2 de enero de 2016

La Farola del Parque

Relato hasta ahora disponible en la desaparecida revista Palabras Diversas.

La Farola del Parque
                                                                       Por Felipe Fernández Sánchez
A pesar de las imprescindibles precauciones que nuestras autoridades toman para garantizar nuestra seguridad y bienestar ocurre lo imprevisto.
Quién podía imaginar, que los roedores, esos habitantes de alcantarillas y aledaños le fueran a encontrar el gusto por roer los plásticos que recubren los cables eléctricos, y eso que al menor descuido perecen electrocutados, chamuscados desde la cabeza a la cola.
Y es por ellos, y es en los parques y jardines donde a veces ...
1
 El silencio reina por un instante. Es un espacio compartido con los animales de compañía que sacan a sus dueños a pasear mientras realizan sus perentorias necesidades.
            Los chuchos se dedican a corretear y a olerse sus partes, los amos intercambian experiencias de sus mascotas, y se cuentan lo listos que son y como lo entienden todo.
            Un perro con su amo corretea suelto, lo olisquea todo, y deja su impronta olorosa en los recovecos, marcando su territorio.
            Acaba de descubrir a lo lejos un congénere al que oler, y raudo como una flecha sale disparado dispuesto a intercambiar experiencias olfativas.
            La molesta y repetitiva voz de su amo le frena en seco, y su cabeza oscila entre volver o seguir su instinto, el áspero entrenamiento se impone, no sin reticencia,  y vuelve. No obstante no pierde de vista al otro cánido con la esperanza de  poder cruzarse en su camino.
¡Pocas veces le dejan olisquear a gusto y a satisfacción!
            Hoy hay algo nuevo en el jardín, se oye un chis, chis, en el parque y un olor que no consigue localizar, instantes después lo ha olvidado y rebusca por los rincones dejando su gotita sin darse cuenta de que esta vez va a ser su última gotita. Con la pata levantada inicia su expelición coincidiendo con el chispazo más potente. La corriente   le sube por  el orín y contacta con su cuerpo por donde discurre libremente hasta dejarle inerte por  electrocución.
            Ahora yace un animal  en el parque.
            Desde las alcantarillas, ojillos rojos observan la escena con mal disimulada gula, frustrados cuando el dueño recoge su Calila en brazos y lo lleva a casa con la tristeza del momento, y con ira contra las autoridades.
Mañana mismo presentará una queja en el Ayuntamiento contra el área de urbanismo.

2

            Diseminados por la ciudad hay unos reductos especialmente diseñados para el esparcimiento de las crianzas humanas, con su tobogán chiquito, sus columpios, y unas extrañas construcciones donde encaramarse a lo más alto.
Los niños corren libres por la arena del recinto y se suben a los aparatos de colores. La inmanente curiosidad de los seres humanos en vías de desarrollo les incita a conocer los rincones del parque, incluidos los más insospechados. Lo tocan todo y se lo llevan a la boca, por eso son necesario los vigilantes de infantes: progenitores, abuelos, fijos y contratados.
            Toda atención es poca. Algunos  llevan arneses de los que jalar cuando el crío se acerca a un peligro.
            Algunos accidentes son inevitables. Con sus manitas veloces y curiosas todo lo quieren coger, y escudriñan a cuatro patas todos los recovecos a su alcance. Son tan pequeños.
En invierno oscurece antes, y el ayuntamiento enciende las farolas para iluminar las calles, parques y jardines. Y es entonces cuando la corriente fluye para alcanzar las bombillas de las farolas.  Resplandece el parque con nuevos reflejos que reavivan los colores y despiertan curiosidad.
Un último niño, bien forrado contra el frío deambula entre columpios y toboganes bajo la atenta mirada de su cuidadora, contratada por los padres para proteger a su vástago. Pronto llegará la hora de recogerse.
Una diminuta chispa, apenas perceptible, atrae la atención del niño, y éste curioso se dispone a investigar atraído por los colores que brincan pegados a la farola.
            En el camino hay mil objetos que rastrear, pero esa chispa de color es tan interesante, viene y va, si se da prisa podrá cogerla. Con la rapidez propia de los pocos años sale disparado hacia su objetivo, cada vez más cerca, parece que lo va a conseguir, ya está al alcance de su mano, la estira…
            Izado del suelo como un fardo, por unos brazos más grandes que él, le han cogido, y con palabras mimosas le dicen: Es hora de ir a casa, tus padres están a punto de llegar.
Él último intento de zafarse del abrazo y pillar la chispa es olvidado por las cosquillas que le provocan esas incontenibles ganas de reír, mientras se vuelve a casa.


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8 de diciembre de 2015

En las nubes (Ángeles y demonios) 1


Al coger el ascensor para bajar al metro.


Cogí el ascensor con la intención de bajar al metro pero subió y subió lejos de las  calles, por encima del asfalto, alejándose de las casas, huyendo de la ciudad.
De tal impulso llegamos al cielo, allí, en abriendo sus puertas entró un aire fresco con olor a nube recién puesta.
Dudé: entre cerrar los ojos y no moverme o salir al espacio donde se había varado el elevador. Me aventuré: a sacar un pie de forma similar  a cuando deseamos catar la temperatura del agua en piscinas y mares, tanteando audazmente. Decidí: dar el paso y me quedé ahí varado en el cielo con el temor añadido de haber caído preso de los delirios mistificadores de mi cerebro, instantes que apenas duraron un parpadeo  pues enseguida me dejé llevar para comprobar si eran tan mullidas las nubes como aparentaban.
El ascensor de improviso cayó, sobresaltándome, hacia un espachurramiento cierto. Más tarde lo corroboré por esa nube de polvo formada después del impacto.
En la distancia se distinguían los aluminios y los cristales cubriendo una amplia extensión de terreno. Me puse a reflexionar: era una oportunidad o un abandono, perdido en el cielo varado entre algodonosas nubes. No llegué a ninguna conclusión y ello me guió en mi determinación. Sí estoy aquí en el cielo seguro que hay algo al alcance, algo que hacer.
Me acerqué: a meditar a una nube de apariencia francamente confortable y me tumbé; iba a decir que me tumbé a la Bartola que debe ser una manera especialmente despreocupada de acostarse. De todas formas, al no saber exactamente la postura  a la que debía acogerme me decidí por hechuras tradicionales, quiero decir, tumbarme a la manera que habitualmente hago cuando no quiero hacer nada.
Curiosamente por el lugar se oía el frufrú ligero de un aleteo, tenue, pero persistente que fui incapaz de localizar, y eso que miré a todos los lados posibles, incluso me incorporé un tanto para otear mejor, llegué a levantar alguna nube por si fuese un roce entre nubes.  
Desistí y me dejé llevar.
Estando de este jaez tumbado entre algodonosas nubes, entrecruzados los dedos de las manos en mi nuca, me cubrió una extraña pereza, un estado parecido al alcanzado por meditadores profesionales.
De lo que pasó entonces no podría afirmar nada pero quedó en mi cerebro una impronta narrativa, es decir, una especie de cuento o cuentos angélicos a los que pienso dar forma en las siguientes entregas.
Hasta la semana que viene.
Fin de la emisión.


4 de noviembre de 2015

Mocedad


Mocedad
I

Vuelan manos sobre su pelo, suave, deshilvanado.
Los ojos tienen querencia y se fijan a su paso como una lapa,
y a besarla voy, poseso y enloquecido, a morir por el fuego.
De amor.
¿Si quiere?

II

Y en verano en la playa, los amantes pasean senso.
Nace el camino oriental que lleva a Basora.
Juegan a encontrarse entre la vida.
Como si no existiera nada.
Solo un decorado entre ellos y el tiempo.
Sólo las rocas y desvisualizados restos que la marea dejó.
Sólo sus risas sobrepasando el ruido.
Inertes las furias del huracán.

III

Y cuando las sombras entre la curva de los cuerpos y la línea del agua,
larga, infinita, besando la arena, desde el principio, desde el fin.
Se uncen los cuerpos móviles, en el estático instante que devora el amor.




16 de septiembre de 2015

Aparecidos.



Origen.

Hay un lugar reservado, pechado bajo dos llaves en sendas traspuertas, siempre a oscuras, siempre cerrado. Apiñados y escondidos residen viejos libros. Libros olvidados, tal vez obsoletos, ya demodé. Alguna vez los piden curiosos impertinentes de los que piensan que bajo llave se esconde algo misterioso, lo mejor, lo que sólo puede apreciar, los paladares exquisitos.
            Cuando se apagan las luces, con el postigo cerrado, siguen los libros presentes, mudos, repletos de palabras en los estantes, y el único sonido audible es el crujir de la madera en su constante contracción-dilatación. Sólo papel impreso, miles de líneas escritas. A pesar de las imaginaciones mas desbordadas sus páginas permanecen cerradas, desde sus ilustraciones no salen a pasear quimeras, entre los estantes no discurren cabalgadas guerreras ni penden desde el paño hasta el suelo los rubios y recios cabellos de una princesa de cuento. El servicio de vigilancia nunca detectó o informó  de luces, de sonidos, de ruedas chirriando, cruces de espadas o disparos a tutiplé. Cabe pensar que quisieran conservar el trabajo a que les tomasen por desvariados.
            No hay nada mágico en la soledad librera. Eso sí, las gentes que gustan de usar libros parecen transponerse a ciertos lugares inapropiados que en el fondo ellos mismos generan, lo denota esa mirada perdida, ese caer en trance de conspicuos lectores o de infantes refugiados de la lluvia. Una tendencia que aflora en el aficionado a leer, la de montarse sus propias películas.
            La historia verdadera no es muy truculenta, cómo iba a serlo si hablamos de una biblioteca. El caso es que se habla de una bibliotecaria, siempre enredada en el más allá, que tenía ciertas facultades, o eso se comentaba. Y un día, en el sosiego de una tarde de invierno, invitó a los presentes a una sesión donde compartir lo que ella sentía, hizo los preparativos, entre veladas sonrisas y cierto nerviosismo de los presentes. Acoplados al círculo mágico lo vieron todos los que allí estaban y duro menos de un segundo; tijeras que se abrían  solas desplazándose encima de la mesa sin que nadie las tocara, unos centímetros tan solo pero una distancia suficiente para dispérsales instantáneamente, tras un silencio y un mirarse atemorizados. Rápidamente, y sin mediar palabra, cada cual volvió a su sitio, nadie osó comentar nada; se reflejaba en los ojos los gestos de suficiencia. Un acto de valentía de cara a los demás que intentaba ocultar el miedo bajo la piel instalándose en su nueva casa, erizando la piel sin motivo, prestando atención a los crujidos del edificio, y el mirar de soslayo para eludir sorpresas.
            Pocos días después, con el ánimo aún desasosegado por la experiencia vivida surgió, la inexcusable necesidad de ir a por un libro a un lugar apartado, ajeno a la sesión aquella. Un libro de esos que algunos dicen antiguos, otros simplemente le dicen viejos, y que son de los que se apartan para consérvalos en un depósito escondido tras doble puerta, donde en ajados armarios de auténtica madera se ordenan ínclitos tomos tras los cristales de las vitrinas.
            Es el momento de recoger las llaves, cargar con ellas, por un largo pasillo flanqueado de estanterías, atravesar la sala para al final topar con la doble puerta con dos llaves. Con una llave la entrada principal, deja pasar un poco de luz, apenas un hilo, útil para abrir la segunda portezuela, la que está justo detrás de la principal. (Al abrir un tanto la puerta, el tenue hilo de luz permite vislumbrar el pequeño recibidor que da acceso a la siguiente estancia)
            Lo alucinante es que para llegar al umbral recóndito hay que encontrar la puerta detrás de la puerta.
             Descubierto el paso, a tientas se enciende el interruptor, tras el parpadeo irritante de los fluorescentes aparece ante la vista una estancia con vitrinas, y tras sus cristales, los libros.
             Armarios de ajada madera, desde el suelo al techo con puertas de madera al ras del suelo, y de vidrio, desde la altura de los ojos hasta el techo. Todas con llave que en realidad cumplen funciones de pomo. El cristal transparente los protege del polvo de años, los cuida, y a la par deja ver los títulos de los que ha tiempo fueron arrinconados: un "Mathemathische analyse des raumproblems"; unos principios "... mathématiques de la mécanique classique"; un tratado "... metódico de matemáticas elementales"... y así hasta el olvido.
            Y se recorren con la mirada los lomos de centenares de libros, con el regusto de ver estantes repletos, colmados.
            Lugar de inesperados sucesos.
            Cómo expresar lo que al principio es solo intranquilidad, desasosiego, notar como de a poquitos, la sensación de no estar solo cuando se sabe que ahí no hay nadie más. Con nerviosas manos se revisan los lomos de los libros hasta encontrar la signatura concreta, se coge el ejemplar... y al cerrar la vitrina... el reflejo borroso de una imagen de más.
             Tuvieron que volver dos valientes, los más escépticos, para apagar las luces y cerrar las puertas, ellos no vieron nada, es verdad, pero ya nada volvió a ser lo mismo.
            Desde entonces viven en silencio, con esa sensación: lo único que pueden hacer es ir acompañados para evitar la presencia de lo ausente. Tienen sumo cuidado de no pasar hasta que estén encendidas todas las luces del enrarecido ambiente.
            Algunos rezan para que no les toque ir a por los libros olvidados.
La habitación de los libros encerrados y tal vez, sólo tal vez, guarda no sólo libros, sino que también esconde lo indefinible: una torsión del tiempo en el espacio reducido de un depósito de Biblioteca.


10 de julio de 2015

Oscuro manto

Bajo el oscuro manto de la noche se encienden las luminarias del poblado, allende lo profundo del bosque donde se refugian los últimos recuerdos del reino de los olvidados.
Las añoranzas de un pueblo por el pasado esplendor, abocados como están a residir en tierras inhóspitas.
Manos encallecidas, aquestas que otrora portaron cetros, espadas, sedas,  mantos de armiño. Historias de un pretérito perfecto, agora sueños, fantasías, recuerdos míticos.
La civilización del fulgor más exultante, la de los palacios dorados y las tierras feraces, se perdió, se esfumó de un día para otro, olvidado el favor que les dispendían los dioses.
Cuentan los viejos de algún sórdido pecado cometido por la grey y los divinos irritados cesaron en sus regalías y protección, entonces acosados por la presión de los otros y ante los nuevos peligros sobrevenidos, debieron refugiarse en la selva impenetrable en la frontera del reino donde se creyeron a salvo, y donde pronto descubrieron la inutilidad de la huida cuando vieron caer, uno a uno, los árboles centenarios. El clareo de la vegetación  causada por los extraños con sus nuevas y viejas bestias, que cómo la plaga de carcoma horadaba, secaba, mutilaba, se comía la linde de la selva, dejando tras de sí un reguero de heces.
Acosados por fieras poderosas de faz satánica y cuernos, entrenados por sus amos robaban a los niños para comérselos.
Engendros del Averno secuestran damiselas, y las abandonan, después de usar, con el cuerpo destrozado o la mente perdida; de algunas no queda ni rastro que sus allegados puedan honrar y en su busca parten desesperados rastreando la algaida, y penetran incluso en tierras ajenas, mas allá de los confines de la selva en busca de noticias o sus restos.
Los poderosos guerreros nada pueden hacer sin la divina protección, enfrentados a bestias de colmillos ponzoñosos y a su saliva aún más turbia. Lanzan sus escupitajos, certeros casi siempre,  y producen la muerte entre gritos de dolor por la piel quemándose, perdiendo capa a capa de dermis,  revelando las terminaciones nerviosas en un tormento insaciable, todavía vivos, palpitantes; servir de alimento ahí mismo donde fueron abatidos. Otros, envueltos en fluidos expelidos desde el bajo vientre, encartuchados en un capullo impenetrable, son arrastrados a las despensas de sus guaridas, y estremecidos aguardan el momento de ser devorados, en las orgiásticas bacanales de los Avernobostas y sus crianzas.

  ***       

Siempre atentos sin descuidar la atención, otean los vigías el horizonte expectantes al menor atisbo de peligro. Cundir la alarma y huir con unas pocas pertenencias, hacia las partes más profundas del bosque inacabable.
Siempre escapar, las limitadas fuerzas carecen ya de su brío característico, del poder imprescindible con el que enfrentarse a los Avernobostas.
Oran por la vuelta de los dioses protectores que les devuelvan aquellas armas infalibles y poderosas con los que aniquilar fieras.
Procesionan cada día con sus reliquias sagradas en pos de una atención divina.
Cada vez queda menos espacio a donde ir, cada vez el bosque, infinito, lo es menos.
Algunos temen que se agote la fronda.
Hasta ahora no transcende la mala noticia. Las malas nuevas que los exploradores más arrojados les traen.
Han llegando al final de la espesura, donde solo la tierra sulfurosa y sus emanaciones lo ocupan todo, el desierto que ni siquiera las bestias visitan por inhóspita.

                                                             ***

-Nos informan que el fin del mundo está cerca.

Fue por no alarmar al pueblo.
Y ahora éste, ofendido, echa la culpa a sus dirigentes por falaces y engañadores, les acusan de preferir conservar sus ahora escasos privilegios, de conservar su poder, su posición en el reino, con las falsas promesas de una vuelta de los dioses que los mimaron y velaron, cuando eran el pueblo preferido.
Que les queda ahora cuando el limite del bosque esta mas cerca sino la desesperación y el nihilismo.
Algunas revoltosos seducidos por la anarquía asaltan las casas de los provectos próceres, tomando las sagradas pertenencias de algunas de las familias más antiguas y nobles.
¡Es el Caos!
¡Es la Anarquía!
Algunos se reunieron en conclaves secretos y tras invocar a los santísimos protectores y sobrevenir el silencio, se quitan la vida unos a otros, en aquelarres de sangre y padecimiento.
La desesperación los invadió.
Nadie sabe que hacer ahora.
¿Acaso estamos condenados a la extinción?
Un clamor sale de las gargantas del pueblo.
¿Porqué?.
Que hicieron para merecer esto, por qué en su momento  fueron alimentados de ambrosías y ahora se dirigen hacia el abismo de la desaparición, cual fue la ofensa que les alejo de ellos y que todos ignoran.
¡Tal vez conocido el pecado se le podría poner remedio!
Podrían rescatar viejos rituales.
Elaborar unos nuevos.
Encontrar los sacrificios necesarios para lavar la imagen manchada.
¿Alguien lo sabe?
Que le queda a un pueblo sin esperanza.
La Nada.

                                                      ***

 -Y el loco


Y el loco no para de reír, huye corriendo de los palos que le sueltan para que calle, y subido a los árboles con las ardillas, les tira cáscaras de nueces y se carcajea sujetándose las tripas, haciendo muecas soeces, soltando flatulencias que a todos apestan.
Y canta, “erais tan guapos larala, erais tan guapos larala”.
Y erais tan creídos y orgullosos. Y los otros solo eran diferentes, pero tenían hambre, tenían sed. Y no les disteis nada, les arrojabais destempladamente de vuestro lado por no mancharos, y entonces ocurrió, se hartaron y tomaron lo que les vino en gana. Ahora ellos son tan guapos y vosotros tan feos.
Campan a sus anchas por los restos de las villas, mancillando las orgullosas edificaciones del pueblo de los preferidos.
Arañan las tierras con sus maquinas extrayendo los frutos que antaño eran de nuestra exclusividad, derrumban o reconstruyen a su antojo sin importarles para nada la historia que encierra cada pedazo de piedra, o el sudor que empapa cada trozo de tierra. Nuestras esculturas, nuestros monumentos jalados hasta doblarlos, por algún tiempo abandonados; y cuando les apetece recogen los restos para fundirlos si procede,  o triturarlos para gravilla si no le ven otra utilidad, es su costumbre aprovecharlo todo, rentabilizarlo.

El loco sigue riendo, riendo, luego se calla y se esconde en algún rincón que solo él conoce.
Dice la antigua tradición que a veces los locos te dicen la verdad.

Dicen la verdad aunque no te guste.

10 de abril de 2015

Flautista


             La vi pasar taconeando la calle con vigor inusitado y quise seguirla para declarar mi admiración, no era el único, detrás de ella un nutrido grupo de varones caminaban decididos con idéntica intención, mirándose entre ellos con evidente malestar.  
Aunque nunca he tenido instinto gregario me sumé a la marcha de los que seguían a la hembra.
Marcaba un paso ligero que nos obligaba a trotar para no perderla, dejando en el camino un reguero de machos desilusionados presos de todo tipo de calambres arrastrándose patéticamente.
Los pilluelos nos jaleaban, animándonos hipócritamente, entre aspavientos para, al final entre burlas y veras unirse al desfile, marcha, procesión o como quiera definirse.
En esos momentos el dolor de bronquios me recordó todas las veces que intenté dejar de fumar, y miraba con envidia el paso alegre de algunos compañeros de marcha.
          Por más que aligerásemos no se acortaba la distancia que nos separaba de ella.
          Cuando me di cuenta que nos dirigíamos al muelle renacieron mis esperanzas de poder alcanzarla. Pensamiento ilusionado que vi reflejada en la cara de tantos.

***

La noticia saltará a los medios más o menos de esta guisa:
 “Al principio unos cuanto hombres siguen a una mujer a cierta distancia, al llegar a la avenida es una marcha multitudinaria que interrumpe el tráfico rodado. A la manifestación se han unido los antidisturbios masculinos y los agentes de movilidad local. Las compañeras reclaman ayuda por radio, otras intentan interponerse infructuosamente. Hay estupor en la voz de los que gritan y una pregunta que se repite. ¿Adónde vas? ¡ Vuelve aquí ¡
Los niños lloran por sus papas alejándose.
Una extraña locura se apodera de los hombres. Las pocas mujeres en puestos directivos, en contacto con las secretarias, intentan tomar las riendas de la situación.
Hay una proclama general solicitando calma y trabajo para salir de la crisis, y un llamamiento a las emprendedoras para que se pongan en contacto con las autoridades locales.

****

Llegan los primeros aromas desde el puerto cercano y eso me lleva a deducir nuevas posibilidades. El mar que se interpone en nuestro camino fue en el pasado la vía de los sueños. Tengo la sensación de participar en una gran aventura y comparto con mis compañeros la exaltación del momento. Soy un argonauta y desde el fondeadero embarcaré en la Nao de Jasón hacia el descubrimiento, hacia la conquista, tal vez a otros planetas. Otra dimensión.
En el muelle se resolverá todo. Ahora que lo pienso, el amarradero debe estar atestado de barcos para acoger a  tantos como vamos. Va a ser un espectáculo impresionante.

*****

Ella llega a la punta del espigón donde se detiene mirando al mar. Con un movimiento elegante se desprende de su ropa, sea lo que sea lo que lleve puesto, y desde su refulgente desnudez se zambulle al agua. Tras una duda inicial se produce una desbandada general de hombres enardecidos saltando en pos de ella.
Y saltan de cabeza, de pie, de cualquier manera, algunos frenéticos, otros con aparente dignidad, algunos empero caen atropellados, empujados por los que vienen detrás. Todo un reguero de hombres se extiende desde el malecón hasta la bocana del puerto. Les ves alejarse, nadando tras ella  los más atléticos. Los más sebosos van hundiéndose junto a los enfermizos, compartiendo unos últimos ahogos.
Tal era la multitud que el siguiente que saltaba caía sobre los cuerpos de los anteriores. De alguna manera se incrementó la plataforma y los siguientes caminábamos sobre los cuerpos rotos de nuestros antecesores, y seguíamos arrastrándonos hasta alcanzar el agua para entonces nadar.
La natación es un trabajo fatigoso cuando se realiza con inquietud y en ropa de calle.
El triste espectáculo del cansancio va dejando en el agua burbujas de los ahogados y su pelea por salir a flote; ceden la marcha un instante pero quieren continuar sin fuerzas y por esto se hunden y vuelven a salir en vanos intentos hasta que rendidos dejan cómo única muestra de su paso una burbuja efímera.
Incansables nadadores siguen la estela cada vez más lejana.
El cansancio me ralentiza. Se suman los primeros calambres. El dolor me mantiene consciente mientras me hundo.
A mi lado las horrorizadas caras de otros hombres. Conscientes de la cercanía de la muerte al tragar un agua que entra con dolor en los pulmones hundiéndonos más deprisa.
Empiezo a ver esas lucecitas blancas. Y me pregunto qué me pasó, qué me llevó a seguir enardecido a la mujer. Hechizado, magnetizado, no sé. 
Y me resulta inconcebible.
Soy homosexual.



FIN DE LA SIRENA DE HAMELIN

4 de febrero de 2015

En la atalaya. (Soberbia)


            Perdido en la cima de mí atalaya
            Vislumbro el futuro que espera.
            Y solo veo pasado.
Escondido en la cima, 
recogido en mi mundo.
            Observo discurrir los días,
pasar los años.

*

Los necios y sus acólitos caminan preocupados por su planeta.
Estultos eslóganes para remedar presentes,
una nula visión de futuro les hace repetir la misma rutina.   
Una, y otra vez, por si en su machacona insistencia mejorara su previsión más aciaga.

*

            Si te embarcas en un viaje entre los entresijos de tu memoria,
puedes recordar cosas que no te gusten.
            Con los sueños te puedes plantear ser un conquistador de tierras ignotas.

*

Del fuego hay una grabación, disponible en cinta, DVD con sonido “surround”
en la que se puede ver y oír el crepitar del  fuego durante hora y media.
Es un recurso ecológico para no quemar madera.
Hay una grabación, 20 minutos de ocaso, se puede mirar sin gafas de sol.

*

Hoy he nacido con un verso en la boca,
ahora sólo me falta encontrar a alguien a quien tirárselo al paso.

*

Los hijos son los accidentes
Geográficos de los padres.

*

El aire fluye indolente.
El pensamiento fluye indolente.
Los besos fluyen indolentes.
El camino que fluye indolente.
Esa Alameda que fluye indolente.

*

Las manos, dedos que flotan
sobre axiomas incomprensibles,
inasibles.
*

La mar impasible.
Insospechada relación.
Incuestionable pregunta.
La sinrazón de un verso.
El verdor plantado.
La lucha por el pan.
Añoro esos años que hablan del recuerdo ingenuo.
Pienso en parvas mentiras.
Pienso en formas tenues de antiguos quehaceres.
Busco una frase, tajante y sublime.

El aire que trae no moja la lluvia.




10 de diciembre de 2014

FELIZ NAVIDAD 2015

FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD 
FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD
FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD 
FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD 
FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD 
FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD 
FELIZ NAVIDAD FELIZ NAVIDAD 



24 de octubre de 2014

NIEBLA Nº 2

Antes del amanecer me levanté de la cama y la vista no alcanzaba más allá de unos metros, para ser exactos tres metros y cuarenta y ocho cm. desde la ventana.
El despertar me trajo un prurito investigador y me tentó el experimento clarificador de medir la distancia exacta donde paraba la niebla. Al no haber llegado la alborada no cabía contaminación lumínica y el resultado alcanzaría una precisión matemática siendo más fiable, pongamos por caso, que cuando despunta el día o cuando éste lleva un trecho recorrido, algo así cómo media mañana o más. Tomé un metro especial para medir distancias, no para viajar en él, y ni corto ni perezoso, pero por supuesto muy donoso, salí. Expuse mis carnes a las inclemencias del tiempo por mor del experimento tan particular.
Mi primera dificultad estribó en dónde enganchar el principio del metro que sirviera de punto de partida a la medición pulcra y exacta del espacio hasta llegar a la densa niebla. Entresaqué de mi kit de mañoso: navaja, destornillador, alicates... una pequeña grapadora marca liliputiense que me ha salvado en múltiples ocasiones de algún agobio, con ella grapé el metro a la feraz tierra y, claro está, me arrastré por el lodo para conservar la precisa inclinación de la cinta de medir evitando, en lo posible, la distorsión.
En mi camino había un matojo de flora silvestre, de ésa que crece en el campo y que carece de interés, así qué saqué la navaja que, afilada como iba, recomiendo siempre que su utilización y su trato sean exquisitos para evitar con ello esos cortes que tantas veces llevan aparejados abundante sangre, escozor y maldiciones. Navaja en mano, y sujetando el metro con los dientes, corté el abrojo matojo que se había empecinado en estorbar mi camino.
Una hora de parsimonioso, por su dificultad, avance, alcancé mi destino... La Niebla ... La húmeda, intangible niebla, pálida niebla, brumosa, creo que es factible afirmar que la niebla es brumosa.
Tuve que solventar alguna dificultad debido sobre todo al carácter esquivo de la niebla, unas veces se acerca, otras se aleja. Después de un rato de tira y afloja y cuando me tomó más confianza, se asentó y me dejó rozarla con el metro para así terminar con mi medición que presto anoté en mi libretita de experimentos. (En ella anoto también algún pensamiento de índole más personal, que no viene al caso). La exacta distancia quedó fijada en tres metros y cuarenta y ocho centímetros, que es la distancia exacta que alcanzaba mi vista.
Y es todo lo que puedo afirmar, más allá, quién sabe, tal vez a los tres metros y cincuenta centímetros luce un sol radiante. Tal vez.






23 de septiembre de 2014

NIEBLA Nº 1


Esta mañana muy tempranito salí de la cama muy despacito. Aparte de la oscuridad reinante distinguíase una espesa niebla, tan densa, que mi vista no alcanzaba más de los dos metros, con gafas. Me quise asegurar que el fenómeno no fuese sólo producto de la oscuridad de la noche o del propio invierno, para ello pergeñé un plan de medidas tendente a la exacta medición de la distancia a la que la vista se nubla, no alcanzando más allá.
Primero barajé la posibilidad de esperar a la luz diurna o, por el contrario, hacer la medición en ese momento en el que todavía no ha amanecido, cuando es de noche y la luz no nos alcanza.
Pensé: si no ha amanecido es que es de noche, conclusión por otro lado inevitable. Así que después de algunas abluciones matinales, tampoco muchas, y después de cubrir mi cuerpo serrano con las telas correspondientes al crudo invierno, después de vigorizar mi cuerpo con la ingesta de algún sustento. Después de eso, pues nada. Había amanecido, le había dado tiempo a salir el sol y levantar la niebla.

Alicaído cejé en mi empeño y creí conveniente dejarlo para otro día, cuando los hados fuesen favorables o cuando mi intelecto ingeniase un mecanismo de medición adecuado al problema y entonces desentrañase el misterio que esta mañana me había desazonado.

7 de junio de 2014

La mancha negra.

I

Guarnecido entre las laderas de unas montañas viejas, se levantaron, tiempo ha, unas cabañas con aprisco para ganado y refugio contra la intemperie del pastor. Extravagante agrupación de chozas al abrigo del sol, sempiternamente a la sombra.
Lo único que no escasea es el agua que brota de cientos de manantiales de las laderas, y discurre toda ella hacia el ibón, en mitad del estrecho valle: los lugareños dicen la poza. Todo el año los manantiales descargan en él, y cuando algo parece inservible, se arroja a la charca que todo lo traga, la poza no se llena nunca, no se sacia y sigue engullendo, año tras año, los detritus del poblacho.  
Fugaces ondas del agua en esta piscina natural parecen sugerir el rebullir de algún reptil antediluviano, como lo insinúan los extraños chapoteos que sin motivo aparente se dejan oír. Algo siniestro habita sus oscuras aguas nunca hoyadas directamente por la luz del Sol.
Un ligero temblor de la superficie del agua y el fluir reflejado de un grueso tentáculo, o tremenda anaconda, que al discurrir bajo la superficie atenaza el corazón con su impresionante extensión.    Tanto tiempo pasando confirma una longitud infinita o la presencia de un ouroboros.
Queda el pueblo sumido en el vacío, y es en la noche cuando se anima el poblado, cuando se ve alguna luz tililar por las bujías o los candiles alimentados con resinas de los montes.
La escasa población que habita el lugar posee el color macilento de quién huye de la luz. Hasta hace poco desconocían de las gafas y utilizaban para proteger sus ojos protectores de madera con una fina ranura al medio: primitivas gafas que siempre llevan puestas. Cuando el sol asoma todos se guarecen bajo el techado de sus payozas.
El camino entre las casas parece haberse formado por un andar extravagantemente sinuoso, por el roce y la exudación que parece expeler su piel y que encharca la tierra entre las casas, que develan la principal: por su amplio paso y su suelo siempre mojado.




II


La aldea ha sido descubierta por el satélite. Han saltado las alarmas en el Ministerio. No  existen noticias de catastro, ni se han recogido impuestos provenientes de ese lugar que no tiene nombre en la cartografía nacional.
Rápidamente se le puso un nombre, Zeta, y se comisionó a un inspector de Registro para que fuera a levantar acta oficial del sitio y así efectuar la primera recaudación oficial de impuestos.
Contra lo que pudiera parecer se presentaron muchos voluntarios para el viaje: no dejaba de ser una oportunidad de conocer un paraje virgen, en todos los sentidos.

*

Zeta, entre laderas de abruptas montañas, era un nombre provisional que se le ocurrió al ingenioso del departamento y que al jefe le gustó (el expediente zeta); nunca le pillé el aquél.
En un entorno oculto desde no se sabe cuanto y  que las fotografías nos develaron, se distinguía, a lo sumo, una decena de payozas plantadas en una  escarpada pendiente. Entre las casas discurre un camino que no lo parece: mas bien un sendero que se originó por el arrastrar de una serpenteante forma desconocida  entre el agua y las casas. Termina, o empieza, el sendero al borde del amplio pozo en una impresionante placa de granito que el tiempo ha desgastado puliéndolo.
A menos de dos metros, el agua: un líquido oscuro y repelente. Desde el borde puedes quedar hipnotizado y pasar el tiempo mirando al abismo de sus aguas cenagosas. Tal vez lo veas, la sombra de una sinuosa figura buceando bajo el agua. Es corriente sufrir la atracción del abismo, la tentación de dejarse caer, de sumirse en la negra profundidad; un canto de sirenios en lo más profundo del cerebro. De vez en cuando, un chapoteo en el agua te devuelve a la realidad rompiendo el lazo mesmérico.
Esas fueron mis primeras impresiones al llegar a este lugar olvidado en el que nadie parecía habitarlo, y cuyas puertas no fueron abiertas a pesar de mi insistencia. Estuve tentado de abandonar el lugar pero lo avanzado de la tarde me disuadió.
Monté la tienda dispuesto a pasar una noche aciaga. Una oscuridad repentina inundó el lugar al ocultarse el sol y fue entonces cuando oí los primeros ruidos: roce de pasos sobre la tierra que más parecían un deslizarse en la noche. Reconozco que sentí temor y quise embutirme en el saco hasta que amaneciera, pudo, en cambio, la responsabilidad. Haciendo acopio de valor recogí mis carpetas, tomé una potente linterna y me dispuse a reconocer el lugar en plena nocturnidad.
A cierta distancia iluminé una figura que se encaminaba a una de las chozas. Al sentirse observado aceleró su paso, yo también. Le seguí hasta la puerta que había traspasado. Desde el otro lado distinguía perfectamente los sonidos de un habla desconocida llena de sibilantes sonidos. Con firmeza llamé a la puerta, y tras un repentino silencio, un descorrer de cerrojos. Un individuo de gesto adusto y de baja estatura me encaró espetándome un “quién eres tú”.
Saqué mis credenciales, con mi tono más áspero le dije a lo que venía, de lo imprescindible de su colaboración, o si no, que se atuviera a las consecuencias derivadas de su no colaboración con el fisco.
Se comportó como esperaba, me franqueó la puerta donde a la oscilante luz de antiguos candiles seis individuos estaban sentados a lo largo de un banco en la pared. Miraban con la más absoluta vacuidad que jamás hubiese visto. Recabé los datos de todos y les pude sonsacar más datos referentes al resto de sus pobladores. Concerté una cita para la noche siguiente y así censar a los habitantes del lugar. Ellos, que parecían los jefes de la localidad, me garantizaron su presencia y me rogaron que no les importunase durante el día en el que se encerraban en sus quehaceres no haciendo caso a nada. Todos se refugiaban de unos rayos del sol que tanto molestaban. Ciertamente, sus enormes pupilas, que me dijeron no podían contraer, les hacía vivir en este lugar umbrío, refugiándose en sus chozas durante el día.


  
III


Pasé el resto de la noche en un dormir inquieto, con sueños plagados de pesadillas, con rítmicos sonidos de palpitantes vísceras; en un coro de hirientes chirridos taladrando los oídos en invocaciones repetitivas, recalcitrantes.
Una lengua muerta con palabras y significados desconocidos. Sonidos que repetía en mis sueños como un loro, sin conocer el significado de lo que decía. Sonidos que en vigilia sería incapaz de reproducir, de transcribir correctamente. Y la certeza de estar rezando a las impías figuras de un pasado remoto, a los dioses del dolor y del caos.

Ogh—Hemenn. Yag – Daín. Ogh-- Labinar. Yag – Ablog.
Ogh-- Semironcen.
Yag – Daín. Ogh-- Jarerh. Yag – Ablog.

Sin darme cuenta repetía la letanía sin saber su significado. Sin darme cuenta invocaba al reino de la locura. Y me descubrí en la roca junto al pozo repitiendo esas palabras ominosas con la vista atrapada en lo mas profundo del agua oscura.
Cada vez más cerca notaba su presencia. Aquello me había presentido, y mi voz era la cuerda que le traía a este lado. Noté el horror ancestral del tiempo antes del tiempo.
Y mi cuerpo totalmente agarrotado, inerme, clavado al borde del abismo, esperando a ser poseído por lo que atravesaba los eones entre universos. Y repetía, repetía las palabras sin sentido, aún dándome cuenta de que aquello era mi perdición, y la de mi especie, y que pronto sufriría los dolores más atroces: y el caos gobernaría los planetas.
Un atisbo de voluntad intentaba alejarme del lugar. Que dejara de recitar las oraciones impías, las mismas que encontraba placenteramente morbosas: posesión y dolor prometido.
Pasé toda la noche impávido, sobre el granito, incapaz de mover un músculo, asaltado por el temor a desfallecer y caer a la sima profunda del pozo, atraído por el horror, gozando del miedo, peleando mi voluntad. Mi ego contra mi ello, luchando por abandonar el lugar o dejarme llevar por lo insondable que venía desde el otro lado.
Temblando ante el ligero reverbero en la superficie del agua y el fluir reflejado de un grueso tentáculo. Tremenda anaconda que al discurrir bajo la superficie atenazaba mi corazón en su impresionante extensión.
A cada poco las gentes del lugar me traían, en cuencos, líquidos y comidas para ingerir, sosteniéndome en la larga noche, susurrando sus invocaciones, mostrándome sus amarillos dientes como muestra de simpatía. El ligero roce de sus manos con las mías me dejaba  un tacto húmedo y escamoso en la  piel.

 

IV


Hoy ha amanecido un día de esos de los grises, y el reverbero de la luz lo evito con unas gafas de sol. Estoy recogiendo toda la documentación y la impedimenta del viaje. Han sido pocos días.
Me alegro de alejarme de este lugar. Detecto miradas curiosas desde los ventanucos de las chozas. Esperan a que me vaya para continuar con sus estúpidas rutinas: yo encantado de alejarme. No pienso mirar atrás.
Cuando redacte el informe tendré que ser cuidadoso con las palabras, que sean correctas al tiempo que carentes de sentimiento: en el fondo mentiré.
Son los restos de una raza degenerada, física y moralmente; fruto de incestuosos ayuntamientos contra natura,  que ahondaron más su aislamiento perpetuando sus taras, generación tras generación.
Me alegro de alejarme para no volver. Siento sus miradas en el cogote y eso me produce una enorme inquietud.

*

El camino es un puro bache y se vuele penoso, agravado por mi incapacidad de mantener la concentración en el terreno; desviándose mi atención a las regiones más fangosas de la imaginación.
El camino promete ser largo. Me atemoriza pensar que mi voluntad quedó presa en la aldea y no me deja partir.
Bordeando un río discurre un camino agrícola en buen estado, esto me permite relajarme en la conducción al tiempo que noto, al mirarlo, angustia en las entrañas y la sensación de consumirme hacia dentro.
Cuando la carretera pasa muy cerca del agua tengo que parar ante las nauseas que, subiendo por mi esófago, abrasaban mi cuerpo. Allí mismo, al borde del agua, genuflexión y vómito, y en el regurgitar: entrañas con lo que alguna vez fue ingerido. Continuamente paro cerca del río para arrojar todas las inmundicias que al parecer me he traído desde el paraje más escondidamente gris del país.
No quería creerlo. Mi cerebro se iba formando una idea cabal de lo que estaba sucediendo, las bilis expulsadas, oscuras como la pez, se rebullían concéntricas en el agua, sin mezclarse ni diluirse. En su pequeño remolino caían atrapadas las hojas, los insectos, luego los peces, alimentan la mancha negra. Poco a poco aumentaba de tamaño, sin prisas, con la parsimonia que tienen los seres eternos acostumbrados al paso de los eones. Su crecimiento bien podría dilatarse días, y la mancha negra aumentaba aún más contra corriente, como si de alguna manera quisiera volver a su origen.
Yo era el transportista del parásito que engulliría la tierra.
Un desagradable sonido partió de la mancha cuando entre las nubes se escurrió un rayo de sol con el efecto corrosivo del ácido en la piel, esta vez sin tiempo para buscar la sombra.
El atisbo de esperanza me produce un dolor intenso. Siento la necesidad de acelerar el paso.
La pequeña ciudad industrial de donde partí queda a tiro de piedra. De no verse, se podría respirar. La nube de smog la protege del aire limpio. Otra vez acercarse al río, otra vez dejar trozos de mis entrañas en el agua, otra vez morir un poco más por dentro en una batalla condenada al fracaso, pues en cuanto saliera el sol, lo fundiría.
Durante el trayecto, a pesar de estar nublado, tanta luz me molestaba. Parecía que mi piel se secaba hasta volverse quebradiza. Aquí, en cambio, bajo el paraguas de la contaminación, la luz no me irrita y el aire se vuelve respirable por primera vez en el camino.
El sol bajando a su ocaso. Rebota sus haces en los cristales y en el agua del río. Al tocar la mancha negra esta no parece alterarse.

*

Fue en ese momento cuando me di cuenta de mi misión y dejé que se diluyeran los vestigios humanos que me quedaban.


Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth. Yog-Sothoth.



FIN