6 de abril de 2011

Aceite

Unos años después de la posguerra. Tampoco tantos. Pasamos de un chusco de pan, distraído de cualquier sitio, a la adquisición de una o dos barras de pan en los establecimientos al uso. Dicha barra era conocida con el cariñoso apelativo de pistola y cubría nuestras necesidades. Recuerdo que siempre que me tocaba comprar el pan, pedía una barra de pan, jamás una pistola, lo que en el fondo puede insinuar la naturaleza de mi personalidad o yoismo.
Pregunta: ¿De donde viene el nombre de pistola? ¡Eh!
Mi constitución física escasa, tirando a enclenque, era motivo de preocupación familiar. Y no sé si vía tradición de raigambre popular, o por visita efectuada al médico de cabecera,  se decidió tomar cartas en el asunto.
El caso es que vi un día a mi madre con una botella de cristal que tenía dibujado un pez en su etiqueta, y curiosamente no me sentí atraído por la novedad, lo que me lleva a razonar que en mi infancia disponía de un sexto sentido muy desarrollado.
“La botella de aceite de hígado de bacalao”.
Pregunta: ¿De donde viene el nombre de médico de cabecera? ¡Eh!
Ríete tú de los sesudos dilemas existenciales.
Mi madre, conocida por su predisposición a los planteamientos eficaces, y sin alharacas que distrajeran del motivo principal, esbozó diáfanamente el problema, trazando las soluciones más acordes a la proposición.
Primera opción:
-Tomarás una cucharada al día, para revitalizarte, que estás muy escuchimizado y no querrás ser un alfeñique toda la vida.
-Para ser tan fuerte como tu Padre.
-Para crecer grande y fuerte.
-Porque estás muy débil y podrías pillar alguna enfermedad.
Tampoco creas que se extendió mucho más.
Segunda opción:
-O te lo tomas, o te pongo la cara del revés.
Siempre he sido, desde mi más tierna infancia, proclive al buen razonamiento y a una bella exposición (sobre todo si va acompañado de una gestualidad acorde al paradigma que se quiere transmitir).
Escaso en años, pero no en inteligencia, sea esta normal o la ahora conocida como emocional, decidí optar por la primera opción.
La segunda no me parecía de recibo. Y es que una mirada me bastaba para captar las intenciones de mi madre. Y yo no soy de los que gustan recibir. Y yo con mi madre, era capaz de comunicar casi sin palabras.
Todos los días un mal trago. Hasta acabar existencias.
Intentaba taparme la nariz para tragar aquello, y deglutirlo presto en un intento de no dejar rastros en el paladar. Empeño inútil.
Parece ser que surtió efecto, el aceite, y se veía a mi madre más relajada. Me lo tomo a broma, pero debía ser muy escaso en envoltura, y el color de la tez no cumplía con los presupuestos asociados a lo saludable.
Nunca sabré si el aporte vitamínico y reconstituyente del aceite ese hizo su efecto o, por el contrario, empecé a comer con ansia por no seguir tragando cucharadas de aceite. No entraré en el debate de si fue un efecto orgánico o fruto de la urgente necesidad de obviar la cuchara de marras y su contenido. El caso es, que al poco fui cogiendo una presencia más acorde con la constitución familiar. Fenotipo amplio de tipo extenso. Porque en nuestra familia siempre hemos sido de huesos anchos, y ¡hete aquí! que con poco que rellenes la osamenta adquieres un aspecto considerable, expandido,  a la par que fuerte y recio, como más lucido.
Empero...
El tiempo, los años, y las recomendaciones médicas, me llevaron a recorrer el camino inverso.
El continuo devenir de la vida.



27 de marzo de 2011

PARA RAQUEL


Gacelas en la sabana flotan sobre los pastos.

Gráciles.
Esbeltas.
Elegantes.
Puedes presumir.

R

Los pasos sobre el cemento de la ciudad

impregnan un aliento cotidiano en el plástico de sus zapatos en eterna pelea con el cuero vivo de la piel.
Persisten los aromas que arrostran los aires ponzoñosos
transmutados en fragancias selváticas.
*
Las nubes grises que a veces cubren los cielos por melancolía
intentan siempre ahuecar el cielo y dejar pasar fotones de colores,
y bañar con su luz el tiempo que te toca vivir.
*
Los Auto-predadores ralentizan sus marchas acompasados,
y envidiosos los habitantes de sus entrañas a veces te tocan el claxon.
*
Entre las nubes de smog
y tanto asfalto florecen las palabras con las que nos sorprendes.
Las ingenuas preguntas,
las brillantes expresiones con las que hemos visto como vestías lo cotidiano.
Una arruga de quince años.
Dieciséis, y una marca en la piel
Diecisiete para pasar un año.
Con dieciocho oficialmente adulta – fea palabra cuando a veces queremos volver al regazo de mamá.
Diecinueve, y la prueba del nueve.
El tiempo dividido y repasado, seguro que funciona bien.
Solitaria la labor de cubrirse con la piel de otros, sacar la empatía a pasear y regalarnos con palabras, ideas, locos amores o ternezas para los corazones dolidos.
Inmenso.
Es compartir, es ayudar a sentirnos mejor.
Soñar para ser felices.
*
Los trabajos del juglar devienen hercúleos esfuerzos de aprendizaje
y no son ponderados con el suficiente apoyo,
tan necesario para el propio yo,
y sus ganas de afecto imprescindible para seguir los pasos elegidos.
Olvidada de los dioses, ignorada por los mortales encerrados en sus ensimismamientos cotidianos.
*
Es tan difícil perseverar y el deseo de cantar amor a los vientos de las ciudades grises,
o en los campos donde antaño saltaban como gamos nuestros ancestros,
y esa necesidad de contar historias,
de hacer reír,
de hacer llorar,
de enamorarlos con sorbos de palabras, de gestos,
con la sutil insinuación de un guiño al corazón,
con el exabrupto brutal removiendo las conciencias
distraídas en su cotidiana pereza.


Has de saber que te queremos y que por el rabillo del ojo te espiamos
Por algo tan simple como que nos haces felices
Sí nos ves distraídos no es otro el motivo que una timidez,
ese pudor alrededor nuestro,
la circunspección propia de la edad provecta o la mera abundancia de arrugas.
Eres la alegría.
Eres tú.



Suscriptores  por orden alfabético.

La Santa y el Inverosímil.

* 

11 de marzo de 2011

El Azadón

Con el certero golpe de azadón en la tierra se va destripando terrones. El propio movimiento genera, en sí mismo, insólitas durezas en palmas y dedos, a la sazón, algunos las conocen como callos.
Endurecimiento de las manos que “laburan”,  incluso entre los dedos despunta un principio de “bóchiga”.
Como lo expresaría, a fin de cuentas es un aviso, una forma de comunicación de tu cuerpo con tu mismidad o yo interno. Es forma sutil de expresión: “Te estoy avisando, o paras, o esto te va a doler”.
En insoslayables momentos recurres al botiquín doméstico: esparadrapo, tiritas y la sacrosanta aspirina. El escozor no te permite disimular con un aquí no ha pasado nada. Tamaña rozadura requiere una atención inmediata, imprescindible, cuidadosa, un saneamiento de la zona afectada, pulcramente, eficazmente.
Es el momento de preparar un remedio casero. Partes una aspirina en cuatro trozos, un pedazo lo pegas a la piel sensible,  para sujetarlo utilizas el esparadrapo, que enganchado al dedo se extiende en grácil giro por toda la mano en un par de vueltas, afianzándolo para evitar su caída.  Un vendaje semiprofesional. Además, cualquiera que te vea de esa guisa, no osará pedirte que le prestes una mano, pues entiende  que estás malito. ¡Heroico!.
Los otros tercios, a saber, los ingieres sin remordimiento, por mor de aprovechar el acetil, y porque tiene fama de calmar molestias, todas las molestias.
Orgulloso, te explicas a quién quiera oír el lance. Repites hasta la saciedad lo ocurrido.  Lo narras con todo lujo de detalles, el movimiento, el roce del mango en tus manos, como levantas el utensilio por encima de tu cabeza para dejarlo caer sobre la tierra, el acero hendiendo el suelo de la parcela, el rebote cuando topas con una piedra... Minuciosa narración para el nacimiento de una vejiga, la dureza formándose, y el callo por salir. 

Lo rematas con una descripción del sudor perlando la frente,  insinuando en plan conocida marca de refrescos.
Tienes que tener cuidado a quién se lo explicas. En el pueblo las risas son carcajadas, y tampoco es cuestión de menoscabarse. En la oficina eres un Titán, un Hércules, el Protagonista, y se lamentan contigo. Incluso se ofrecen a echarte una mano en el manejo del teclado, o en el cansino trasiego de papeles entre las mesas de la oficina. Se detecta un puntito de envidia hasta en los jefes. Y me pavoneo como venido de una batalla, y muestro la herida, y el pecho más amplio que de costumbre, y la cabeza estirada a punto de desbocarse del cuello, la espalda recta, el porte gallardo, y una mirada displicente sobre los demás mortales.
Ante la expectación surgida estoy tanteando la posibilidad de crear una comisión especial, encargada de formar a un grupo de acción, con el objetivo de efectuar una intervención. Un selecto grupo de compañeros. Podrían entrenar en las labores propias de jardinería. El gran entusiasmo desatado ante la mera posibilidad teórica me obliga a la realización de un protocolo de actuación imprescindible.
Inciso.
Debo frenarlos, primero debo hacer acopio de material. Las azadas o cavaderas, junto con escardaderas o almocafres, y demás elementos para acometer la tarea, con el  vigor y la firmeza requeridas. Aparte de considerar un conveniente escalonamiento de las visitas, con el objetivo puesto en la consecución de un jardín de aspecto y textura acorde al lugar, que no sea un mero revoltijo de tierras y piedras sin orden ni concierto.

Puedo parecer un poco pusilánime, al final me he comprado unos guantes de jardín, en la ferretería del  rey-mago.

23 de febrero de 2011

COLECCIÓN OSCURA Nº -

Los pasos y el miedo

Amplias caderas y  paso firme. Deambular por los enlosados suelos de la ciudad.
Los tacones golpean el suelo decididamente.
Es una advertencia: “No tengo miedo. Aquí estoy yo”
La falda un poco ajustada, esto ... , en realidad muy ajustada. Una concesión a la moda y a las exigencias de la oficina. Buena presencia, nivelazo. Autoafirmación de su propia importancia: “Los clientes confiarán en nosotros por nuestro aspecto formal y trabajador. Hay que mover muchos papeles. Hay que descolgar mucho el teléfono. Si suena, mejor que mejor”.
Una larga y dura jornada, muchas reuniones, muchos clientes: “Encima hoy con el coche en el taller”.
Una huelga ilegal de taxistas: “Hay que regularlo, no se puede estar a expensas de un grupo de vándalos”.
Una estación de metro: “Como si no fuera bastante el tener que utilizarlo”. La deja a más de seis minutos de su casa.
“A estas horas no se ve nadie en la calle”.
Los bloques de edificios se continúan, grises unos, otros llenos de colorines, vacíos y solitarios. Las casas, los pisos del nuevo barrio, con piscina comunitaria y spa. Nada que ver con el bullicio del centro donde siempre hay gente en los bares, donde hay  pubs, alguna cafetería, una tienda y otro bar.
Los propios pasos golpeando la acera producen un poco de miedo. Por eso a veces se para, por sí no fueran los suyos
“Que extraño, no hay ningún perro paseando a su dueño”.
No- tacha eso- No hay ningún amo paseando a su perro, bolsa en mano, correa extensible y tiritando, pues hace frío.
Hay sombras, de las huidizas. Las umbrías formas de las ramas de la flora de los jardincillos que bordean las casas. Una ligera corriente de aire mueve las hojas reflejando en las paredes garras, fauces, el Nosferatu, las pesadillas.
Hace rato que no ha pasado ningún coche: “¿Quién dice que Madrid no duerme?”. Más que dormida parece una ciudad desolada.
Los tacones golpean el suelo, con acelerado ritmo, cada vez más nervioso. Da miedo el propio repiqueteo del tacón sobre el cemento. Se atrevería a pararse, saber si sólo son sus pasos. Se giraría sobre los altos tacones, mirar de frente la silenciosa noche, a esas horas en las que la luz alumbra menos.
Una sombra le produce un vuelco en el corazón, sólo es un volandero trozo de papel, que esa mañana fue periódico.
No hay nadie. No se ve a nadie. Pocas luces en las fachadas. En las ventanas más altas parece notarse un ligero vaivén en las cortinas, fruto de una ilusión óptica, más que de una certeza.
Se la oye caminar de puntillas, a pequeños saltitos. Quiere salir corriendo y su traje no la deja.  No se atreve.
Hay algo ominoso en el tiempo que la rodea.
No hay nadie en la calle, las casas parecen sin vida. Noto su miedo.
El miedo tiene olor.
El corazón acelerado pugna por salir del pecho y huir.
¡Tanto silencio!.
Seguiré su olor. La dejaré partir. Correr incluso a su refugio.
Y me alojaré en mi rincón, a esperar tranquilo. Siempre me reclaman: ante un ruido, una sombra, una noticia.

Adictos al miedo


7 de febrero de 2011

Semáforo

Un hombre pide limosna en un semáforo. Se balancea sobriamente sobre muletas de aluminio. Es la tarde noche de una ciudad construida en ladrillo y asfalto.
Colgado de sus dos muletas. Se balancea sobre una pierna, la otra claramente se ve cercenada por encima de la rodilla. Hay un ligero temblor en sus ademanes. Piensas que es frío, piensas que es el mono.
Se acerca a los coches con un vasito de plástico, en cuyo fondo, dos monedas aisladas esperan a otras que les hagan compañía.
La pierna perdida acaba en un muñón vendado, marcado por el tono marrón de su propia sangre. Manchas de color de una herida todavía sin cicatrizar.
Se abre el semáforo. Al cruzar la calle se cruzan las gentes procurando no mirarle, y con ello no verle. Es posible que si no le miras no se acerque.
Acechando a los vehículos. Ese hombre pide limosna moviéndose con sus muletas. Sólo una pierna entera, la otra ausente por encima de la rodilla. Le eres indiferente, sólo se acerca a los vehículos parados, agitando por la ventanilla su vaso con dos monedas.
Sobre un muñón vendado y sucio, con restos de manchas de una herida que sigue supurando sangre y pus. Al lado un semáforo en la gran avenida de las afueras de la ciudad.
El invierno que nos visita corre por la calle, cortando caras con el frío filo del sable invernal.
La avenida de la gente escondida. Algunos la caminan, por necesidad, por algún deber inexcusable, al encuentro de una cita.
El trasiego constante de coches nos hace reconocer la ciudad. Es el tráfico.
La escasa luz anuncia la noche. A lo lejos unos jóvenes bailan la danza del frío.
En este semáforo, entre un rojo y otro, espera de pie, sostenido por sus muletas. Las manchas de su vendaje son cada vez más evidentes. Los peatones siguen su camino sin mirar atrás, con el paso más vivo, producto del frío y de la cobardía. Ese lisiado da miedo, aterra a todos los que no queremos verle.
Abandona su guardia cuando los coches se paran ante su semáforo en rojo. Siempre vuelve a su puesto, de centinela: Ida y vuelta, desde el rojo al verde, y vuelta a empezar. 
Agita su vaso de limosnas en la ventanilla de todos los coches.

Un viandante cruza rápido camino de un funeral.

24 de enero de 2011

El Incidente

De pequeño, apenas un niño de seis o siete años, iba a la escuela para descifrar los primeros signos, las letras. Una etapa aburrida, esa de adquirir conocimientos.
Vivía en un piso abuhardillado. Un espacio que mis padres tras ímprobos esfuerzos habían adquirido. Primero comprar y luego adecentar con paredes y solados, con estucos en el techo que rozaban las tejas y se pegaban a las vigas de madera. Teníamos como todo lujo una bañera que yo no utilicé hasta época tardía.
A mí me bañaban en el fregadero los domingos.
Me metían en la pila que a un lado disponía de acanaladuras donde restregar la ropa, y allí, jabón  lagarto en ristre, me restregaban a mí, sacando la mugre acumulada durante la semana. Esta labor era realizada por alguna de mis madres indistintamente, mi madre o mi madrina. No teníamos agua caliente y calentábamos la necesaria sobre el fogón de la cocina. Una cocina de hierro forjado alimentada por carbón o astillas de madera, según dispusiésemos de un material u otro.
El siguiente paso era ponerse la ropa limpia. Tarea que hacían ellas mientras me secaban cuerpo y cabeza, frotando bien, hasta quedar bien seco, no fuera a coger frío.
Listo y preparado con la ropa de domingo aparecía mi padre y de su mano salíamos para oír misa, y después un paseo cuando el día era soleado.
Una vez de ésas que son desafortunadas, quedó mi padre en el bar tomando un chato, y para distraerme pedí permiso para cruzar la calle y jugar con otros críos que conocía.
Un chaval disponía de un ingenioso artilugio en forma de arco no mayor que la mano de un adulto, y que en su centro tenía habilitado un hueco por donde pasaba un punzón, cómo una flecha sin alas. En su extremo una punta que se podía hincar en la madera de alguna diana improvisada.
Me acuerdo de cruzar las manos delante de mi cara y decir: No tires. Así me creí protegido. Ocurrió entonces el incidente, el chaval disparó su arco con la intención de que pasara volando por encima de mis manos y de mi cabeza. Pero la tecnología no era todavía una característica de los tiempos, y el dardo, superadas por encima las defensas de mis manos, cayó, directamente sobre mi ojo derecho, golpeando mi párpado, y aunque no traspasó la piel hasta la pupila, impactó en ella originando lo que luego conocí que se llamaba una catarata traumática que al poco negaría la visión al ojo derecho.
Me quedé tuerto, con mi globo ocular y sus aditamentos, pero sin vista.
El diagnóstico ocurrió meses después, en una consulta médica a la que asistimos unos centenares de niños, y en la que unos señores con bata blanca miraban los ojos  a los chicos por turno.
Me llevaba mi madre de la mano y estuvimos esperando en  fila a que nos tocase el turno. Éramos muchos esperando poder pasar ante el tribunal de los ojos, desfilábamos ante los galenos un montón de críos con sus madres.
Llegó mi turno y a simple vista el docto individuo no vio nada, pero como mi madre le insistía que su niño no veía bien de ese ojo, fue entonces que decidió mandarme hasta otra mesa de la gran sala, donde me echaron unas gotas, y tras esperar pasar a un despacho donde otro individuo. Éste con pinta de médico insigne, diagnosticó una catarata traumática y por consiguiente la perdida de visión del ojo derecho. Para siempre.
Y hala, para casa.
Tengo la vaga noción de un consejo de familia en el que yo era el tema. Mi ojo derecho en concreto. Se tomó la decisión de ir a la consulta de un médico privado, pues éstos merecen más confianza. Creo que este es un axioma universal: médico con consulta propia es buenísimo; y no te digo sí tiene una clínica, los otros, son más médicos en zapatillas.
Mis padres hicieron un gran esfuerzo económico, además de conseguir, de fuentes de toda confianza, la dirección de un gran oftalmólogo. Obtuvimos una cita para su consulta.
Nos dijo lo mismo.
Y desde los siete años solo puedo ver con mi ojo izquierdo.
El otro día me dio por  pensar que eso decantó mi pensamiento, pues a partir de entonces, tuve una visión de izquierdas.

16 de enero de 2011

Diario de un Taliban 4

LAS CAPAS DE UNA CEBOLLA


Desde muy pequeño he odiado la cebolla, su textura en los labios, suave y al mismo tiempo firme, impelía en mí la necesidad de arrojar.
         Había algo peor y era sentirlo en el paladar o cercano a la garganta, un trozo de cebolla en cualquiera de sus formas preparadas, sea cocida, sea frita, sea en crudo, entonces lo inevitable. La arcada imprevista que revolvía todo mi cuerpo en una nausea prolongada, intensa, espasmódica, lacerante a mis entrañas. La nausea superior, la supernáusea, la que dejaba a Sartre como un filósofo pusilánime sin sustancia.
          
         La enfermedad y los años trajo consigo la kafkiana transformación. El aprecio, el gusto por este producto de la tierra con el que se aderezan tantos platos.
         Y mi intelecto se pregunta: ¿Porqué me gusta ahora tanto la cebolla?
         -¡Con lo que yo la he odiado!.

         Insértese el poema de Miguel.


//*//*//*//*//*//*//


         Mafalda perdóname, siento que te he traicionado.
         Aunque tus problemas eran con la sopa.
         ¿Mafalda, ahora de mayor, te gusta la sopa?.

20 de diciembre de 2010

El Ascensor

Los Encuentros.



Sin querer puedes encontrarte cosas. Es frecuente toparse en el metro con un periódico más o menos arrugado, listo para ser reutilizado, releído por ti, mismamente.
Algunas veces te encuentras con caras conocidas, la de un famoso de esos que se planchan la cara y salen tanto en los medios, y al que dudas de pedir un autógrafo pero que, inevitablemente, verá como compartes codazos y cuchicheos con tu compañera ante su impasible mirada.
En la vida te puedes cruzar con situaciones que superan tu capacidad.
Ayer me encontré un muerto en el ascensor.

¡Y como!

Nos encontrábamos en el rellano contiguo a mi piso esperando al ascensor. Unos golpes, y otros ruidos inidentificables, provenientes del hueco del ascensor, hacen expresar a mi pareja su extrañeza con un comentario baladí.
“Parece que estén matando al ascensor”.

Algunos ruidos después. Apenas unos segundos de espera ... Lentamente se descorre la puerta del ascensor, que viene con pasajeros.
Dos individuos de traje azul con el logotipo de su empresa sostienen verticalmente, en una camilla, un muerto en su bolsa. Bolsa blanca, con la  cremallera corrida, una pequeña bolsa.
De frente un tipo flaco, y ya mayor, sujeta con una mano la camilla. Es una precaución para que no se venza. Tiene pinta de ser del tipo silencioso.
De espaldas, la muralla azul de un tipo entrado en carnes, éste, el más grande, entre sudores y jadeos, se vuelve y nos dice:
“Disculpen, hemos apretado todos los botones”
Sin movernos un milímetro acertamos a emitir un balbuceánte:
“No se preocupen” .
Mientras, deseamos que la puerta se cierre de una maldita vez. Por un lado, agradecidos de que no nos invitaran a compartir viaje. Apretándose, cabía uno más.

En ese momento nos miramos y sin mediar palabra nos dirigimos a la escalera.
Llámalo telepatía.
Mientras bajábamos un tanto alucinados, podíamos oír como efectivamente el ascensor se paraba en todas las plantas. Abrir y cerrar continuo de las puertas del ascensor, lo que nos permitió llegar al portal antes que el finado.
De ruido de fondo, se oía el abrir y cerrar de puertas.

Alcanzada la relativa seguridad de la calle, caigo en la cuenta: “se me han olvidado las entradas”. Tengo que volver.

Instantes de quebranto por ser un hombre, hay que disimular la natural aprehensión y dirigirse gallardamente de vuelta a casa, (y todo por culpa de esta memoria mía).

Al abrir el portal, contemplo como es izada la camilla sobre sus patas extensibles. Me quedo sosteniendo la puerta; mientras, por mi lado pasan con el fallecido. Me dan las gracias por sujetar la puerta.
- “De nada”
A cierta distancia veo a mi señora que, en un estado de estupefacción similar al mío, contempla la escena.
No me queda más remedio que reaccionar, así que subo a casa.
Por las escaleras del metro, circunspectos, consideramos la posibilidad,  o mejor aún, la conveniencia de recuperar las viejas costumbres de la era pretecnológica, y usar a partir de ahora las escaleras.
Un poco de ejercicio es saludable.


Hoy he cogido el ascensor cuando bajaba a por pan. Afortunadamente, puedo afirmar sin ningún genero de dudas que la situación no se ha repetido y que el ascensor no se ha visto afectado por el suceso. No le han dejado marcas distintivas, ni olores, es más, parece que no ha pasado nada.


No sabemos a quién visitó la parca un sábado por la tarde, cuando de improviso pasó por nuestro vecindario.
No sabemos su nombre.
Ignoramos quién fue.
No hubo, no hay esquela, sólo la triste constatación de una vida sin huella y el triste desinterés por saber quién vive a nuestro lado.

Un cadáver sin nombre. Un vecino sin nombre.

El mismo día que murió Berlanga.

15 de diciembre de 2010

En los Otoños

Ayer descubrí por un claro en el cielo abierto,
un haz de luz bañando los árboles en otoño.

De bronce los árboles.
De bronce la tierra.

Danza la luz entre las hojas caducas,
del rojo al amarillo por el suelo tapizado
amarillo y rojo de los árboles en el jardín.

Ayer descubrí un haz de luz jugando con sus cabellos.
Ayer me descubrí celoso. Celoso del sol y de la luz.


*//*//*//*//*//*//*//*


Veo las hojas verdes amarilleando.
Se ven las hojas amarillas volverse pardas.
Veo las hojas pardas descender al suelo.
Se ve el otoño.

Las hojas pardas cubren el suelo.
Los árboles devuelven lo que de la tierra sacan.
Los árboles desean a la primavera.  

1 de diciembre de 2010

Bruma

Todos los días nos visita la Luz, alguna vez viene sola, otras le acompaña el Sol.
         Muy de mañana, en esos momentos en el que a los párpados les cuesta abrirse y desean volver a juntarse. Se puede ver a través de la ventana las peleas de los jinetes de la bruma con los guerreros del Sol.
         Los jinetes de la bruma y la caballería nube aliados en otoño para tapar el valle y que no pase nadie.
Los incruentos combates de las mañanas por las montañas de mi infancia.
Desde lo mas alto, vemos bajar veloces los guerreros bruma cubriendo los árboles con su niebla; la infantería brota del suelo y quiere alcanzar las nubes. Quiere ser nube. Las nubes cubren los grandes espacios en un momento.
Y la luz a pie firme esperando al sol.
Y llegan los guerreros del Sol con sus largos rayos, separando la bruma, evaporando las nubes, oleada tras oleada de rayos infrarrojos, ultravioletas, también los ultranaranja y los infraverde. mantienen su dominio todo el día, a veces las nubes poderosas contraatacan y apenas nos dejan una tenue luz.
Pero el Sol y la Luz después de tantas fatigas necesitan descansar para reponer fuerzas y volver impetuosas a pelear la mañana.
Es la hora de encender la luz en casa, es más pequeña y no puede salir fuera.
Así aguantamos un rato hasta que el cansancio nos recoge en sus brazos y nos lleva a la cama, cuando los párpados cruzan sus pestañas enlazándose.
Es la hora de los sueños y me gusta. Esta noche voy a ser capitán de los guerreros Sol y me aseguraré que haga un buen día.

*//*//*//*//*

NOTA: Antes de salir el Sol, éste nos manda la brigada de la Luz y sus exploradores, para informar si todo está despejado o hay que presentar batalla a las nubes, a las brumas, a las nieblas.
Despejan el terreno y cuando majestuoso el hermano Sol aparece, con los guerreros sol, con los rayos de Luz.
Nos cubren mantos de esperanza. 

23 de noviembre de 2010

Colección oscura nº -

Sin lamentos

“No lamento tener que decírtelo, hueles mal.

No lamento el decirte lo aparatoso de tus olores corporales.
Me llegan desde el hueco de la escalera los efluvios de tus sudores más agrios y repugnantes.

Es increíble el olor despedido de las BLANCAS FLORES marchitas  AL INCIDIR  sobre ellas los primeros rayos del sol naciente.
Los haces de luz de la incipiente mañana; es un albor cotidiano y ya no lo miras por hastío.”




He conseguido una artesa de cemento fresco listo para usar entre las rocas del monte.
En un hueco vierto el cemento y acto seguido introduzco mis pies, los dos, y espero que se seque.
Dos horas después ha fraguado el cemento y soy incapaz de cualquier movimiento.
Esperaré aquí a la parca cuando llegue mi hora por inanición.

Un día después me doy cuenta de lo asqueroso de todo. Mis heces y mis orines descubren que mi desesperación no va a ser limpia, va a ser sucia y greñosa.
Abandonará mi cuerpo su último aliento vital, dejando un cuerpo sucio, dejando un cadáver triste y ajado.
Sólo cuando mi cuerpo se pudra adquirirá una equiparación con mi aspecto interior.
Me preocupa que me encuentren antes de pudrirme y que mi aspecto no sea elegante.

Es palpable mi equivocación, los muchos insectos que por aquí pululan serían del agrado de un entomólogo, no de un suicida estulto.
La falta de agua puede ser el motivo de estos mareos.
Tengo tanta hambre que he llegado a probar algo que pasaba cerca  de mi mano, no quieras saber qué.
Lo peor está siendo el aburrimiento.
Tres días, hambre, sed, desolación.

Se me ha olvidado el motivo por el que quiero morir.
He dejado de tener hambre y me paso el día somnoliento.

En este bosque no hay depredadores lo suficientemente grandes para aprovechar mis carnes expuestas, e hincarme el diente.
Estoy aguantado demasiado y me angustio, sobre el papel parecía todo más limpio.
Solo faltaría que viniese una vaca y me echase una bulla encima.
Bueno si se acerca tanto tal vez podría ...
Reconozco que no me serviría de nada, la leche sólo la sé ordeñar en botella.
He perdido la cuenta de los días que llevo varado en mitad del bosque.

Las muertes literarias son mucho mas elegantes qué las reales. Y lo peor, según pasa el tiempo, me doy cuenta de mi vulgaridad.
La muerte nos es común a todos, a todos les pasa, es un acto cotidiano. Les pasa a los poderosos y nos pasa a la chusma.
Mi legado será entonces una memez insulsa, no he conseguido ningún evento estético original. Voy a quedar como un imbecil de las narices, como un tonto redomao.
Ahora que presiento mis instantes postreros, me apercibo de lo desacertado de mi elección.
Sí quieres ser original, vive.
Vive eternamente; de momento, nadie lo ha conseguido.

Morirse sí.

16 de noviembre de 2010

DIARIO DE UN TALIBAN 3.

(Estudios Mafaldiosos)
Escribir poemas es una actividad inútil, además no es apto para asistir a los concursos de la tele, tan divertidos ellos.
Operación T. Gran H. Mira Q. B., y tantos otros, urbanos o selváticos.
No doy el tipo. Estoy fuera de onda. No tengo un mínimo de guapeza, no soy descarado, no me gusta levantar la voz.
Algunas de las canciones que me gusta oír son de gente, como te diría ... No convencional.
V.P. no es guapa.       
M.S, no es fotogénica.
C.E. no es agraciada.
N. S no es nada atractiva.
C. V, se ve que tuvo mejores momentos.
Y en un arranque de mal genio, me apetece ser Fea.
Dedicado a esa gente extraña que me hace feliz.
Violeta Parra. Mercedes Sosa. Cesaria Evora. Nina Simone. Alfonsina Storni. Chavela Vargas. Gabriela Mistral.
A Lorca y Hernández. A Góngora y a Quevedo. A Luis Rosales y Angel González.
Dedicado a esa gente que a veces apaga la tele por leer un poema.
Dedicado a tí, por que me estas leyendo.

9 de noviembre de 2010

Celestino nº7

Y - TU


Las calles que transito, los ojos que miro
En ese pelo alborotado, en sus manos aladas
en el cansancio que te produce vivir por mí.

Y no bastaba el paso de sus labios.

*******

No voy a decirte como tienes que vestirte. Pero sí, te lo voy a decir.
No voy a imponer mi criterio. Pero sí, lo voy a imponer.

********

Pero eres tonto. No te das cuenta, tus opiniones rozan mi intelecto como las ortigas, produciendo un autentico rechazo y la necesaria indiferencia para mirarte a los ojos con mi desdén mas elaborado.

*******

La clase de piano se vio abruptamente interrumpida por la necesidad de tocar sus pechos.
*******

La comisura de sus labios expelía una babilla propia de la vejez y la demencia senil.
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         Porqué me miras.
         Fácil.
         Estoy interesado, muy interesado y eso que hace veinticinco años que te conozco.
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Entran en el metro los amores del día. Todos los días son buenos para ilusionarnos. Una bella figura, una cara bonita, hacen un día soleado.

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Lo que me gusta en los sueños, No es de mi agrado llevarlo a cabo, llegar a la meta es insulso, construir el camino es lo ameno.
El velo de la noche se difumina, cae, levanta el día.

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Las gacelas.
Inquietas, nerviosas elegantes. Gacelas corriendo, saltando libres por la sabana de sus quince años.
El inmenso mundo es una aldea donde todo queda a mano.
Vencedor. La triste vida.

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Espero que el murmullo no me sea indiferente, que la larga noche no me espante y el día termine sin haber hecho lo suficiente.
El largo día termine sin haber hecho lo suficiente, espero que la larga noche no me espante, deseo que el murmullo no me sea indiferente.
Todos los días pasan por Antonio Machado, construyo mis líneas en la ciudad de los poetas.
         Voy a querer un suplemento de cariño.

1 de noviembre de 2010

Camino por los senderos de los sueños

Entre los riscos más abruptos una brizna vegetal pugna por hacerse un lugar en la vida.
En lo más recóndito de mi corazón, el aliento vivificador  de la esperanza lucha por hacerse un hueco entre el olvido.
Los aleteos de los pájaros escriben una partitura viva. Sus expresiones alejan el miedo del monte.
Si un pájaro canta pierdes el miedo a vivir.
Recitas con ellos la música, la hermosa música del piar entre las hojas de los árboles.
El reclamo del vagabundo es oír sus cantos, ver el elegante galanteo de las aves por el cielo.
Estoy soñando y no quiero despertarme.
Hay tanta vida que no sé nombrar.

Piensa lo que quieras, pero te sigo queriendo.
Desde el día que se atoraron tus ojos en mi corazón.
Esperar el ocaso.
Recibir la mañana.
Recordar un mohín de tus labios.
Advertir el azul del cielo.
Imaginar formas en las nubes.
Volver a tu regazo.
Soñar que soy poeta y te canto.

¡Y vivir es tan bonito!

26 de octubre de 2010

Paseo por los sueños

Negra e imperecedera la sombra de la muerte
Los clavos herrumbrosos dejados por los avatares de tu propia vida clavados dentro del corazón,
desprenden su gota lacerante en tu sensible espíritu.
Me traen los recuerdos de las heridas sufridas en mi corta vida.
Huellas de aquello que quisiera olvidar
la mirada del rechazo es la lanza más antigua clavada en mi yo.
Todavía supura dolor y sangre.

Las reflexiones desde dentro de mi féretro,
traen la indiferencia al cuerpo gastado.
Ahora sé del cuerpo sin ataduras.
No hay risas, burla burlando, atacando tu estima.
Ya no hay que forzar una sonrisa aceptando la chanza.

Tras un chispazo de luz, la oscuridad más temida.
Tras el chispazo de cada neurona, el negro manto de la parca cubre odiosamente los ocasos de mi consciencia.
Mueren una a una, pierden su función las dendrinas y la dendrita.
De la luz a la oscuridad y la sensación enojosa de haber malgastado la vida persiguiendo las cosas inanes.
Una vida soslayada por el deseo de conseguir lo que los demás apetecen, gastadas las fuerzas por no querer optar por mis propios anhelos,
los que en verdad importan.

Tristeza por el derroche.
Tanta diversión compartida con risas falsas.
Abandonada mi alegría en manos de lo convencional.
Ocultar mis gozos, también mis sombras

Gemir hacia dentro, oír el Tango Jondo depositando sus lacras en lo mas recóndito de mi ser.

La muerte no es bella, es la constatación firme de ese tiempo perdido en los quehaceres cotidianos.
La muerte es  la muerte.



Y yo no quiero desaparecer, quiero rehacer las mis cosas y volverlas por el forro hasta que me sienten como un guante.
Volver sobre los pasos para amar mis deseos, arreglar las estupideces que tan bien se me daban hacer en vida.
Repasar la escena vergonzante para pedir perdón.
Pero.
La muerte es  muerte.

20 de octubre de 2010

S. D. S.

Vi a un viejo fraile renqueando por el pasillo lateral entre los bancos de madera. Iba con el cuello doblado por el peso de los años, por el paso de los años.
         De no se sabe donde brotan otros frailes, alguno más viejo, daquén más cansado.
Y ocupan sus asientos en el coro,  a un lado y al otro del altar.
Presidiendo la gran imagen de madera, el crucificado.
Detrás del Cristo, por la entrada disimulada se muestra un fraile joven, un anacronismo para la estancia.
El viejo fraile con el cuello doblado por la edad permanece de pie con su libro de rezos en la mano, un ligero balanceo propio de la edad, o un atavismo del judaísmo entre cristianos.
Hasta 10 monjes de diversas edades se muestran lentamente, apareciendo por los alados brazos del Cristo, los viejos en este lugar, no están solos.
Entra otro viejo fraile encorvado, le siguen algunos más.
Los andares de los ancianos recuerdan el caminar balanceado de los viejos de cualquier lugar.
Casi como un suspiro se formó el coro.
Elegantes como el vuelo de la mariposa.
Aquel fraile al tocar el órgano les da el tono.
Comienza su rezo cantado, un toque de campanilla y se doblan por los cadriles, humildes, respetuosos con el Santísimo.
Sus voces se enseñorean de la iglesia, las voces que resuenan por los ábsides de la vieja iglesia. En el monasterio
In Secula Seculorum.
Amen.  
Las dulces voces, el recogimiento, el canto mantenido al flexionarse con respeto.
Aleluya.
El dulce arrobo.
Me cambiaría por ellos ahora, por este instante de suave alegría.
El aire que respiro se vuelve caricia para mi corazón.
Sus rezos, su canto baja hasta perderse en el silencio.
Es Paz, la Paz con sus voces.
Presidiendo está, el enorme Cristo de madera.
El alado Señor del monasterio.
Gloria… Espíritu Santo…

Apoyados en los asientos del coro elevan sus tenues voces vigorosas, dulces, y se elevan tanto, que rozan las almas.
Agradezco la paz, el retiro de sus voces, su andar pausado, el diálogo del silencio. Y su canto.
En silencio se retiran, se apagan las luces, las campanas apenas audibles reverberan ligeras en la bóveda de la iglesia. Nuevas voces se elevan. Las voces de bronce, mientras los monjes se retiran.
Recogen los más viejos sus pasos por el camino,
Recogen pausadas sus voces y nos dejan.
Hermoso silencio.

                                                  XXXXXXXXXXXXXXX

A la puerta nos juntamos los asnos.
Unos se aburrían, otros casi se duermen.
-Es que les faltaba un poco de ritmo, un poco de salero.
¡Ay!. No se hizo la miel para la boca del asno.


Un camarero asimilado a los ademanes sosegados ofrece sus productos con la misma calma que inspira el lugar, le agradezco su contenido sosiego, no exento de alegría, que inmediatamente me hace confiar en él.
La parsimonia. Lo que perdimos, aquí se conserva.
Le ayuda una camarera Malinche.
Coletas pendiendo a ambos lados de su cabeza y muy alta.
Es la imagen de aquí y del Nuevo Mundo y sus trajines.
Doña Mariana y, en su presencia, concupiscencia en la mirada.
La siesta tras el yantar, esa cabezada ligera con el regusto de los sueños, fantaseando con una conquista.
La Bella Malinche en la posada.
En el monacal lugar de Santo Domingo de Silos.