5 de octubre de 2011

Rosa sonríe



ROSA

Recuerdo a Rosi desde mi bautismo, asomada con su sonrisa dándome la bienvenida.
Estaba pulcro y repolludo con mi traje de cristianar y un gorrito para proteger la cabeza. Iba en brazos de mis padrinos, a la sazón mis hermanos, uno de cada sexo, como manda la tradición que sean los padrinos.
Recuerdo también un cierto número de gente que, más tarde me enteré, eran amigos y pertenecientes a una rondalla de esas que tocaban canciones populares en la época de los coros y danzas.
Mis intereses por aquellos tiempos no pasaban más allá de dormir y comer, por lo que no puedo ser muy exhaustivo en los pormenores, aparte claro,  de la sonrisa de bienvenida, porque agrada que te reciban amablemente.
Transcurridos unos años de los que no tengo noción, supongo que es imposible recordar toda la infancia por muy memorioso que se sea, la siguiente imagen que recuerdo es la de mi madre encasquetándome un sombrerito tirolés frente al espejo, maqueándome convenientemente para la boda de mi hermano y Rosi.
Eran tiempos duros en los que podía faltar algún progenitor que se solucionaba con la mejor voluntad. Así que mi Padre, fue de padrino de boda aunque no le correspondiera, del brazo de su nuera. Esto lo puedo afirmar porqué recibí las explicaciones oportunas, tampoco es que tuviera especial interés, pero se me quedó grabado.
Contaba, que les vi, a mi Padre y a Rosa, de blanco y tul, camino del altar donde les esperaba mi hermano. Padre muy ufano y orgulloso, Rosi con una sonrisa entre la timidez y la alegría.
Como más tarde colegí fue la primera reunión no oficial del club de los sufridos en pleno: familiares y amigos.
Y el convite. En los famosos salones, de los que no recuerdo el nombre, pero que seguro eran famosos, nos amontonamos en mesas en las que tenía reservado un lugar en la principal, donde los novios, al lado de mi hermana.
Y entre plato y plato, exclamaciones y vítores, llegó el momento de la tarta con helado. A mí lo de la tarta no me hacía tilín, pero el alborozo general molaba y probé el helado.
Es mi primer recuerdo de comer helado, y lo que me gustó aquello.
Así que hasta ahora llevamos sonrisas y un helado. Para mí que son recuerdos dulces.
De vuelta de la emigración a Suiza les dió un arrebato (tampoco voy a entrar en ello) y trajeron al mundo a una sobrina, lo de que fuera su primer hijo es secundario, lo importante es que fui tío por primera vez, mas tarde repetiría como tío majete.
Por mor de hacerme el interesante casqué lo de que “feo es el bebe” recibiendo la reprobación generalizada y a la que Rosi no dio importancia. En eso siempre ha sido y es única.
Han pasado algunos años y cuando quise ejercer de tío y pasaba a por mis sobrinos, mi cuñada me tenía preparado un plato de croquetas, y vivían en Alcorcón, lo que puede dar pie a todo tipo de similitudes chistosas.
Ahora, cuando las canas clarean mi barba, la veo acompañada de sus nietas, como sí el tiempo no importara nada,  enseñando sonrisas, regalándonos motivos para reír. 
Y me siento agradecido. 

5 de julio de 2011

DIARIO DE UN TALIBAN: JULIO 2011

La primera acepción de estudiante según nuestra venerable RAE, “Que estudia” y se queda tan pancho, claro con todo su prestigio cualquiera le achanta.


Para talibán nos dice que es alguien perteneciente a una milicia muysulmana.

La palabra en su origen denomina, quiero decir en su idioma, se refiere a los estudiantes del Coran, con perdón.

En el idioma en el que escribo cuando me encuentro con un estudiante de la cosa divina o res divina, le digo teólogo. ¡Y no se lo toma a mal!

-- (Aquí ínter nos, no entiendo como no se rebota)

-- En la tele han salido algunos, lo que es prueba fehaciente de que existir, existen. Normalmente se dedican a enseñar a otros, las cosas de lo alto o muyalto. Compaginan su labor con la pertenencia a una orden religiosa y se les tiene cierta consideración por lo abstruso de sus estudios.

Yo, que tengo mi punto rarito, le doy con relativa frecuencia a la relectura de las tiras, maravillosas tiras de Quino.

Deduzco que yo también soy estudiante.

¡Eh!. Aficionado. Esto mío no es en plan profesional, que conste.

Indignado y cabizbajo sigo por el mundo.

Y pago impuestos. Y no sé, en que se lo gastan, me gustaría que hubiera varias casillas en la declaración con opciones tipo obras de carácter social, educación, sanidad y al marcarlas derivar la parte de mis impuestos a esos gastos, y no a otros.

Y eso sería democracia, poder decidir a donde va mi dinero.

Me doy cuenta de que soy un caso perdido.

Mafalda se apodero de mí y solo digo utopías

Y por mucho que se empeñen, prefiero un cercanías a un tren de largo recorrido.

30 de junio de 2011

Consejos a don Miguel: Taller de escritura

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,
no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero,
adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Espera, espera, antes de seguir, mira que este comienzo es un poco flojo Miguel. Tienes que conseguir atraer la atención del lector en las primeras líneas, fijarlo a tu texto, agarrarlo mismamente de sus partes lectoras y no soltarlo ni dormido.
Date cuenta, dices lugar, y a quién le importa, si al menos fuera la villa y corte, o la capital de un imperio de exótico nombre. Samarcanda, ése, ése es un buen nombre, te sugiere de entrada aventuras, perfumes de azahar, con velos y tules sobre la piel de la bella sarracena. Puedes empezar así “En la ciudad de Samarcanda”, ves cómo sólo su pronunciación nos envuelve en halos de misterio, en las magias de los tiempos pretéritos. Venga, no seas zote, y reconsidera la verdadera historia de las cosas acaecidas al afamado caballero Alonso.
Por fin le apelas Alonso a tu protagonista, bueno no importa mucho, siempre que le consigas un sobrenombre pinturero y de fácil retentiva; me place ese de  “La Triste Figura”,  seguro que será por penas de amores, pues es de sobra conocido que no hay dama sin caballero, o viceversa, que tanto monta… y eso no te lo pueden censurar pues anda por ahí en el blasón de nuestros reyes.
En cuanto a la época, te recomiendo que lo dilates hacia atrás, o que tus personajes no sean asimilables a otros de nuestro entorno, no anda el horno presto para bollos, y los letrados en derecho, deseosos andan de empezar litigios a la mínima provocación, sospecha o atisbo de pingüe beneficio, por ello, asegúrate de no mencionar  nada relacionado con Fulanitez, ni con  Mengano, estos se ven impelidos por su propia personalidad a estar en todos los mentideros, en boca de todos, para bien y para mal, frecuentadores de escándalos, incitadores de francachelas,  auténticos animadores culturales, llegado el caso.
Y te viene bien que sea retrospectivo pues, la lanza colgada y el escudo de cuero evidentemente corresponden con momentos históricos acaecidos en lugares añorados por la nebulosa del tiempo indefinido, y es que no se estila en los tiempos que corren los cueros, por recios que éstos sean, para frenar las bolas disparadas por algún arcabucero turco. Qué te voy a contar que vos no hayáis sufrido en propias carnes, ¡Pardiez!.
Del rocín flaco, al que podríamos definir mejor como enjuto, prieto de carnes, escaso en sebos, veloz, resistente, valiente y dócil en sus manos, pero zunao para todo aquel otro osado caballero que a su grupa pretenda izarse, sin el plácet visible del Triste  tuyo.
Cuidado con las intertextualidades, no caigas  en semejanzas palpables con el caballero de Leonís, pues su dilatada carrera, su amplia difusión por aquí, o allende las fronteras, le hicieron famoso, y a su autor renombrado, aunque ahora no caiga, no me salga su nombre. Supongo, son los años que atestiguan las profundas arrugas impresas en la curtida piel de mi visaje, y que repercuten también en los vacíos que vislumbro entre mis entendederas, momentos duros, para el que otrora confió en la segura neurona, guarnecida ella en la testa, ahora  alopécica, otrora frondosa, sedosa, causante de algún vahído, de algún desvarío, en fin, ¡Ay!
Perdona que te diga, pero lo del perro, a qué viene, y en las primeras líneas. ¿Le vas a dar algún tipo de protagonismo, tiene alguna habilidad esencial para su amo, es que éste se alimenta sólo de las liebres cazadas por su galgo, desconfía de su entorno, teme ser envenenado? Por lo que colijo, por catas en la narración efectuadas al buen tuntún, quiero decir sin orden, ni concierto, no acierto a ver al galgo por ningún otro lado, nos lo presentas en las primeras líneas, y luego haces desaparecer al cánido como si no importara nada, al menos podrías introducir alguna fiebre en la que desatar la imaginación, con una fábula de corte moralizante, un Dafnis, al uso de tantos escritos edificantes.
Mira Miguel, no quiere hacerte perder más el tiempo, ni que me lo hagas perder a mí, no sirves, esto de la narrativa no es para tí, dedícate a otra cosa, seguro que hay ahí fuera una vocación esperándote, con la que podrás ganar honrada y cristianamente la vida, sólo tienes que encontrar tu lugar en el entramado social de nuestro Gran Reyno de las Españas y provincias de Ultramar.
Lo que sí te recomiendo, es que te dediques a los números, a cosas de Hacienda, veo en esos menesteres de la administración de la cosa Pública  tu futuro, tu pasado de excombatiente es perceptivo para la obtención de un buen remunerado puesto de recaudador, un hábil contable, por demás, por otra parte, el Imperio anda necesitado de buenos escribanos, capaces de redactar informes sin enmiendas o raspaduras.
Déjalo Miguel, déjalo, si quieres comer caliente y ganar un merecido sustento para ti y tu familia.
Déjalo. Dedícate a otra cosa.  

24 de mayo de 2011

Mi Dueña.

Repara, por  un momento, en la sombra de sus párpados que vuelve lánguida su mirada, en una imaginaria invitación a ser acogida por unos brazos, desprendiendo el aroma del amor y el deseo.
Puedo leer una historia, en esas ojeras enseñoreando la cara de la mujer madura, en un semblante surcado por el paso del tiempo.
Puedo leer su historia.
“Sé todos los cuentos, es verdad”
Y me gusta releer los mejores cuentos, esos que se pueden leer escritos en su cara, escritos directamente en su piel, hablados por los ojos, susurrados por sus labios.
La mejor literatura, la obra maestra, que otros no pueden construir, aparece en unos pequeños pliegues a ambos lados de los labios, ahí donde se juntan las comisuras.
En su sonrisa triste, amarga, irónica, divertida, enamorada, contenta.
Lo que puede narrar su sonrisa, lo sé muy bien.
Las historias contadas, en las no dichas, en las sugeridas, en las que copio, y luego, al recitarlas, las escuchas como si no las hubieras oído nunca, como si no fuera tu propia historia.
Escúchame si te digo, amada mía, sólo soy tu secretario.
Transcribo al papel  tus cuentos,  tu propia vida, y es molesto carecer de las suficientes palabras con sus adornos.
Carezco de tonos, de colores, de sabores suficientes…
Carezco.
Falta de expresión, de la digna elocuencia que vos merecéis.
Mi señora, mi dama, mi dueña.

3 de mayo de 2011

Aceite( las consecuencias)

Haré notar que no necesité de un tratamiento prolongado, pues enseguida adquirí peso. Mediante el cotidiano procedimiento de tomar aceite a cuchara… y del gusto por el caldo de rabizas, hojas de los nabos que otros desechaban; con su unto, patata, chorizo, morcilla, tocino, esqueleto de gallina, pedazo carne y un poco de arroz para espesar; todo ello a la olla expres,  y que gire el pitorrillo hasta que llegue su hora.
Era una de mis comidas preferidas y como el pote era grande, teníamos caldo para tres días. Por descontado, adquirí pronto la estampa y el aspecto que se buscaba, adquirí un mejor lustre; a la par que la apariencia propia tomaba un aire de familia, una figura consistente.
Ni que decir tiene, que esa abundancia de carnes planteo alguna que otra dificultad en el colegio.
Los compañeros del cole, siempre dados al buen rollo, (esto último entrecomillado) intentaban hacer chanza de las grandezas corporales incorporadas al entorno óseo. Pero claro, eso quedaba zanjado con algún agarrón que otro.
No recuerdo una pelea a guantazos. Lo cotidiano era agarrarse y forcejear, hasta acabar con el contrario en el suelo y obligarle a rendirse. Algunos se libraban por su presteza en la huida, pero eran los menos.
No se consideraba digno insultar y salir corriendo.
Por esos tiempos, ahora tan distantes, comencé a introducirme en una tierra de nadie, pues siendo a primera vista de tipo gordo, repartía mamporros sin miramientos a diestro y siniestro y con gran habilidad. Y siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, los compañeros preferían dar caña al gordo flojo, que darle caña al gordo éste, que no solo te la devuelve, sino que además te puede hacer daño. Así que me quedé en un terreno indefinible, ni gordo, ni flaco: Ni en un bando, ni en el otro.
Para mi oprobio, he de reconocer que por mor de la integración en el grupo, me sumé a la estúpida diversión de darle caña al gordo de la clase. Teníamos dos. Como no le encontré la gracia,  terminé apartándome a la linde marginal, un poco con todos y en el fondo solo y sin nadie.
La destreza en la pelea me evitó humillaciones y me colocaba entre los respetados, un grupo indefinible. En clase teníamos obesos, un afectado de la polio, un pusilánime hijo de mamá pulcro en el vestir y poco dado a los juegos de mozalbetes, otro pobrecito de padres separados, y rayando ya en lo estrambótico había uno que no se quedaba a clase de religión, pudiera ser que sus padres fueran judíos, lo decíamos así: sus padres, pues para nosotros era un compañero más que no se diferenciaba en nada.
El caso es que pese a la positiva influencia del aceite sobre mi salud, a un adecuado desarrollo corporal, a las mejoras en el tono y en el tacto epidérmico. No puedo hablar bien del aceite, “El aceite de hígado de bacalao”
Era repugnante.
Es más siempre lo he ponderado como un excelente medio para la obtención de declaraciones. Si lo tragas sentirás la imperiosa necesidad de confesar.
Estuve tentado todos los días de reconocer mis faltas. Claro que al abrir la boca me metían la cuchara en la boca y  no me daba tiempo a inculparme, ni a someterme para conseguir algo de benevolencia.
Hoy en día para gentes de cierta edad, la simple exhibición de esa botella puede producir regresiones a la infancia de aterradoras consecuencias.

Nota: Algún tipo de ONG’S está solicitando la posibilidad de ilegalizarlo por su extendida utilización en ciertos países, que lo emplean con la malsana intención de sonsacar a los reos sospechosos la declaración de culpabilidad.

6 de abril de 2011

Aceite

Unos años después de la posguerra. Tampoco tantos. Pasamos de un chusco de pan, distraído de cualquier sitio, a la adquisición de una o dos barras de pan en los establecimientos al uso. Dicha barra era conocida con el cariñoso apelativo de pistola y cubría nuestras necesidades. Recuerdo que siempre que me tocaba comprar el pan, pedía una barra de pan, jamás una pistola, lo que en el fondo puede insinuar la naturaleza de mi personalidad o yoismo.
Pregunta: ¿De donde viene el nombre de pistola? ¡Eh!
Mi constitución física escasa, tirando a enclenque, era motivo de preocupación familiar. Y no sé si vía tradición de raigambre popular, o por visita efectuada al médico de cabecera,  se decidió tomar cartas en el asunto.
El caso es que vi un día a mi madre con una botella de cristal que tenía dibujado un pez en su etiqueta, y curiosamente no me sentí atraído por la novedad, lo que me lleva a razonar que en mi infancia disponía de un sexto sentido muy desarrollado.
“La botella de aceite de hígado de bacalao”.
Pregunta: ¿De donde viene el nombre de médico de cabecera? ¡Eh!
Ríete tú de los sesudos dilemas existenciales.
Mi madre, conocida por su predisposición a los planteamientos eficaces, y sin alharacas que distrajeran del motivo principal, esbozó diáfanamente el problema, trazando las soluciones más acordes a la proposición.
Primera opción:
-Tomarás una cucharada al día, para revitalizarte, que estás muy escuchimizado y no querrás ser un alfeñique toda la vida.
-Para ser tan fuerte como tu Padre.
-Para crecer grande y fuerte.
-Porque estás muy débil y podrías pillar alguna enfermedad.
Tampoco creas que se extendió mucho más.
Segunda opción:
-O te lo tomas, o te pongo la cara del revés.
Siempre he sido, desde mi más tierna infancia, proclive al buen razonamiento y a una bella exposición (sobre todo si va acompañado de una gestualidad acorde al paradigma que se quiere transmitir).
Escaso en años, pero no en inteligencia, sea esta normal o la ahora conocida como emocional, decidí optar por la primera opción.
La segunda no me parecía de recibo. Y es que una mirada me bastaba para captar las intenciones de mi madre. Y yo no soy de los que gustan recibir. Y yo con mi madre, era capaz de comunicar casi sin palabras.
Todos los días un mal trago. Hasta acabar existencias.
Intentaba taparme la nariz para tragar aquello, y deglutirlo presto en un intento de no dejar rastros en el paladar. Empeño inútil.
Parece ser que surtió efecto, el aceite, y se veía a mi madre más relajada. Me lo tomo a broma, pero debía ser muy escaso en envoltura, y el color de la tez no cumplía con los presupuestos asociados a lo saludable.
Nunca sabré si el aporte vitamínico y reconstituyente del aceite ese hizo su efecto o, por el contrario, empecé a comer con ansia por no seguir tragando cucharadas de aceite. No entraré en el debate de si fue un efecto orgánico o fruto de la urgente necesidad de obviar la cuchara de marras y su contenido. El caso es, que al poco fui cogiendo una presencia más acorde con la constitución familiar. Fenotipo amplio de tipo extenso. Porque en nuestra familia siempre hemos sido de huesos anchos, y ¡hete aquí! que con poco que rellenes la osamenta adquieres un aspecto considerable, expandido,  a la par que fuerte y recio, como más lucido.
Empero...
El tiempo, los años, y las recomendaciones médicas, me llevaron a recorrer el camino inverso.
El continuo devenir de la vida.



27 de marzo de 2011

PARA RAQUEL


Gacelas en la sabana flotan sobre los pastos.

Gráciles.
Esbeltas.
Elegantes.
Puedes presumir.

R

Los pasos sobre el cemento de la ciudad

impregnan un aliento cotidiano en el plástico de sus zapatos en eterna pelea con el cuero vivo de la piel.
Persisten los aromas que arrostran los aires ponzoñosos
transmutados en fragancias selváticas.
*
Las nubes grises que a veces cubren los cielos por melancolía
intentan siempre ahuecar el cielo y dejar pasar fotones de colores,
y bañar con su luz el tiempo que te toca vivir.
*
Los Auto-predadores ralentizan sus marchas acompasados,
y envidiosos los habitantes de sus entrañas a veces te tocan el claxon.
*
Entre las nubes de smog
y tanto asfalto florecen las palabras con las que nos sorprendes.
Las ingenuas preguntas,
las brillantes expresiones con las que hemos visto como vestías lo cotidiano.
Una arruga de quince años.
Dieciséis, y una marca en la piel
Diecisiete para pasar un año.
Con dieciocho oficialmente adulta – fea palabra cuando a veces queremos volver al regazo de mamá.
Diecinueve, y la prueba del nueve.
El tiempo dividido y repasado, seguro que funciona bien.
Solitaria la labor de cubrirse con la piel de otros, sacar la empatía a pasear y regalarnos con palabras, ideas, locos amores o ternezas para los corazones dolidos.
Inmenso.
Es compartir, es ayudar a sentirnos mejor.
Soñar para ser felices.
*
Los trabajos del juglar devienen hercúleos esfuerzos de aprendizaje
y no son ponderados con el suficiente apoyo,
tan necesario para el propio yo,
y sus ganas de afecto imprescindible para seguir los pasos elegidos.
Olvidada de los dioses, ignorada por los mortales encerrados en sus ensimismamientos cotidianos.
*
Es tan difícil perseverar y el deseo de cantar amor a los vientos de las ciudades grises,
o en los campos donde antaño saltaban como gamos nuestros ancestros,
y esa necesidad de contar historias,
de hacer reír,
de hacer llorar,
de enamorarlos con sorbos de palabras, de gestos,
con la sutil insinuación de un guiño al corazón,
con el exabrupto brutal removiendo las conciencias
distraídas en su cotidiana pereza.


Has de saber que te queremos y que por el rabillo del ojo te espiamos
Por algo tan simple como que nos haces felices
Sí nos ves distraídos no es otro el motivo que una timidez,
ese pudor alrededor nuestro,
la circunspección propia de la edad provecta o la mera abundancia de arrugas.
Eres la alegría.
Eres tú.



Suscriptores  por orden alfabético.

La Santa y el Inverosímil.

* 

11 de marzo de 2011

El Azadón

Con el certero golpe de azadón en la tierra se va destripando terrones. El propio movimiento genera, en sí mismo, insólitas durezas en palmas y dedos, a la sazón, algunos las conocen como callos.
Endurecimiento de las manos que “laburan”,  incluso entre los dedos despunta un principio de “bóchiga”.
Como lo expresaría, a fin de cuentas es un aviso, una forma de comunicación de tu cuerpo con tu mismidad o yo interno. Es forma sutil de expresión: “Te estoy avisando, o paras, o esto te va a doler”.
En insoslayables momentos recurres al botiquín doméstico: esparadrapo, tiritas y la sacrosanta aspirina. El escozor no te permite disimular con un aquí no ha pasado nada. Tamaña rozadura requiere una atención inmediata, imprescindible, cuidadosa, un saneamiento de la zona afectada, pulcramente, eficazmente.
Es el momento de preparar un remedio casero. Partes una aspirina en cuatro trozos, un pedazo lo pegas a la piel sensible,  para sujetarlo utilizas el esparadrapo, que enganchado al dedo se extiende en grácil giro por toda la mano en un par de vueltas, afianzándolo para evitar su caída.  Un vendaje semiprofesional. Además, cualquiera que te vea de esa guisa, no osará pedirte que le prestes una mano, pues entiende  que estás malito. ¡Heroico!.
Los otros tercios, a saber, los ingieres sin remordimiento, por mor de aprovechar el acetil, y porque tiene fama de calmar molestias, todas las molestias.
Orgulloso, te explicas a quién quiera oír el lance. Repites hasta la saciedad lo ocurrido.  Lo narras con todo lujo de detalles, el movimiento, el roce del mango en tus manos, como levantas el utensilio por encima de tu cabeza para dejarlo caer sobre la tierra, el acero hendiendo el suelo de la parcela, el rebote cuando topas con una piedra... Minuciosa narración para el nacimiento de una vejiga, la dureza formándose, y el callo por salir. 

Lo rematas con una descripción del sudor perlando la frente,  insinuando en plan conocida marca de refrescos.
Tienes que tener cuidado a quién se lo explicas. En el pueblo las risas son carcajadas, y tampoco es cuestión de menoscabarse. En la oficina eres un Titán, un Hércules, el Protagonista, y se lamentan contigo. Incluso se ofrecen a echarte una mano en el manejo del teclado, o en el cansino trasiego de papeles entre las mesas de la oficina. Se detecta un puntito de envidia hasta en los jefes. Y me pavoneo como venido de una batalla, y muestro la herida, y el pecho más amplio que de costumbre, y la cabeza estirada a punto de desbocarse del cuello, la espalda recta, el porte gallardo, y una mirada displicente sobre los demás mortales.
Ante la expectación surgida estoy tanteando la posibilidad de crear una comisión especial, encargada de formar a un grupo de acción, con el objetivo de efectuar una intervención. Un selecto grupo de compañeros. Podrían entrenar en las labores propias de jardinería. El gran entusiasmo desatado ante la mera posibilidad teórica me obliga a la realización de un protocolo de actuación imprescindible.
Inciso.
Debo frenarlos, primero debo hacer acopio de material. Las azadas o cavaderas, junto con escardaderas o almocafres, y demás elementos para acometer la tarea, con el  vigor y la firmeza requeridas. Aparte de considerar un conveniente escalonamiento de las visitas, con el objetivo puesto en la consecución de un jardín de aspecto y textura acorde al lugar, que no sea un mero revoltijo de tierras y piedras sin orden ni concierto.

Puedo parecer un poco pusilánime, al final me he comprado unos guantes de jardín, en la ferretería del  rey-mago.

23 de febrero de 2011

COLECCIÓN OSCURA Nº -

Los pasos y el miedo

Amplias caderas y  paso firme. Deambular por los enlosados suelos de la ciudad.
Los tacones golpean el suelo decididamente.
Es una advertencia: “No tengo miedo. Aquí estoy yo”
La falda un poco ajustada, esto ... , en realidad muy ajustada. Una concesión a la moda y a las exigencias de la oficina. Buena presencia, nivelazo. Autoafirmación de su propia importancia: “Los clientes confiarán en nosotros por nuestro aspecto formal y trabajador. Hay que mover muchos papeles. Hay que descolgar mucho el teléfono. Si suena, mejor que mejor”.
Una larga y dura jornada, muchas reuniones, muchos clientes: “Encima hoy con el coche en el taller”.
Una huelga ilegal de taxistas: “Hay que regularlo, no se puede estar a expensas de un grupo de vándalos”.
Una estación de metro: “Como si no fuera bastante el tener que utilizarlo”. La deja a más de seis minutos de su casa.
“A estas horas no se ve nadie en la calle”.
Los bloques de edificios se continúan, grises unos, otros llenos de colorines, vacíos y solitarios. Las casas, los pisos del nuevo barrio, con piscina comunitaria y spa. Nada que ver con el bullicio del centro donde siempre hay gente en los bares, donde hay  pubs, alguna cafetería, una tienda y otro bar.
Los propios pasos golpeando la acera producen un poco de miedo. Por eso a veces se para, por sí no fueran los suyos
“Que extraño, no hay ningún perro paseando a su dueño”.
No- tacha eso- No hay ningún amo paseando a su perro, bolsa en mano, correa extensible y tiritando, pues hace frío.
Hay sombras, de las huidizas. Las umbrías formas de las ramas de la flora de los jardincillos que bordean las casas. Una ligera corriente de aire mueve las hojas reflejando en las paredes garras, fauces, el Nosferatu, las pesadillas.
Hace rato que no ha pasado ningún coche: “¿Quién dice que Madrid no duerme?”. Más que dormida parece una ciudad desolada.
Los tacones golpean el suelo, con acelerado ritmo, cada vez más nervioso. Da miedo el propio repiqueteo del tacón sobre el cemento. Se atrevería a pararse, saber si sólo son sus pasos. Se giraría sobre los altos tacones, mirar de frente la silenciosa noche, a esas horas en las que la luz alumbra menos.
Una sombra le produce un vuelco en el corazón, sólo es un volandero trozo de papel, que esa mañana fue periódico.
No hay nadie. No se ve a nadie. Pocas luces en las fachadas. En las ventanas más altas parece notarse un ligero vaivén en las cortinas, fruto de una ilusión óptica, más que de una certeza.
Se la oye caminar de puntillas, a pequeños saltitos. Quiere salir corriendo y su traje no la deja.  No se atreve.
Hay algo ominoso en el tiempo que la rodea.
No hay nadie en la calle, las casas parecen sin vida. Noto su miedo.
El miedo tiene olor.
El corazón acelerado pugna por salir del pecho y huir.
¡Tanto silencio!.
Seguiré su olor. La dejaré partir. Correr incluso a su refugio.
Y me alojaré en mi rincón, a esperar tranquilo. Siempre me reclaman: ante un ruido, una sombra, una noticia.

Adictos al miedo


7 de febrero de 2011

Semáforo

Un hombre pide limosna en un semáforo. Se balancea sobriamente sobre muletas de aluminio. Es la tarde noche de una ciudad construida en ladrillo y asfalto.
Colgado de sus dos muletas. Se balancea sobre una pierna, la otra claramente se ve cercenada por encima de la rodilla. Hay un ligero temblor en sus ademanes. Piensas que es frío, piensas que es el mono.
Se acerca a los coches con un vasito de plástico, en cuyo fondo, dos monedas aisladas esperan a otras que les hagan compañía.
La pierna perdida acaba en un muñón vendado, marcado por el tono marrón de su propia sangre. Manchas de color de una herida todavía sin cicatrizar.
Se abre el semáforo. Al cruzar la calle se cruzan las gentes procurando no mirarle, y con ello no verle. Es posible que si no le miras no se acerque.
Acechando a los vehículos. Ese hombre pide limosna moviéndose con sus muletas. Sólo una pierna entera, la otra ausente por encima de la rodilla. Le eres indiferente, sólo se acerca a los vehículos parados, agitando por la ventanilla su vaso con dos monedas.
Sobre un muñón vendado y sucio, con restos de manchas de una herida que sigue supurando sangre y pus. Al lado un semáforo en la gran avenida de las afueras de la ciudad.
El invierno que nos visita corre por la calle, cortando caras con el frío filo del sable invernal.
La avenida de la gente escondida. Algunos la caminan, por necesidad, por algún deber inexcusable, al encuentro de una cita.
El trasiego constante de coches nos hace reconocer la ciudad. Es el tráfico.
La escasa luz anuncia la noche. A lo lejos unos jóvenes bailan la danza del frío.
En este semáforo, entre un rojo y otro, espera de pie, sostenido por sus muletas. Las manchas de su vendaje son cada vez más evidentes. Los peatones siguen su camino sin mirar atrás, con el paso más vivo, producto del frío y de la cobardía. Ese lisiado da miedo, aterra a todos los que no queremos verle.
Abandona su guardia cuando los coches se paran ante su semáforo en rojo. Siempre vuelve a su puesto, de centinela: Ida y vuelta, desde el rojo al verde, y vuelta a empezar. 
Agita su vaso de limosnas en la ventanilla de todos los coches.

Un viandante cruza rápido camino de un funeral.

24 de enero de 2011

El Incidente

De pequeño, apenas un niño de seis o siete años, iba a la escuela para descifrar los primeros signos, las letras. Una etapa aburrida, esa de adquirir conocimientos.
Vivía en un piso abuhardillado. Un espacio que mis padres tras ímprobos esfuerzos habían adquirido. Primero comprar y luego adecentar con paredes y solados, con estucos en el techo que rozaban las tejas y se pegaban a las vigas de madera. Teníamos como todo lujo una bañera que yo no utilicé hasta época tardía.
A mí me bañaban en el fregadero los domingos.
Me metían en la pila que a un lado disponía de acanaladuras donde restregar la ropa, y allí, jabón  lagarto en ristre, me restregaban a mí, sacando la mugre acumulada durante la semana. Esta labor era realizada por alguna de mis madres indistintamente, mi madre o mi madrina. No teníamos agua caliente y calentábamos la necesaria sobre el fogón de la cocina. Una cocina de hierro forjado alimentada por carbón o astillas de madera, según dispusiésemos de un material u otro.
El siguiente paso era ponerse la ropa limpia. Tarea que hacían ellas mientras me secaban cuerpo y cabeza, frotando bien, hasta quedar bien seco, no fuera a coger frío.
Listo y preparado con la ropa de domingo aparecía mi padre y de su mano salíamos para oír misa, y después un paseo cuando el día era soleado.
Una vez de ésas que son desafortunadas, quedó mi padre en el bar tomando un chato, y para distraerme pedí permiso para cruzar la calle y jugar con otros críos que conocía.
Un chaval disponía de un ingenioso artilugio en forma de arco no mayor que la mano de un adulto, y que en su centro tenía habilitado un hueco por donde pasaba un punzón, cómo una flecha sin alas. En su extremo una punta que se podía hincar en la madera de alguna diana improvisada.
Me acuerdo de cruzar las manos delante de mi cara y decir: No tires. Así me creí protegido. Ocurrió entonces el incidente, el chaval disparó su arco con la intención de que pasara volando por encima de mis manos y de mi cabeza. Pero la tecnología no era todavía una característica de los tiempos, y el dardo, superadas por encima las defensas de mis manos, cayó, directamente sobre mi ojo derecho, golpeando mi párpado, y aunque no traspasó la piel hasta la pupila, impactó en ella originando lo que luego conocí que se llamaba una catarata traumática que al poco negaría la visión al ojo derecho.
Me quedé tuerto, con mi globo ocular y sus aditamentos, pero sin vista.
El diagnóstico ocurrió meses después, en una consulta médica a la que asistimos unos centenares de niños, y en la que unos señores con bata blanca miraban los ojos  a los chicos por turno.
Me llevaba mi madre de la mano y estuvimos esperando en  fila a que nos tocase el turno. Éramos muchos esperando poder pasar ante el tribunal de los ojos, desfilábamos ante los galenos un montón de críos con sus madres.
Llegó mi turno y a simple vista el docto individuo no vio nada, pero como mi madre le insistía que su niño no veía bien de ese ojo, fue entonces que decidió mandarme hasta otra mesa de la gran sala, donde me echaron unas gotas, y tras esperar pasar a un despacho donde otro individuo. Éste con pinta de médico insigne, diagnosticó una catarata traumática y por consiguiente la perdida de visión del ojo derecho. Para siempre.
Y hala, para casa.
Tengo la vaga noción de un consejo de familia en el que yo era el tema. Mi ojo derecho en concreto. Se tomó la decisión de ir a la consulta de un médico privado, pues éstos merecen más confianza. Creo que este es un axioma universal: médico con consulta propia es buenísimo; y no te digo sí tiene una clínica, los otros, son más médicos en zapatillas.
Mis padres hicieron un gran esfuerzo económico, además de conseguir, de fuentes de toda confianza, la dirección de un gran oftalmólogo. Obtuvimos una cita para su consulta.
Nos dijo lo mismo.
Y desde los siete años solo puedo ver con mi ojo izquierdo.
El otro día me dio por  pensar que eso decantó mi pensamiento, pues a partir de entonces, tuve una visión de izquierdas.

16 de enero de 2011

Diario de un Taliban 4

LAS CAPAS DE UNA CEBOLLA


Desde muy pequeño he odiado la cebolla, su textura en los labios, suave y al mismo tiempo firme, impelía en mí la necesidad de arrojar.
         Había algo peor y era sentirlo en el paladar o cercano a la garganta, un trozo de cebolla en cualquiera de sus formas preparadas, sea cocida, sea frita, sea en crudo, entonces lo inevitable. La arcada imprevista que revolvía todo mi cuerpo en una nausea prolongada, intensa, espasmódica, lacerante a mis entrañas. La nausea superior, la supernáusea, la que dejaba a Sartre como un filósofo pusilánime sin sustancia.
          
         La enfermedad y los años trajo consigo la kafkiana transformación. El aprecio, el gusto por este producto de la tierra con el que se aderezan tantos platos.
         Y mi intelecto se pregunta: ¿Porqué me gusta ahora tanto la cebolla?
         -¡Con lo que yo la he odiado!.

         Insértese el poema de Miguel.


//*//*//*//*//*//*//


         Mafalda perdóname, siento que te he traicionado.
         Aunque tus problemas eran con la sopa.
         ¿Mafalda, ahora de mayor, te gusta la sopa?.

20 de diciembre de 2010

El Ascensor

Los Encuentros.



Sin querer puedes encontrarte cosas. Es frecuente toparse en el metro con un periódico más o menos arrugado, listo para ser reutilizado, releído por ti, mismamente.
Algunas veces te encuentras con caras conocidas, la de un famoso de esos que se planchan la cara y salen tanto en los medios, y al que dudas de pedir un autógrafo pero que, inevitablemente, verá como compartes codazos y cuchicheos con tu compañera ante su impasible mirada.
En la vida te puedes cruzar con situaciones que superan tu capacidad.
Ayer me encontré un muerto en el ascensor.

¡Y como!

Nos encontrábamos en el rellano contiguo a mi piso esperando al ascensor. Unos golpes, y otros ruidos inidentificables, provenientes del hueco del ascensor, hacen expresar a mi pareja su extrañeza con un comentario baladí.
“Parece que estén matando al ascensor”.

Algunos ruidos después. Apenas unos segundos de espera ... Lentamente se descorre la puerta del ascensor, que viene con pasajeros.
Dos individuos de traje azul con el logotipo de su empresa sostienen verticalmente, en una camilla, un muerto en su bolsa. Bolsa blanca, con la  cremallera corrida, una pequeña bolsa.
De frente un tipo flaco, y ya mayor, sujeta con una mano la camilla. Es una precaución para que no se venza. Tiene pinta de ser del tipo silencioso.
De espaldas, la muralla azul de un tipo entrado en carnes, éste, el más grande, entre sudores y jadeos, se vuelve y nos dice:
“Disculpen, hemos apretado todos los botones”
Sin movernos un milímetro acertamos a emitir un balbuceánte:
“No se preocupen” .
Mientras, deseamos que la puerta se cierre de una maldita vez. Por un lado, agradecidos de que no nos invitaran a compartir viaje. Apretándose, cabía uno más.

En ese momento nos miramos y sin mediar palabra nos dirigimos a la escalera.
Llámalo telepatía.
Mientras bajábamos un tanto alucinados, podíamos oír como efectivamente el ascensor se paraba en todas las plantas. Abrir y cerrar continuo de las puertas del ascensor, lo que nos permitió llegar al portal antes que el finado.
De ruido de fondo, se oía el abrir y cerrar de puertas.

Alcanzada la relativa seguridad de la calle, caigo en la cuenta: “se me han olvidado las entradas”. Tengo que volver.

Instantes de quebranto por ser un hombre, hay que disimular la natural aprehensión y dirigirse gallardamente de vuelta a casa, (y todo por culpa de esta memoria mía).

Al abrir el portal, contemplo como es izada la camilla sobre sus patas extensibles. Me quedo sosteniendo la puerta; mientras, por mi lado pasan con el fallecido. Me dan las gracias por sujetar la puerta.
- “De nada”
A cierta distancia veo a mi señora que, en un estado de estupefacción similar al mío, contempla la escena.
No me queda más remedio que reaccionar, así que subo a casa.
Por las escaleras del metro, circunspectos, consideramos la posibilidad,  o mejor aún, la conveniencia de recuperar las viejas costumbres de la era pretecnológica, y usar a partir de ahora las escaleras.
Un poco de ejercicio es saludable.


Hoy he cogido el ascensor cuando bajaba a por pan. Afortunadamente, puedo afirmar sin ningún genero de dudas que la situación no se ha repetido y que el ascensor no se ha visto afectado por el suceso. No le han dejado marcas distintivas, ni olores, es más, parece que no ha pasado nada.


No sabemos a quién visitó la parca un sábado por la tarde, cuando de improviso pasó por nuestro vecindario.
No sabemos su nombre.
Ignoramos quién fue.
No hubo, no hay esquela, sólo la triste constatación de una vida sin huella y el triste desinterés por saber quién vive a nuestro lado.

Un cadáver sin nombre. Un vecino sin nombre.

El mismo día que murió Berlanga.

15 de diciembre de 2010

En los Otoños

Ayer descubrí por un claro en el cielo abierto,
un haz de luz bañando los árboles en otoño.

De bronce los árboles.
De bronce la tierra.

Danza la luz entre las hojas caducas,
del rojo al amarillo por el suelo tapizado
amarillo y rojo de los árboles en el jardín.

Ayer descubrí un haz de luz jugando con sus cabellos.
Ayer me descubrí celoso. Celoso del sol y de la luz.


*//*//*//*//*//*//*//*


Veo las hojas verdes amarilleando.
Se ven las hojas amarillas volverse pardas.
Veo las hojas pardas descender al suelo.
Se ve el otoño.

Las hojas pardas cubren el suelo.
Los árboles devuelven lo que de la tierra sacan.
Los árboles desean a la primavera.  

1 de diciembre de 2010

Bruma

Todos los días nos visita la Luz, alguna vez viene sola, otras le acompaña el Sol.
         Muy de mañana, en esos momentos en el que a los párpados les cuesta abrirse y desean volver a juntarse. Se puede ver a través de la ventana las peleas de los jinetes de la bruma con los guerreros del Sol.
         Los jinetes de la bruma y la caballería nube aliados en otoño para tapar el valle y que no pase nadie.
Los incruentos combates de las mañanas por las montañas de mi infancia.
Desde lo mas alto, vemos bajar veloces los guerreros bruma cubriendo los árboles con su niebla; la infantería brota del suelo y quiere alcanzar las nubes. Quiere ser nube. Las nubes cubren los grandes espacios en un momento.
Y la luz a pie firme esperando al sol.
Y llegan los guerreros del Sol con sus largos rayos, separando la bruma, evaporando las nubes, oleada tras oleada de rayos infrarrojos, ultravioletas, también los ultranaranja y los infraverde. mantienen su dominio todo el día, a veces las nubes poderosas contraatacan y apenas nos dejan una tenue luz.
Pero el Sol y la Luz después de tantas fatigas necesitan descansar para reponer fuerzas y volver impetuosas a pelear la mañana.
Es la hora de encender la luz en casa, es más pequeña y no puede salir fuera.
Así aguantamos un rato hasta que el cansancio nos recoge en sus brazos y nos lleva a la cama, cuando los párpados cruzan sus pestañas enlazándose.
Es la hora de los sueños y me gusta. Esta noche voy a ser capitán de los guerreros Sol y me aseguraré que haga un buen día.

*//*//*//*//*

NOTA: Antes de salir el Sol, éste nos manda la brigada de la Luz y sus exploradores, para informar si todo está despejado o hay que presentar batalla a las nubes, a las brumas, a las nieblas.
Despejan el terreno y cuando majestuoso el hermano Sol aparece, con los guerreros sol, con los rayos de Luz.
Nos cubren mantos de esperanza. 

23 de noviembre de 2010

Colección oscura nº -

Sin lamentos

“No lamento tener que decírtelo, hueles mal.

No lamento el decirte lo aparatoso de tus olores corporales.
Me llegan desde el hueco de la escalera los efluvios de tus sudores más agrios y repugnantes.

Es increíble el olor despedido de las BLANCAS FLORES marchitas  AL INCIDIR  sobre ellas los primeros rayos del sol naciente.
Los haces de luz de la incipiente mañana; es un albor cotidiano y ya no lo miras por hastío.”




He conseguido una artesa de cemento fresco listo para usar entre las rocas del monte.
En un hueco vierto el cemento y acto seguido introduzco mis pies, los dos, y espero que se seque.
Dos horas después ha fraguado el cemento y soy incapaz de cualquier movimiento.
Esperaré aquí a la parca cuando llegue mi hora por inanición.

Un día después me doy cuenta de lo asqueroso de todo. Mis heces y mis orines descubren que mi desesperación no va a ser limpia, va a ser sucia y greñosa.
Abandonará mi cuerpo su último aliento vital, dejando un cuerpo sucio, dejando un cadáver triste y ajado.
Sólo cuando mi cuerpo se pudra adquirirá una equiparación con mi aspecto interior.
Me preocupa que me encuentren antes de pudrirme y que mi aspecto no sea elegante.

Es palpable mi equivocación, los muchos insectos que por aquí pululan serían del agrado de un entomólogo, no de un suicida estulto.
La falta de agua puede ser el motivo de estos mareos.
Tengo tanta hambre que he llegado a probar algo que pasaba cerca  de mi mano, no quieras saber qué.
Lo peor está siendo el aburrimiento.
Tres días, hambre, sed, desolación.

Se me ha olvidado el motivo por el que quiero morir.
He dejado de tener hambre y me paso el día somnoliento.

En este bosque no hay depredadores lo suficientemente grandes para aprovechar mis carnes expuestas, e hincarme el diente.
Estoy aguantado demasiado y me angustio, sobre el papel parecía todo más limpio.
Solo faltaría que viniese una vaca y me echase una bulla encima.
Bueno si se acerca tanto tal vez podría ...
Reconozco que no me serviría de nada, la leche sólo la sé ordeñar en botella.
He perdido la cuenta de los días que llevo varado en mitad del bosque.

Las muertes literarias son mucho mas elegantes qué las reales. Y lo peor, según pasa el tiempo, me doy cuenta de mi vulgaridad.
La muerte nos es común a todos, a todos les pasa, es un acto cotidiano. Les pasa a los poderosos y nos pasa a la chusma.
Mi legado será entonces una memez insulsa, no he conseguido ningún evento estético original. Voy a quedar como un imbecil de las narices, como un tonto redomao.
Ahora que presiento mis instantes postreros, me apercibo de lo desacertado de mi elección.
Sí quieres ser original, vive.
Vive eternamente; de momento, nadie lo ha conseguido.

Morirse sí.

16 de noviembre de 2010

DIARIO DE UN TALIBAN 3.

(Estudios Mafaldiosos)
Escribir poemas es una actividad inútil, además no es apto para asistir a los concursos de la tele, tan divertidos ellos.
Operación T. Gran H. Mira Q. B., y tantos otros, urbanos o selváticos.
No doy el tipo. Estoy fuera de onda. No tengo un mínimo de guapeza, no soy descarado, no me gusta levantar la voz.
Algunas de las canciones que me gusta oír son de gente, como te diría ... No convencional.
V.P. no es guapa.       
M.S, no es fotogénica.
C.E. no es agraciada.
N. S no es nada atractiva.
C. V, se ve que tuvo mejores momentos.
Y en un arranque de mal genio, me apetece ser Fea.
Dedicado a esa gente extraña que me hace feliz.
Violeta Parra. Mercedes Sosa. Cesaria Evora. Nina Simone. Alfonsina Storni. Chavela Vargas. Gabriela Mistral.
A Lorca y Hernández. A Góngora y a Quevedo. A Luis Rosales y Angel González.
Dedicado a esa gente que a veces apaga la tele por leer un poema.
Dedicado a tí, por que me estas leyendo.

9 de noviembre de 2010

Celestino nº7

Y - TU


Las calles que transito, los ojos que miro
En ese pelo alborotado, en sus manos aladas
en el cansancio que te produce vivir por mí.

Y no bastaba el paso de sus labios.

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No voy a decirte como tienes que vestirte. Pero sí, te lo voy a decir.
No voy a imponer mi criterio. Pero sí, lo voy a imponer.

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Pero eres tonto. No te das cuenta, tus opiniones rozan mi intelecto como las ortigas, produciendo un autentico rechazo y la necesaria indiferencia para mirarte a los ojos con mi desdén mas elaborado.

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La clase de piano se vio abruptamente interrumpida por la necesidad de tocar sus pechos.
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La comisura de sus labios expelía una babilla propia de la vejez y la demencia senil.
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         Porqué me miras.
         Fácil.
         Estoy interesado, muy interesado y eso que hace veinticinco años que te conozco.
********
        
Entran en el metro los amores del día. Todos los días son buenos para ilusionarnos. Una bella figura, una cara bonita, hacen un día soleado.

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Lo que me gusta en los sueños, No es de mi agrado llevarlo a cabo, llegar a la meta es insulso, construir el camino es lo ameno.
El velo de la noche se difumina, cae, levanta el día.

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Las gacelas.
Inquietas, nerviosas elegantes. Gacelas corriendo, saltando libres por la sabana de sus quince años.
El inmenso mundo es una aldea donde todo queda a mano.
Vencedor. La triste vida.

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Espero que el murmullo no me sea indiferente, que la larga noche no me espante y el día termine sin haber hecho lo suficiente.
El largo día termine sin haber hecho lo suficiente, espero que la larga noche no me espante, deseo que el murmullo no me sea indiferente.
Todos los días pasan por Antonio Machado, construyo mis líneas en la ciudad de los poetas.
         Voy a querer un suplemento de cariño.