Hay aves adaptadas a
los tejados de los pueblos, sí, también a las urbes grandes.
Gorriones y palomas.
El infierno desatado.
Las cigüeñas más
religiosas, espirituales o, al menos, las más creyentes, utilizan los
campanarios, los minaretes; otras, los postes de la luz, del telégrafo, de los
árboles, o la corona del reloj de una plaza para anidarse.
Dirigen
displicentes sus miradas hacia los que están abajo, chascan sus picos, tal vez
desaprobándonos, tal vez mofándose.
A
veces van un tanto sueltas.

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