Semáforo
Un hombre
pide limosna en un semáforo. Se balancea sobriamente sobre muletas de aluminio.
Es la tarde noche de una ciudad construida en ladrillo y asfalto.
Colgado de
sus dos muletas. Se balancea sobre una pierna, la otra claramente se ve
cercenada por encima de la rodilla. Hay un ligero temblor en sus ademanes.
Piensas que es frío, piensas que es el mono.
Se acerca a
los coches con un vasito de plástico, en cuyo fondo, dos monedas aisladas
esperan a otras que les hagan compañía.
La pierna
perdida acaba en un muñón vendado, marcado por el tono marrón de su propia
sangre. Manchas de color de una herida todavía sin cicatrizar.
Se abre el
semáforo. Al cruzar la calle se cruzan las gentes procurando no mirarle, y con
ello no verle. Es posible que si no le miras no se acerque.
Acechando a
los vehículos. Ese hombre pide limosna moviéndose con sus muletas. Sólo una
pierna entera, la otra ausente por encima de la rodilla. Le eres indiferente,
sólo se acerca a los vehículos parados, agitando por la ventanilla su vaso con
dos monedas.
Sobre un
muñón vendado y sucio, con restos de manchas de una herida que sigue supurando
sangre y pus. Al lado un semáforo en la gran avenida de las afueras de la
ciudad.
El invierno
que nos visita corre por la calle, cortando caras con el frío filo del sable
invernal.
La avenida
de la gente escondida. Algunos la caminan, por necesidad, por algún deber
inexcusable, al encuentro de una cita.
El trasiego
constante de coches nos hace reconocer la ciudad. Es el tráfico.
La escasa
luz anuncia la noche. A lo lejos unos jóvenes bailan la danza del frío.
En este
semáforo, entre un rojo y otro, espera de pie, sostenido por sus muletas. Las
manchas de su vendaje son cada vez más evidentes. Los peatones siguen su camino
sin mirar atrás, con el paso más vivo, producto del frío y de la cobardía. Ese
lisiado da miedo, aterra a todos los que no queremos verle.
Abandona su
guardia cuando los coches se paran ante su semáforo en rojo. Siempre vuelve a
su puesto, de centinela: Ida y vuelta, desde el rojo al verde, y vuelta a
empezar.
Agita su
vaso de limosnas en la ventanilla de todos los coches.
Una viandante cruza rápido camino de un funeral.
Farola
Debajo de
una muy alta farola en los confines de la ciudad, una figura de
apariencia humana permanece sedente
bajo su haz. El vacío circunda un espacio, por otro lado silencioso. Hay
destellos sobre el asfalto húmedo.
Recién pasó
la regadera motorizada limpiando la ciudad de excrementos
caninos.
Se oye a lo
lejos el repiqueteo producido por unos pasos encaramados sobre tacones a la
moda.
Según, se
oyen los pasos en dirección. La figura sedente se incorpora lentamente con
ademanes tensos, pero elásticos.
El extraño
perfil diluido por la lejanía otea el horizonte, ahora, semeja olfatear el aire
que le circunda. Ante el sonido yergue su cabeza y sus orejas parecen afilarse
puntiagudas, afines a los de las musarañas, pero éstas son las de un mamífero
de ciudad.
Claramente
se oyen unos tacones finos acercarse a la farola, en los confines de la ciudad,
tras una pausa, los pasos continúan decididos. Diría presurosos.
La erguida
figura rodea la farola con su mano reposando en el mástil. Da una vuelta, se
para, otra vuelta, he contado ocho, y cada vez parece diluirse un poco más bajo
la luz anaranjada que desciende de la farola. Tras el giro de la novena vuelta,
desaparece.
Desde lejos
un hombre muy maquillado se acerca a la farola, camina entre ellas siguiendo el
sendero de la luminaria.
Desde el
alfeizar de mi ventana presiento el peligro. Ni mi voz, ni mis
aspavientos consiguen traspasar la
distancia.
Ahora, bajo
el claror, el viandante se lleva las manos al cuello, intentado
apartar un
imaginario garrote. Se le ve boquear en un vano intento de atrapar un hálito de
aire respirable. Poco a poco va perdiendo fuerzas hasta caer inerte a los pies
de la farola. Lánguido caer de un cuerpo hasta el cemento de la acera.
Morosamente,
un haz de luz cubre toda su extensión, y paulatinamente se difumina el cadáver
cubierto por capas de un visillo de claridad. Ante mis ojos desaparecen los
restos. Se pierde.


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