La cuerda
La cuerda
frotada de un violín.
La
cuerda pulsada de una guitarra.
El
delicado canto de un coro infantil bien temperado, el insufrible berrido de una
panda de críos al salir del aula.
El
redoble de un tambor durante el desfile procesional, en una calle de aquel
pueblo perdido en la ribera de un rio a punto de desbordarse.
Rogativas
pidiendo una tregua al cielo. Extrañados, qué pecado cometimos, fue la ofensa
tan grande para anegar las tierras de labor y por ende la perdida de cosechas y
el hambre asomando a la vuelta de unos días.
Hay
unas cuerdas girando, silbando en el aire por unas niñas jugando a la comba.
Las
cuerdas que se jalan, las que atan paquetes con regalos y de los que se esperan
sonrisas, alegrías, sueños cumplidos, y a veces decepción, tristeza.
Cuando
no se cumplen los deseos.
No
se confirma, lo esperado.
Hay
cuerdas de presos de andar arrastrado y de lamentos del penado, yendo a su
prisión o aquellos que acaban amarrados al duro banco de la galera donde deberá
cumplir el castigo por ladrón, por homicida.
