Otoño
VI
Recogemos frutos nuevos,
preparamos el lagar
estrujamos la última lágrima.
Crepitan las castañas en las brasas
a los cerdos les echamos los restos inservibles
de las cosechas.
Llegará su San Martín, y el nuestro.
En el campo.
El smog tan consistente que lo puedes masticar.
Camiones, bocinas, humo haciendo niebla
en todos los caminos de la conocida villa
Compramos agua embotellada
bombonas en las clínicas desintoxicantes.
Pastillas para el dolor.
En la ciudad.
VII
Desde mis otoños entro al invierno
tal vez penetré a su vencimiento sin percatarme.
Me paseo por unos recuerdos
que me place visitar y te los cuento
como si mis consejos sirvieran para algo,
para alguien.
¿A quién me dirijo?
A ternes corazones sin embrutecer.
A gentes que el olvido de la juventud no los visitó.
A corazones metalizados con fulgor de brillantina.
A los ancianos agarrados a su andador.
A nadie en concreto y a todos en particular.
VIII
Llueve,
los atascos monumentales.
que cada año compiten en llegar más lejos.
Caras de niños pegadas a las ventanillas.
Aprendices calándose en lugares sin autobuses.
La prosperidad y la mugre conviviendo,
ley de vida, canon perfecto.
Temiendo al otro.
Al que viene de lejos.
Al ladrón que me quiere robar.
En la clínica la celadora intenta leer
unos nombres impronunciables
una piel morena me ayuda a incorporarme.
Hoy también me duele más que ayer.
IX
En un claro del parque, un mayor
tomando el sol como los caracoles
viendo los juegos en el amplio jardín de soñadores
no hay tiempo suficiente,
el espacio se pliega con las cabalgadas
del sheriff siguiendo malosos entre los confines.
Los puntos de luz juegan al recuerdo
las manecillas de nuestros presentes
y el banco recogiendo aquella intimidad de pipiolos.
El primer beso, la lagrima tardía del desengaño
el levantarse y volver a ti.
Hay en el parque pliegues de lo persistente,
donde conviven, caóticamente,
los sobrantes de las memorias.
X
Hoy han vuelto
a cerrar la ciudad
que no pase nadie.
Ya no es una canción infantil,
ya no se juega en la calle.
Paseo con mascarilla y gafas protectoras hasta el reducto
verde,
sorteo boñigas caninas de dueños escrupulosos,
nadie vacía las papeleras del parque
penden bolsitas negras anudadas.
Los canes se huelen
los amos cuentan lo listas que son sus mascotas,
formando círculos con las correas
contestando otro mensaje más,
por whatsapp.
XI
Silencio en la ciudad:
ruido ensordecedor de neumáticos
motores broncos, cláxones de coches,
ambulancias a toda sirena.
Hay impedimentos a la libre circulación.
El giro imposible del autobús
paqueteros en doble fila
el paso desconfiado de los ciudadanos.
Casas con doble ventana
Hay que salir del centro para romper silencios.
Los desheredados hablan en voz alta
música a tope.
Por las esquinas se oye a gente gritar.
XII
Vestir el pasado con encajes que nunca tuve.
Me tienta:
«Cualquiera tiempo pasado fue mejor».
A mi parecer.
Se avienen dolientes vivencias
de años mozos,
y apetezco decir:
«cualquier
tiempo pasado fue peor»,
parafraseando a los viejos cantantes.
Descubro canciones que nunca escuché,
y que nunca canté,
y eran tan hermosas,
y fueron tan conocidas.
XIII
El otoño acaba oficialmente
el veintiuno-veintidós.
El décimo segundo mes del año solar, se llama diez.
Empieza a pesar tanto manto de hojas caídas.
Ojalá mañana nieve
o el viento se lleve
todas las tribulaciones.
Los bronces, los dorados están sucios,
no es una estación conveniente.
Acaba por agotarme tanta perfección.
No me importaría su despedida.
Por este año.
XIV
Las noches son más largas
para acoger mejor las caricias
en este obligado estantío.
A rebujarse entre sábanas
pasado el día.
Aprender de otra piel
la importancia de esta vida
No dejar resquicios al hastío
de las complicadas jornadas
de nuestro aburrido discurrir.
Instruirse sí,
en el conocimiento enciclopédico
de los cuerpos en contacto.
XV
El entretiempo, alusivo a la edad madura,
preámbulo de lo viejo, de cuánto cuesta doblarse.
Mejor déjalas ahí, ya se las llevara el viento.
Retrasar lo que se pueda la provecta edad
que se viene.
A la voz de «después de
usted, señor»,
del maldito mocete de irónica educación.
No nos engañemos la estación anuncia
sin solución de continuidad,
el invierno.
El otoño no es tan perfecto como él se cree
pues se parten las aves a climas más benignos.
Los pastores se llevan de trashumancia el ganado.
XVI
Es el momento de la melancolía,
lo reconozco.
De recordar lo imaginado de neno,
los trasgos trasteando con las
hojas húmedas
o de esas bromas pesadas que les
prestaba hacer.
Necesitábamos de encantos y
sortilegios para seguir.
Cuartetas que aprendí para olvidar
al crecer
historias con moraleja.
No fíes del trasnu, que no
te vea,
pues de travieso se sienta sobre
tus tripas
causando inmenso dolor
y solo te libra el sortilegio
aprendido de los abuelos.
—Dime
tía, dime tía, por favor,
olvideme de las palabras contra el
dolor.
Y ríe, ríe sin parar.
Ya eres demasiado mayor
Ya no te puedo decir.
Creciste,
ya eres mayor.
XIX
El
otoño es una estación de paso
Estoy perdiendo mis
días.
El otoño es una
estación de paso.
Hay una pulsión de
huida, de al menos no quedarse,
no traspasar la
frontera de lo que se percibe gélido.
Perdidos.
No quiero estar aquí
en el tiempo de las hojas caducas,
empujando hacia la
frontera de la edad provecta,
no me siento
preparado.
Quiero volver al
verano y los sentidos en ebullición,
cuando la piel te
quema.
He de reconocer que
los amaneceres me pillaban
siempre dormido,
demasiado cedo para estar despierto.
Ahora llegan las horas
de contemplar amaneceres,
en los meses dorados,
a las puertas de otro futuro.



