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10 de abril de 2015

Flautista


             La vi pasar taconeando la calle con vigor inusitado y quise seguirla para declarar mi admiración, no era el único, detrás de ella un nutrido grupo de varones caminaban decididos con idéntica intención, mirándose entre ellos con evidente malestar.  
Aunque nunca he tenido instinto gregario me sumé a la marcha de los que seguían a la hembra.
Marcaba un paso ligero que nos obligaba a trotar para no perderla, dejando en el camino un reguero de machos desilusionados presos de todo tipo de calambres arrastrándose patéticamente.
Los pilluelos nos jaleaban, animándonos hipócritamente, entre aspavientos para, al final entre burlas y veras unirse al desfile, marcha, procesión o como quiera definirse.
En esos momentos el dolor de bronquios me recordó todas las veces que intenté dejar de fumar, y miraba con envidia el paso alegre de algunos compañeros de marcha.
          Por más que aligerásemos no se acortaba la distancia que nos separaba de ella.
          Cuando me di cuenta que nos dirigíamos al muelle renacieron mis esperanzas de poder alcanzarla. Pensamiento ilusionado que vi reflejada en la cara de tantos.

***

La noticia saltará a los medios más o menos de esta guisa:
 “Al principio unos cuanto hombres siguen a una mujer a cierta distancia, al llegar a la avenida es una marcha multitudinaria que interrumpe el tráfico rodado. A la manifestación se han unido los antidisturbios masculinos y los agentes de movilidad local. Las compañeras reclaman ayuda por radio, otras intentan interponerse infructuosamente. Hay estupor en la voz de los que gritan y una pregunta que se repite. ¿Adónde vas? ¡ Vuelve aquí ¡
Los niños lloran por sus papas alejándose.
Una extraña locura se apodera de los hombres. Las pocas mujeres en puestos directivos, en contacto con las secretarias, intentan tomar las riendas de la situación.
Hay una proclama general solicitando calma y trabajo para salir de la crisis, y un llamamiento a las emprendedoras para que se pongan en contacto con las autoridades locales.

****

Llegan los primeros aromas desde el puerto cercano y eso me lleva a deducir nuevas posibilidades. El mar que se interpone en nuestro camino fue en el pasado la vía de los sueños. Tengo la sensación de participar en una gran aventura y comparto con mis compañeros la exaltación del momento. Soy un argonauta y desde el fondeadero embarcaré en la Nao de Jasón hacia el descubrimiento, hacia la conquista, tal vez a otros planetas. Otra dimensión.
En el muelle se resolverá todo. Ahora que lo pienso, el amarradero debe estar atestado de barcos para acoger a  tantos como vamos. Va a ser un espectáculo impresionante.

*****

Ella llega a la punta del espigón donde se detiene mirando al mar. Con un movimiento elegante se desprende de su ropa, sea lo que sea lo que lleve puesto, y desde su refulgente desnudez se zambulle al agua. Tras una duda inicial se produce una desbandada general de hombres enardecidos saltando en pos de ella.
Y saltan de cabeza, de pie, de cualquier manera, algunos frenéticos, otros con aparente dignidad, algunos empero caen atropellados, empujados por los que vienen detrás. Todo un reguero de hombres se extiende desde el malecón hasta la bocana del puerto. Les ves alejarse, nadando tras ella  los más atléticos. Los más sebosos van hundiéndose junto a los enfermizos, compartiendo unos últimos ahogos.
Tal era la multitud que el siguiente que saltaba caía sobre los cuerpos de los anteriores. De alguna manera se incrementó la plataforma y los siguientes caminábamos sobre los cuerpos rotos de nuestros antecesores, y seguíamos arrastrándonos hasta alcanzar el agua para entonces nadar.
La natación es un trabajo fatigoso cuando se realiza con inquietud y en ropa de calle.
El triste espectáculo del cansancio va dejando en el agua burbujas de los ahogados y su pelea por salir a flote; ceden la marcha un instante pero quieren continuar sin fuerzas y por esto se hunden y vuelven a salir en vanos intentos hasta que rendidos dejan cómo única muestra de su paso una burbuja efímera.
Incansables nadadores siguen la estela cada vez más lejana.
El cansancio me ralentiza. Se suman los primeros calambres. El dolor me mantiene consciente mientras me hundo.
A mi lado las horrorizadas caras de otros hombres. Conscientes de la cercanía de la muerte al tragar un agua que entra con dolor en los pulmones hundiéndonos más deprisa.
Empiezo a ver esas lucecitas blancas. Y me pregunto qué me pasó, qué me llevó a seguir enardecido a la mujer. Hechizado, magnetizado, no sé. 
Y me resulta inconcebible.
Soy homosexual.



FIN DE LA SIRENA DE HAMELIN

27 de mayo de 2009

Cementerio de piedra

Cementerio de piedra.

Otro turista cultural, sí, es lo que soy. Voy caminando sobre las viejas piedras sin verlas apenas, anonadado por las pinturas colgadas de la pared de esta o aquella vieja iglesia, sentado en las bancadas de madera contemplo artesonados, cruceros, cúpulas plenos de frescos y otras decoraciones y dirijo mi mirada en torno mio y encuentro entre los confesionarios, las pequeñas capillas dedicadas a las divinidades locales.

En otro tiempo sus aborígenes, en su tiempo de esplendor, dedicaron su tiempo, su dinero, sus energías en realzar su lugar, un aquí estamos. El paso del tiempo convirtió su ostentación o su devoción en un regalo para nuestros sentidos, es tanto lo apreciable, lo estimulante que produce vahídos en todos los poros de mi cuerpo, es el mal de Sthendal, lo conozco, es en este momento que sé, que debo retirarme a dormir, refugiarme en el hotel, acostarse y dormir, sólo después seré capaz de admirar de comprender las sensaciones, las impresiones visuales, todo esto, todo eso y poder volver mañana al mismo sitio o correr a otra localidad cercana.

Caminar bajo el ábside de las viejas iglesias, recorrer los pasillos de los viejos palacios decorados según el gusto del momento.

Algo extraño en la noche. Otra pesadilla. Navego por un mar en una barca irreconocible, todo se mueve alrededor, siento nauseas, tengo ganas de vomitar, debo despertar e ir al baño, estos instantes previos a la vigilia son mi tortura.

Al fin abro los ojos, la sensación en el estomago prevalece. Y como te diría, la cama se mueve, que pasa, la lampara del techo transformada en un péndulo, un jarrón volando cae al suelo con estrépito: me pregunto “ estoy despierto”, no he salido de mi pesadilla, estoy en otra pesadilla. Estoy en la pesadilla. Veo como en una muda película las paredes abombarse y retroceder (no me satisfacen estos efectos visuales). Se va pintando una linea en la pared, una grieta. Voy a levantarme. Tengo miedo.
Esta pared abombada cede, cae sobre mí, la sostendré con mis brazos levantados.

Despierto.

Cuanto tiempo ha pasado, parece que mis brazos no sostuvieron la pared, encuentro mi cuerpo cubierto de materiales de derribo, no entiendo que es esto. Como he llegado a aquí.

El yeso en mi boca no es un sabor especialmente agradable y dentro de mis narices el polvo me hace estornudar, los tosidos arranca punzadas de mi pecho cada vez mas dolorosas.

Algún hueso roto supongo, me duele el vientre, aunque antes lo tuviera revuelto y esta opresión en el pecho. Un batiburrillo de dolores me impide aclarar cual es mi verdadero estado. No muy halagüeño.

Oigo mi quejido y me duele, cuanto tiempo llevo aquí. Es el tiempo tan lento como lo siento. Estoy solo que me ha pasado, que ha pasado.

Cualquier intento de moverse es salpicado por numerosos dolores, quejidos del cuerpo me avisan estos de mi autentica situación, tumbado en la cama rodeado de vigas desplomadas, ladrillos caídos, tierras de cal y yeso, pintura, que otrora estuvo en la pared y en el techo.

Dejate de devaneos y solicita ayuda, pídela, exígela, grítala.

Grito, todo el aire emitido es apenas audible para mi mismo, como voy a ser oído, como va a traspasar el sonido la barrera de tanto escombro, de tanto aislante sonoro. Tirito y no tengo frío, genero sudor y este se mezcla con el yeso formado nueva argamasa.

Sí me muevo me duele, sí grito ni yo me oigo.

!Existe la posibilidad de que me saquen de aquí!.

Y si no todo el terror concentrado en este instante, puedo morir aquí enterrado.


La histeria, tranquilo dominate.

A qué esperan para rescatarme, quiero salir en los telediarios transmitiendo una sonrisa agradecida. Están tardando mucho y esta pared cada vez es mas molesta.

Recito mis plegarias para despertar la inspiración divina, estas, los acercara a donde estoy. De momento no funciona, insistiré ...

Cuanto tiempo llevo aquí. Porqué me vienen a la memoria hechos pasados, esos momentos que no son lo mejor de mí. Recuerdo hechos triviales, es decepcionante no disponer de unos buenos hitos en la memoria, esta claro no soy importante, he de reconocer mi insignificancia.

Van brotando en este extraño manantial de la memoria, aquellos recuerdos olvidados y que aún hoy en día me llenan de secreto oprobio, de infinita vergüenza, son los actos de pura cobardía, sí, y aquellos otros en que fui risible, especialmente para mí.

Acabo de reconocer el olor del ladrillo, creo tener encima de mi cabeza un montón de ellos, una amalgama de cerámica burda, nada artística, poco estilosa, nada similar a las nobles piedras revisitadas continuamente, primero por mis ojos, después por la memoria.

Porqué no vienen a buscarme ya, me veo muerto y estos rescatadores sin venir. Es en estos momentos cuando aprecio a los bomberos o a los voluntarios profesionales. Esas películas tan intensas en los que el héroe se enfrenta a las autoridades porqué el sabe que ahí hay supervivientes.

Para mí que ya están tardando.

Tengo la sensación de estar continuamente mareado.

Me aburre tanto espera. Voy a morirme.

¡Ultima hora!

Después de tres días de levantar escombros aún siguen apareciendo cadáveres. Las cuentas marcan ya 248 muertos y 73 desaparecidos.