11 de mayo de 2026

 


Duendes

 

I

 

 

 

Hay en los bosques unos pequeños duendes, apenas visibles, para ojos candorosos. Inexistentes a las gélidas miradas. 
Hay cercanos a la tierra, unos seres diminutos de oficio retocadores. 
Minian con sus tintes las hojas en otoño. 
Salen muy de amanecida con grandes botes de pintura. 
Al paso vivaz que los caracteriza, los pierdes de vista entre la fronda del bosque. 
Encaramados en la copa de los árboles o en el extremo de la rama más tierna, 
alheñan de matices las hojas. 
Del viejo árbol al pimpollo. 
Unas de amarillo.

Otras de rojo 
Hay duendes en el bosque iluminando de rojos las hojas del soto. 
Encaramados deciden, según la condición de cada hoja, el tono que les conviene. 
Día a día, las van cubriendo con la gama de color. 
Del amarillo al ocre.

Del rojo al ocre. 
Según vemos internando el otoño en el parque. 
Hay duendes pintores de árboles en la foresta, en el bosque, aquí, en el parque. 








 


II

 



Vienen después los duendes de la brisa. 
Sobresaliendo, en las ramas, inflan sus amplios torsos de tenores, y soplan. 
Ventilan a las hojas ocres y amarillas, para desprenderlas dulcemente. 
Y revolotean las hojas mecidas por el suave aliento de los duendes Céfiro 
hasta el suelo, donde la hojarasca tapizará la tierra con el manto otoñal. 
Coloridas alfombras para los cotidianos de los bosques, 
lugares donde esconderse, senderos para cruzar. 
Sendas de hojarasca holladas por paseantes solitarios en el estío de la vida. 
Grupos de infantes saltando sobre la hojarasca del parque que un jardinero paciente, amontonó. 
Hay duendes especialistas en parques y jardines, 
los hay especialmente dedicados a la selva tropical. 
Hay duendes diseñadores que ayudan a los habitantes del bosque 
a decorar su madriguera, su guarida. 
En los troncos de los árboles o en las toperas de la tierra. 
Sobre un nido. En el aire. En la Tierra. 



 

 

 

 

 

 


 

III

 


Yo vengo de otoños donde el jardinero barría las hojas de los árboles. 
Crecí jugando con las hojas caídas, regañado por el jardinero. 
El mismo que nos dejaba saltar en las hojas apiladas antes de llevárselas. 
Yo he llegado a un mundo donde operarios con máquinas revientan los oídos

de la gente con sus motores. 

Y apestan con hedores de gasolina. 


Gentes ensordecidas pasean con auriculares por el césped. 
Y los niños juegan en el parque de su ordenador. 
El ruido y la gasolina diluyen a los duendes del parque. 
El ruido los espanta, los hidrocarburos los difuminan 
Ya no se ven duendes en el jardín.

 

 

 

 

 

 

 

 


IV

 

 

Una avispa liba cardos silvestres, a pesar de lo avanzado de la estación aún se conservan flores. El pájaro se posa en su nido. Es tal el silencio. Se oye el batir de alas de un pájaro diminuto.

            Voces de caminantes del amanecer.

            Vemos las vías, oímos los perros.

 

            Según sale el sol, los duendes recogen sus casas, fábricas y carreteras, son duendes que viven entre las plantas.

            En la ciudad no he visto duendes. ¿Duendes viviendo entre ladrillos y asfalto? Duendes grises que no se ven. Duendes malhumorados, grises como el cemento.

 

            Oscuros como el asfalto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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