24 de enero de 2026

 



Glicinia

  

 

A la glicinia le salen unas flores azules

con las que incita a diversos abejorros

a un repaso de estambres y pistilos.

Para reconforte de la planta y colmar el apetito.

 

Todo tipo de insectos voladores o no,

hasta unas avispas con las que hay que mantener

un prudente distanciamiento.

 

Debido a la crisis que nos rodea no he visto abejas,

sospecho con meridiana certeza que es el cambio climático

tan repetido por los perroflautas

y que a lo mejor es cierto,

pero son tan cansinos.

 

Pude fijarme en un día de tórrido calor

de esos que no se mueve ni la más tenue brizna

de hierba a menos que la abaniques.

Qué una florecita azul de la glicinia se desplazaba

por el enlosado lindante a la planta.

Iba el pétalo de la wisteria arrastrada,

con ímprobo esfuerzo, por una hormiga.

 

 

Durante un tiempo considerable

constaté los vanos intentos de arrastre

por parte del insecto que, por algún motivo,

se había quedado enganchado en el pavimento,

la hoja, haciendo que todos los esfuerzos de la hormiga

la llevaran a tirar en circulo.

Sin desplazamiento, sobre el mismo sitio.

Estuve tentado de acabar con esta alusión a Sísifo,

bien quitando el objeto de sus esfuerzos,

bien dándole matarile a la hormiga,

conocido es lo plasta que llegan a ser los formícidos,

o los aplastas o vuelven a las andadas

las formigas en su carreiro.

 

 

Los pétalos azules que cubren un pequeño reducto de jardín

y a los que veo fluir arrastrados por hormigas,

acaban junto a su portador, prendidos,

en las telas de araña que jalonan el camino.

 

Las telas de araña al fin visibles

con sus toques de azul entre hilos.

Eso las condena.

Al ser visibles serán limpiadas.

18 de enero de 2026

 


La rosaleda

 

 

Por el paseo de las flores, camina un hombre con sombrero de jipijapa. Vigila los pétalos abiertos de la rosaleda.

Una vez al año estallan brotes y color, revientan las pituitarias con sus derroches. Almizcle con lavanda, jazmines, pan y quesillo, exóticas flores de profundo aroma se desparraman en el aire, atiborrando la atmósfera que hasta la puerta de las casas llega.

Llega al hormigón, al ladrillo que rodea el parque, al colegio.

Dentro, un funcionario de chaqueta raída enseña a los niños la tabla de multiplicar.

Hoy hay una nube tapando el sol.

15 de enero de 2026



 Otoño

VI

 

Recogemos frutos nuevos,

preparamos el lagar

estrujamos la última lágrima.

Crepitan las castañas en las brasas

a los cerdos les echamos los restos inservibles

de las cosechas.

Llegará su San Martín, y el nuestro.

En el campo.

 

El smog tan consistente que lo puedes masticar.

Camiones, bocinas, humo haciendo niebla

en todos los caminos de la conocida villa

Compramos agua embotellada

bombonas en las clínicas desintoxicantes.

Pastillas para el dolor.

En la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

Desde mis otoños entro al invierno

tal vez penetré a su vencimiento sin percatarme.

Me paseo por unos recuerdos

que me place visitar y te los cuento

como si mis consejos sirvieran para algo,

para alguien. 

 

¿A quién me dirijo?

 

A ternes corazones sin embrutecer.

A gentes que el olvido de la juventud no los visitó.

A corazones metalizados con fulgor de brillantina.

A los ancianos agarrados a su andador.

A nadie en concreto y a todos en particular.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

Llueve,

los atascos monumentales.

que cada año compiten en llegar más lejos.

Caras de niños pegadas a las ventanillas.

Aprendices calándose en lugares sin autobuses.

La prosperidad y la mugre conviviendo,

ley de vida, canon perfecto.

Temiendo al otro.

Al que viene de lejos.

Al ladrón que me quiere robar.

 

En la clínica la celadora intenta leer

unos nombres impronunciables

una piel morena me ayuda a incorporarme.

Hoy también me duele más que ayer.

 

 

 

 

 

 


 

 

IX

 

En un claro del parque, un mayor

tomando el sol como los caracoles

viendo los juegos en el amplio jardín de soñadores

no hay tiempo suficiente,

el espacio se pliega con las cabalgadas

del sheriff siguiendo malosos entre los confines.

 

Los puntos de luz juegan al recuerdo

las manecillas de nuestros presentes

y el banco recogiendo aquella intimidad de pipiolos.

El primer beso, la lagrima tardía del desengaño

el levantarse y volver a ti.

Hay en el parque pliegues de lo persistente,

donde conviven, caóticamente,

los sobrantes de las memorias.

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

Hoy han vuelto a cerrar la ciudad                

que no pase nadie.

Ya no es una canción infantil,

ya no se juega en la calle.

 

Paseo con mascarilla y gafas protectoras hasta el reducto verde,

sorteo boñigas caninas de dueños escrupulosos,

nadie vacía las papeleras del parque

penden bolsitas negras anudadas.

Los canes se huelen

los amos cuentan lo listas que son sus mascotas,

formando círculos con las correas

contestando otro mensaje más,

por whatsapp.

 

 

 

 

 

 

 

 

XI

 

Silencio en la ciudad:

ruido ensordecedor de neumáticos

motores broncos, cláxones de coches,

ambulancias a toda sirena.

 

Hay impedimentos a la libre circulación.

El giro imposible del autobús

paqueteros en doble fila

el paso desconfiado de los ciudadanos.

Casas con doble ventana

 

Hay que salir del centro para romper silencios.

Los desheredados hablan en voz alta

música a tope.

Por las esquinas se oye a gente gritar.

 

 

 


 

 

 

 

 

XII

       

Vestir el pasado con encajes que nunca tuve.

Me tienta:

«Cualquiera tiempo pasado fue mejor».

A mi parecer.

Se avienen dolientes vivencias

de años mozos,

y apetezco decir:

«cualquier tiempo pasado fue peor»,

parafraseando a los viejos cantantes.

 

Descubro canciones que nunca escuché,

y que nunca canté,

y eran tan hermosas,

y fueron tan conocidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

El otoño acaba oficialmente

el veintiuno-veintidós.

El décimo segundo mes del año solar, se llama diez.

Empieza a pesar tanto manto de hojas caídas.

 

Ojalá mañana nieve

o el viento se lleve

todas las tribulaciones.

 

Los bronces, los dorados están sucios,

no es una estación conveniente.

Acaba por agotarme tanta perfección.

No me importaría su despedida.

Por este año.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIV

 

Las noches son más largas

para acoger mejor las caricias

en este obligado estantío.

A rebujarse entre sábanas

pasado el día.

Aprender de otra piel

la importancia de esta vida

No dejar resquicios al hastío

de las complicadas jornadas

de nuestro aburrido discurrir.

Instruirse sí,

en el conocimiento enciclopédico

de los cuerpos en contacto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XV

 

El entretiempo, alusivo a la edad madura,

preámbulo de lo viejo, de cuánto cuesta doblarse.

 

Mejor déjalas ahí, ya se las llevara el viento.

Retrasar lo que se pueda la provecta edad

que se viene.

 

A la voz de «después de usted, señor»,

del maldito mocete de irónica educación.

 

No nos engañemos la estación anuncia

sin solución de continuidad,

el invierno.

 

El otoño no es tan perfecto como él se cree

pues se parten las aves a climas más benignos.

Los pastores se llevan de trashumancia el ganado.

 

 

 

 

 

 

XVI

 

Es el momento de la melancolía,

lo reconozco.

De recordar lo imaginado de neno,

los trasgos trasteando con las hojas húmedas

o de esas bromas pesadas que les prestaba hacer.

 

Necesitábamos de encantos y sortilegios para seguir.

Cuartetas que aprendí para olvidar al crecer

historias con moraleja.

No fíes del trasnu, que no te vea,

pues de travieso se sienta sobre tus tripas

causando inmenso dolor

y solo te libra el sortilegio

aprendido de los abuelos.

 

            —Dime tía, dime tía, por favor,

olvideme de las palabras contra el dolor.

Y ríe, ríe sin parar.

Ya eres demasiado mayor

Ya no te puedo decir.

Creciste,

ya eres mayor.

 



XIX

 

El otoño es una estación de paso

 

 

Estoy perdiendo mis días.

El otoño es una estación de paso.

Hay una pulsión de huida, de al menos no quedarse,

no traspasar la frontera de lo que se percibe gélido.

Perdidos.

No quiero estar aquí en el tiempo de las hojas caducas,

empujando hacia la frontera de la edad provecta,

no me siento preparado.

Quiero volver al verano y los sentidos en ebullición,

cuando la piel te quema.

He de reconocer que los amaneceres me pillaban

siempre dormido, demasiado cedo para estar despierto.

Ahora llegan las horas de contemplar amaneceres,

en los meses dorados, a las puertas de otro futuro.

 


 

11 de noviembre de 2025





 La Braña

 

I

          La aldea de la Braña, un asentamiento en la montaña, que, en sus años de esplendor, llegó a reunir unas veinte casas a lo largo de una carretera que subía en cuesta, a otra aldea aún más lejana.

          Veinte casas repartidas a lo largo de kilómetro y medio, con algunas ramificaciones que morían en las propias casas de labranza.

          Esta aglomeración fue debida a que, en este lugar, se apareció la virgen.

          Me contaron: en este lugar se apareció la virgen a un pastor y, como señal, marcó el lugar, haciendo brotar del suelo una fuente de agua limpia y cristalina, es decir, un manantial mariano.

          Puedo dar testimonio, pues bebí del caño de la fuente allí construida.

Y exploré por detrás de ella, y constaté cómo se paseaba por el manantial un llimaco, muy limpio, eso sí.

          Aparte de los escrúpulos modernos, doy fe y asevero que, en mi memoria, asociada a mis papilas, soy incapaz de recordar un agua más fresca y más rica de la que bebí entonces; ora en la fuente, ora del cubo que en la cabeza portaban mis tías para abastecernos, de agua para beber, agua para cocinar, agua para lavarse la cara.

          Las apariciones y la fuente propiciaron que, a unos cien metros, en lo alto de una cuesta, en una no muy extensa pradera, se erigiera una iglesia. Dedicada obviamente a su advocación, la parroquia de turno, con rectoría y todo, pasó a tomar nombre del lugar una braña, y, al singularizarse, tuvo la prestancia merecida: la parroquia de La Virgen de la Braña.

          Este asentamiento de finales del siglo XIX propició un comercio de telas con sastra y un colmado con algunos productos necesarios y algunas bebidas imprescindibles.

          Y la romería.

          La romería del 15 de agosto, con sus ramos de acebo, con rosquillas de anís enlazadas, su sidra y su procesión.

          En los prados colindantes a la fuente, acampaban cientos de romeros, empanada en ristre, tortilla y bollo preñao.

          En casa, comida de fiesta, y el famoso bollo dulce de la abuela, el único dulce que me gustaba de pequeño, hasta cuando crecí.

  

II

 

          En la Braña caminas sin encontrarte con nadie. Días y días, algún rebuzno, mugido o balido informa que la aldea está viva.

          Hay un colegio vacío en verano, donde aprenden las cuatro reglas los nenos del entorno.

          Mi abuela, tan pequeña como un duende, toda de negro, pañoleta a la cabeza y grandes manos de tanto trabajar. De pequeño me envolvía en su regazo y me dormía.

          En las montañas habitan los lobos, en las aldeas habitan los hombres temerosos de los lobos.

           «Se reconoce a un lobo en la espesura por el fulgor de sus ojos.

           Sabes que nos llaman los Mediaoreya.

          Tu padre acarreaba traviesas en el monte.

          Si te preguntan, tú eres hijo de Felipe de Constantina».

 

          Cuando me dijeron que la abuela había muerto, quería llorar, que me vieran llorar, no pude.

          Y me preguntaba, sí yo quería a mi abuela, por qué no sentía pena, por qué no tenía ganas de llorar.

          Yo estaba a gusto con mi abuela, me gustaba estar con ella.

          ¿Por qué no sentía la angustia, el pesar, ese dolor que he visto estallar en tantas gentes?

          Tal vez, solo tal vez, mi abuela está conmigo y no me deja estar triste.
          Sigue aquí, a mi lado, con sus grandes manos, acunándome.


4 de noviembre de 2025

 


Mi hermana, que sabe contar historias

 

          Las mejores películas que he visto me las ha contado mi hermana Pepita. Su voz, su entusiasmo, su narración nos tenían a mi madre y a mí embelesados.

         Mi madre y mi hermana, con el tiempo indistinguibles.

         Mi madre versus mi hermana, dos caracteres a la greña, dos mujeres de armas tomar.

         Mi madre, la severidad. Una fachada que anteponía a sí misma, sus gestos, las más de las veces dirigidos a Pepa, se esfumaban cuando esta nos narraba sus historias de cine.

         Ahí estábamos los dos, mi madre y yo, en la cocina, escuchando, sin perder ripio, la voz y los gestos que acompañan a la película recién vista.

         Cómo nos llevaba poco a poco, metiéndonos en el intríngulis fílmico, con representación incluida; la más teatrera de la familia.

         Mi hermana, once años mayor que yo, nos traía noticias de lo que ocurría afuera, en el mundo. Y me entusiasmaba, me hubiese gustado saber ver como ella.

         Hay una tradición oral, que nos habla de un tiempo muy pretérito, cuando había un abuelo nuestro dedicado a rimar y a tocar la gaita, por las aldeas del occidente astur, desde La Braña.

         Pepa es su heredera directa. Un talento familiar prendido en su caletre de contadora, transformando aquellas viejas películas en un mundo mágico.

         Así, pasó que, sí alguna vez vi su película, no era ni por asomo la décima parte de hermosa que lo contado por ella.

         En el calor de la cocina nos reuníamos los tres, mi madre, mi hermana y yo.

         Mi padre se había ido al trabajo, en la fábrica donde trabajaba de vigilante nocturno. Mi hermano, de emigrante en Suiza.

         Solos los tres, mis madres y yo, el benjamín.

         A veces no eran películas, eran sucedidos. No nos importaba, mi mamá grande y yo escuchábamos, y Pepa se paseaba, gesticulaba y veíamos todo claramente, con esa extraña capacidad para volver en imágenes todas sus palabras. 

          Me hubiese gustado tener su talento, aunque algo se me ha pegado, un poquito de imaginación, un poquito de palabrería y con ello pretendo ser el bisnieto del titiritero. Un titiritero en papel, sobre un papel.

          Pues yo crecí acunado entre sus brazos y sus historias, las de mi madrina, mi hada madrina, mi hermana.

 

          El tiempo y la enfermedad atenuaron su voz, pero no te engañes, está ahí, y sigo bebiendo, copiando, plagiando historias.

          Historias de amigos y familiares, trágicas o divertidas. Historias que nunca me cansan.

          Las romerías con sus bailes, el cine y los paseos, los cuentos del trabajo, historias de los que se fueron, historias de los que están al lado. Y su hija.

          La juglaresa, la trovadora, mi madrina.

          Recuerdo sus historias de oficina, sus trabajos y decepciones,

          Cuando empecé a trabajar y a aprender de la vida, comprendí que cualquier cosa que me pasara era mejor si me la contaba mi hermana.

 

          Pues yo crecí acunado entre sus brazos y sus historias, mi madrina, mi hada madrina, mi hermana.

 

28 de octubre de 2025

 



Lo contaba nuestra madre. 2ª parte.

 

Su padre.

          Variación en mí menor

          Mi madre me contó como sopraban la leche, para quitarle la nata. Esta servía para mercar un poco de café y de azúcar, pues su padre había vuelto con esa necesidad de sus estancias en Cuba.

          Mi abuelo era un indiano, pero de los pobres.

          Marchó a Cuba, no sé qué hizo allí, pero, ahorrados unos pesos, volvió para construir un caserío en las montañas, unas pocas tierras que había que levantar y una casa por hacer, una casa nueva.

          Casó con mujer joven y pronto partió de nuevo en busca de más dinero para comprar tierras con las que acrecentar su pequeña hacienda en las montañas.

          Empinadas tierras, insuficientes tierras para sacar adelante tamaña familia. A medio camino de Boal y La Caridad.

          Sus hijos partieron al Uruguay en busca de trabajo. Años después, la intemerata de años después, llegué a conocer a una prima hermana y a su marido de visita por Madrid. Mi prima, es decir, la sobrina de mi madre era mayor que mi madre, a mí eso siempre me creó una extraña fascinación y las miraba, las dos de pelo blanco, las dos abuelas, tía y sobrina.

          Mi madre y el tío Miguel conocían a sus hermanos mayores por carta, porque ellos nacieron con la segunda y definitiva vuelta del abuelo Ulpiano, que, ya más descansado, en las tierras que había comprado con ese dinero, trabajosamente ganado en Cuba, se las ingenió con la abuela para propiciar el auge de la cabaña humana de montaña.

          Y los pequeños crecieron con él presente, su café y su hernia.

          En unas tierras tan pinas, que era necesario subir cestos de tierra sobre la cabeza o sobre las costas, a lo alto del eiro. Intentar fijar la tierra que se les escurría ladera abajo. Sujetar la tierra para sembrar un poco de trigo o unas patatas o maíz.

          El maíz sirve para todo: los tallos para las vacas, de las mazorcas se saca grano para las aves de corral, también se hace harina, y se tuesta, y se le hecha leche soprada, y se lo daban a mi madre para cenar, y lo odiaba.

         Las gachas, la harina de maíz tostado con leche o con caldo. Una vez compré Corn-flakes, mi madre me miraba raro y no consintió en probarlo, decía que era comida de cerdos. A mí, en cambio, me gustaba el maíz tostado, en eso me parecía al tío Miguel. Supongo que, además, influía la cantidad de azúcar del tueste y la cantidad de azúcar que le añades con la leche. Había una variación, y era tomarlo con el caldo de rabizas, que sempiterno reposaba al lado del fogón.

          Mi madre decía que ella odiaba las gachas de meiz, pero que, si no se lo tomaba, su madre se lo guardaba para el desayuno o para la comida —pero la señorita se lo iba a comer—. Al final, mi madre se rendía por hambre y comía el maíz tostado, con un pelín de reproche a su hermano Miguel que se las comía con tanto gusto.

          Cuenta mi madre de la suya que, al llegar el sábado, preparaba un hatillo con una docena de huevos y con la mantequilla (que se hacía con las natas que durante la semana le habían sacado a la leche dejándola desnatada, quiero decir soprada). Mercaba la abuela en el emporio de la zona, la villa de Boal, importante núcleo urbano con casas solariegas y con poeta, pues, sino recuerdo mal, Carlos Bousoño es de esa tierra. Se vendía o se cambiaba, que no presté mucha atención, por un cuartillo de azúcar, un cuartillo de café y un poco de tabaco para padre.

          El abuelo. Ulpiano.

          Ulpiano, sonoro nombre de un abuelo que no conocí, asociado a un pocillo con café y a una petaca con tabaco de liar.