14 de agosto de 2026

 





Semáforo

 

Un hombre pide limosna en un semáforo. Se balancea sobriamente sobre muletas de aluminio. Es la tarde noche de una ciudad construida en ladrillo y asfalto.

Colgado de sus dos muletas. Se balancea sobre una pierna, la otra claramente se ve cercenada por encima de la rodilla. Hay un ligero temblor en sus ademanes. Piensas que es frío, piensas que es el mono.

Se acerca a los coches con un vasito de plástico, en cuyo fondo, dos monedas aisladas esperan a otras que les hagan compañía.

La pierna perdida acaba en un muñón vendado, marcado por el tono marrón de su propia sangre. Manchas de color de una herida todavía sin cicatrizar.

Se abre el semáforo. Al cruzar la calle se cruzan las gentes procurando no mirarle, y con ello no verle. Es posible que si no le miras no se acerque.

Acechando a los vehículos. Ese hombre pide limosna moviéndose con sus muletas. Sólo una pierna entera, la otra ausente por encima de la rodilla. Le eres indiferente, sólo se acerca a los vehículos parados, agitando por la ventanilla su vaso con dos monedas.

Sobre un muñón vendado y sucio, con restos de manchas de una herida que sigue supurando sangre y pus. Al lado un semáforo en la gran avenida de las afueras de la ciudad.

El invierno que nos visita corre por la calle, cortando caras con el frío filo del sable invernal.

La avenida de la gente escondida. Algunos la caminan, por necesidad, por algún deber inexcusable, al encuentro de una cita.

El trasiego constante de coches nos hace reconocer la ciudad. Es el tráfico.

La escasa luz anuncia la noche. A lo lejos unos jóvenes bailan la danza del frío.

En este semáforo, entre un rojo y otro, espera de pie, sostenido por sus muletas. Las manchas de su vendaje son cada vez más evidentes. Los peatones siguen su camino sin mirar atrás, con el paso más vivo, producto del frío y de la cobardía. Ese lisiado da miedo, aterra a todos los que no queremos verle.

Abandona su guardia cuando los coches se paran ante su semáforo en rojo. Siempre vuelve a su puesto, de centinela: Ida y vuelta, desde el rojo al verde, y vuelta a empezar. 

Agita su vaso de limosnas en la ventanilla de todos los coches.

Una viandante cruza rápido camino de un funeral.





 

Farola

 

Debajo de una muy alta farola en los confines de la ciudad, una figura de

apariencia humana permanece sedente bajo su haz. El vacío circunda un espacio, por otro lado silencioso. Hay destellos sobre el asfalto húmedo.

Recién pasó la regadera motorizada limpiando la ciudad de excrementos

caninos.

Se oye a lo lejos el repiqueteo producido por unos pasos encaramados sobre tacones a la moda.

Según, se oyen los pasos en dirección. La figura sedente se incorpora lentamente con ademanes tensos, pero elásticos.

El extraño perfil diluido por la lejanía otea el horizonte, ahora, semeja olfatear el aire que le circunda. Ante el sonido yergue su cabeza y sus orejas parecen afilarse puntiagudas, afines a los de las musarañas, pero éstas son las de un mamífero de ciudad.

Claramente se oyen unos tacones finos acercarse a la farola, en los confines de la ciudad, tras una pausa, los pasos continúan decididos. Diría presurosos.

La erguida figura rodea la farola con su mano reposando en el mástil. Da una vuelta, se para, otra vuelta, he contado ocho, y cada vez parece diluirse un poco más bajo la luz anaranjada que desciende de la farola. Tras el giro de la novena vuelta, desaparece.

Desde lejos un hombre muy maquillado se acerca a la farola, camina entre ellas siguiendo el sendero de la luminaria.

Desde el alfeizar de mi ventana presiento el peligro. Ni mi voz, ni mis

aspavientos consiguen traspasar la distancia.

Ahora, bajo el claror, el viandante se lleva las manos al cuello, intentado

apartar un imaginario garrote. Se le ve boquear en un vano intento de atrapar un hálito de aire respirable. Poco a poco va perdiendo fuerzas hasta caer inerte a los pies de la farola. Lánguido caer de un cuerpo hasta el cemento de la acera.

Morosamente, un haz de luz cubre toda su extensión, y paulatinamente se difumina el cadáver cubierto por capas de un visillo de claridad. Ante mis ojos desaparecen los restos. Se pierde.

De nuevo se ve una figura sedente, de apariencia humana, bajo el esplendor de una muy, muy alta farola, en una de esas urbes tan modernas