el lugar administrativamente, ha pasado a ser natural de la Caridad. Distante varias leguas, es decir, unos veinte kilómetros del lugar.
          Por algún motivo mágico parece lógico el lío administrativo, para no ser menos que los sucedidos.

          Allá por el año 39.

24 de septiembre de 2025

 


 
El volteo del benjamín

VI

 

De todas las variaciones sobre el tema me tocó nacer hijo de la portera. No era un oficio agradable, entre los sí señor y los buenos días tenga usted don Gustavo, te podían dejar un complejo de inferioridad. No es mi caso. Siempre descollé entre lo más granado de la sociedad. Puede que no salte a la vista, pero yo lo tengo claro.

Las obligaciones propias de una portería conllevan acudir presuroso a la puerta del ascensor para abrir su puerta. Vocear «ascensor» cuando algún vecino se demoraba al cerrar las puertas o subir peldaño a peldaño de escalera cuando un vecino torpe dejaba mal cerrada la puerta del elevador.

Hay frases irritantes.

—Anda, rapaz, tú, que tienes buenas piernas, sube a ver si hay alguna puerta abierta.

Y subías.

Con suerte, el ascensor se hallaba varado en el principal, y el trayecto se hacía en un pis pas, pero cuando era el séptimo, ¡ay! Cuando era el último, qué dolor.

Ese estado de cosas me llevó a conocer los números hasta el siete. Ahí paré, me creía, en mi santa ignorancia, que más arriba del siete no existía nada, eso fue motivo de perplejidad en el colegio, cuando me informaron de que, después, había más, y la repanocha era cuando, en el bachillerato me enteré de que la cosa se extendía al infinito y más allá.

Entre las obligaciones de la portería, constaba la limpieza de la escalera y el portal con una frecuencia previamente pactada.

El portal había que fregarlo todos los días; las escaleras, era suficiente una vez a la semana. En invierno o en verano, una bayeta y el cepillo de raíces para las partes en peor estado, todo ello regado por una gélida agua de esas que en invierno hacen brotar sabañones. Los vi en las manos de mi madre.

Una vez inventada la fregona de palo y cubo escurridor, se estableció un debate vecinal por la pertinencia o no del invento como herramienta útil para el aseo del portal y escalera. Básicamente, se ceñía el debate entre fregar con el nuevo invento o, por el contrario, quedaba mejor con una mujer de rodillas sobre una borra (que eso no perjudica la labor) y su cepillo de raíces, piedra pómez y demás parafernalia propia de la señora de la limpieza.

Se creó una comisión.

La comisión visitó portales vecinos para el asesoramiento, se destacó a un vecino más lejos para observar el procedimiento en barrios de postín. Las visitas generaron unos gastos de representación considerables en convites a los presidentes de los portales visitados en los que se recababa su permiso para la toma de datos.

El informe resaltaba dos visiones antagónicas: la meramente higiénica, y la vertiente económica. Desde el punto de vista técnico, el informe no era concluyente sobre si era mejor un sistema u otro En cuanto a limpieza, dependía más de la calidad de los productos y de las veces que se cambiara el agua que del hecho de estar de rodillas o utilizar fregona: la limpieza de rincones era una cuestión más del interés o dejadez del profesional de turno que del medio utilizado

Un punto controvertido fue el posicionamiento estético de uno de los miembros del comité que dedicó sus energías a ponderar la plasticidad de una señora de la limpieza de rodillas por la escalera, bayeta en mano, escurriendo la suciedad en el cubo de zinc, mientras pasaba a su lado dirigiéndose a la portera con un elegante «buenos días, portera», prueba de la calidad y buena educación del vecindario.

Lo que decantó definitivamente el debate fueron los gastos económicos y de mantenimiento del palo de la fregona que lo hicieron inviable. La comisión había agotado los recursos habilitados para innovaciones tecnológicas e incapaces las arcas de afrontar nuevos gastos, so pena de endeudarse, a sabiendas de la tajante oposición al gasto de varios de los vecinos, se decidió por amplia mayoría, aparcar la decisión hasta conseguir los fondos imprescindibles para afrontar los gastos que conlleva toda innovación, y no lastrar con una decisión precipitada la futura toma de postura de la comisión que se crea al efecto.  

Ahora que lo pienso, tal vez tuvieron algo que ver en el debate las colaboraciones realizadas por mi hermana por expresa invitación de mi madre, pues el ser aún muy cría no era óbice para un desarrollo acorde a la edad de niña bonita.

17 de septiembre de 2025

 


El volteo del benjamín

V

 

Los clérigos se veían como gente de oficio, muy profesional. Con tanta aspersión, no se podía evitar que alguna gota incidiera sobre ti, cosa por otro lado de nula importancia, en todo caso podía ser molesto una gotita impactando en el ojo de alguien. Bien por la censura que cortara los momentos más delicados, bien por su habilidad en la dispensa de bendiciones no tuve noticias de incidentes destacables en las diferentes celebraciones, la inauguración de un pantano o en el desfile procesional de las fiestas mayores del pueblo.

Las fiestas, de honda raigambre popular, donde se desataban las emociones más intensas y sublimes por amor al santo o a la virgen del lugar. He de hacer notar que muchos pueblos disponen de virgen propia para sus celebraciones o festejos, y de entre todas ellas destaca La Virgen de La Braña, que es la única verdadera y que se apareció a un pastor, como es de rigor, e hizo brotar un manantial de agua fresca, así lo afirma la tradición y no pienso dudarlo. De natural generoso, los aldeanos de La Braña permitían imágenes al uso en otras latitudes para el paseo procesional y para ayudar a las gentes sencillas a focalizar su fe y su pasión por la santina. Ello no es óbice ni valladar para reconocer que virgen solo hay una y a ti te encontré en la calle.

Y la romería, asociada al final de la procesión. En los prados de la parroquia, hermosas empanadas de carne o de pulpo, al gusto de gentes sencillas y devotas, regando los gaznates con la suave sidra escanciada por manos expertas, un queso y bollos preñaos, rosquillas de postre bendecidas en sus ramos de acebo y salvaguarda de las tierras y de los vecinos.

Normalmente, el fin de fiesta se amenizaba con un baile bajo los sones de orquestas traídas de Galicia. Me asalta la duda de si eran gallegos, porque era lo que más cerca nos pillaba o porque eran gente aficionada a la música y recurrían a ellos, porque tenían instrumentos y se habían aprendido pasodobles y alguna cancioncilla para amenizar las veladas de la romería.