3 de noviembre de 2019

Extravagancias-4



Y es lo que hay



            Conocí el relato de oídas. Es la historia de un país pobre.
Pequeño y sin bellezas naturales remarcables, por no tener, ni siquiera tiene deuda.       De costumbres ancestrales, les enseñan a cuidar de los suyos, y eso conlleva una amplia red social compuesta por niños, ancianos, tíos, primos, hermanos, padres, a los que se suman yernos, nueras y cuñados. Unos cuidan de otros, y viceversa. En general, todos tienen de todo, quiero decir, familiares; en caso de alguna inesperada carencia se adopta a quien sea menester.
            No exportan nada, nadie se interesa por lo que hacen y el comercio es un trueque entre vecinos incluidos los del otro lado de la linde.
            Una tierra sin comodidades, con sus peligros tipo, entiéndase animales salvajes. De vez en cuando, los come el tigre. Y lo reflejan los decires: ante una situación peligrosa salta la expresión: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre”.
            Hay otros países, entre ellos uno muy, muy rico.
Para seguir siéndolo debe vender, vender, venderles a todos. Sin excepción.
Y ahora dejemos que hable el pequeño país.


Hace algún tiempo visitaron el país unos señores que deambularon por el territorio, curioseando, hablando incluso con la abuela que, de puro anciana, ha perdido algo de oído y de interés.
Al poco los vemos mohínos, con un gesto adusto. ¿Y cuál es el motivo de su estado? No les han comprado nada.
De sus ojos se desprende una extraña sustancia parecida al azogue, y donde cae contamina el suelo impregnándolo de un repelente olor que hace vomitar a más de uno.
Alguien intentó explicar lo evidente: no podemos comprar porque no tenemos dinero, así de llano.
            En otros tiempos, cuentan los viejos del lugar, aceptaban la evidencia y nos dejaban en paz, desaparecían tras la neblina de sus humos como un mal sueño.
            Los de hoy son más pertinaces.
Piden explicaciones por todo y vuelven a la carga.
Aseguran, con una sonrisa en sus labios:
—Os lo podemos vender a crédito.
—Pero no tenemos nada con lo que responder.
—No importa, responderás con tu trabajo.
—No tengo trabajo.
—No importa, que os avale un familiar, un país vecino. Tengan en cuenta que cada vez es menos útil el dinero en efectivo, se estilan más las tarjetas, ustedes por eso no se preocupen, yo mismo los puedo avalar.
—Rellenen estos papeles para el Banco, firmen aquí.
            Antes de firmar, cambiamos de argumento y, a modo de ejemplo, dudamos de la utilidad de comprar un aparato eléctrico. Carecemos de energía eléctrica. No disponemos de la infraestructura ni de las instalaciones a ello asociadas.
            —No importa. Te construiremos una central y la correspondiente canalización.
Y sonriendo añaden:
—Solo tienes que firmar un contrato de suministro con una compañía de la amplia oferta de distribuidoras eléctricas, como es lo procedente en estos tiempos de máxima transparencia, en el mundo alegre y vivaz de la libre circulación de capitales; en todo caso se deberán hacer las pertinentes reformas legislativas.
            Perplejo, hay uno que pregunta:
—¿Qué es eso? No tenemos leyes, tenemos costumbres y con ellas vivimos.
            Nos resistimos en lo que presiento va a ser un vano intento por nuestra parte de eludir cualquier tipo de compromiso. Sé que hemos perdido el envite. Somos un ratoncillo de campo zarandeado por las garras del felino sin hambre que trastea con la comida, que nos obliga a correr, para luego golpear certero en su macabro juego de muerte.
            Los hemos subestimado.
            Son como niños y no quieren dar el brazo a torcer, cosa deducible por sus cejas enarcadas y la mirada de suficiencia de los comerciales. Insisten en la lavadora.
Dudamos de la utilidad de una lavadora en un país donde apenas hay ropa y donde el clima no es extremado. Se han entusiasmado y, acto seguido, nos ofrecen un convenio de colaboración para la construcción de una fábrica de hilados, otra de tejidos, otra para coser, y hasta maquinas para ensamblar otras máquinas. Todo ello será posible con la central eléctrica que tan gentilmente nos van a construir.
            Eufóricos, en un pispás nos han diseñado un centro comercial con muchos multi cines, bares, tiendas, donde podemos pasear bajo luces de bajo consumo, admirando los escaparates en los que se exhiben los vestidos manufacturados diseñados por la brillante industria local.
Además, se podrían adquirir exquisitos productos de importación traídos desde los más exóticos lugares del planeta para exhibir en los eventos propios del país, dando una imagen conspicua a la par que elegante.
Desarrollando acuerdos de los que convienen a la expansión y al crecimiento sostenible de las naciones, ítem más, conseguir los contactos necesarios que mejorarían vuestra presencia internacional.
            Una impresionante visita virtual por el consorcio urbanístico “Los emprendedores” y su letanía: por supuesto, pueden solicitar presupuestos sin compromiso a cualquiera de las empresas del sector.
Y en su tableta, construyen casas, fábricas, carreteras y puentes, tienden líneas férreas, construyen aeropuertos, diques, muelles, centrales, todo lo que se necesite a precios muy ajustados y, por supuesto, no todo va a ser trabajo, ponemos a su entera disposición una amplia gama de centros de ocio y descanso para usted y su familia. Desde el ocio activo hasta las más sofisticadas formas de relajación y descanso en un ambiente cálido y acogedor. Por no hablar de las ventajas sobrevenidas como es el considerable aumento de la oferta de puestos de trabajo no especializados (idóneos para ser ocupados por aquellos que han sido despidos procedentes una vez finalizadas las obras de construcción del centro)
Será conveniente un centro de formación donde reciclar y formar a los candidatos a las nuevas oportunidades que se les abren dentro del amplio abanico que ofrece el sector servicios. Quién sabe si hasta una universidad donde preparar a las élites que en un futuro dirigirán vuestra sociedad. El maravilloso mundo del trabajo os permitirá reducir el paro endémico de la región y ver prosperar el país en el concierto internacional.
—Tendréis presencia, seréis alguien.
Por contestar algo les decimos:
—Miren ustedes, como no tenemos trabajo, no tenemos paro; sería de tontos buscar trabajo para que luego me lo quiten cuando les venga en gana. 
Nos explican. No importa, todo se puede solucionar. Con nosotros, y en unos cuantos años de progreso y de crecimiento económico podréis disfrutar como el resto de países civilizados del trabajo.
Del famoso trabajo precario y del paro del que tanto se oye hablar.
Lo que es inevitable es que tenéis que comprar cosas, si no a nosotros, por lo menos a nuestros competidores. No debéis desaprovechar esta magnifica oportunidad de negocio, de desarrollo, de crecimiento, de sostenibilidad. De verdad, solo pensamos en lo mejor para vuestro país.
Les decimos que, si no compramos nada, a nadie debemos.
¡Se han enfadado! Se han ido sin poder dar un portazo, pero removiendo mucho el aire.
No tiene relación alguna, pero últimamente se ve mucho movimiento al otro lado de la frontera, se están viendo soldados acompañados de su parafernalia. Vienen cargados de herramientas de probada eficacia. Los vemos pasar rodando con inmensos artefactos.
A las cabras se les ha cortado la leche con tanto ruido.
De momento, seguimos haciendo nuestra vida normal, pequeños trueques a un lado y al otro de la frontera. Despacio y sosegado discurre nuestro devenir al ritmo de las estaciones tal como vivieron nuestros padres.

Curiosamente, en el lugar más común de trueque han puesto a un tipo en una garita a pleno sol, se autodenomina Guardia Fronterizo. Y vigila que no violemos las fronteras, por si se nos ocurre robar o algo peor. Vigila por si los invadimos. Insiste en que le enseñemos nuestros papeles para poder pasar.
Seguimos haciendo nuestra vida, con la salvedad tal vez de pasar lo más alejados posible de su garita o cruzando por medio cuando el aduanero se va a comer.
Cada vez se ve más trasiego de gentes por los límites tradicionales, nunca hemos visto tanta.
Comenta el guarda que hay previstas unas importantes maniobras conjuntas entre su país y su nuevo amigo rico y poderoso y que no estamos invitados.
Un gran aliado que les ayudará a protegerse de nosotros en caso de necesidad. “No quiero decir con ello que vosotros representéis algún peligro o amenaza, pero nunca viene mal estar preparados”.
Nos reímos mucho con las historias del aduanero.
Durante las maniobras, se les ha escapado alguna bomba sin querer, ha habido algunas balas perdidas con tan mala fortuna que nosotros las hemos encontrado.
Algunos incidentes han sido fatales. Nos advierten que debemos tener cuidado y respetar el margen de seguridad, aunque este invada nuestra región, mejor que nos alejemos y no molestemos.
Han dibujado en un mapa una línea de exclusión.
Les reprochamos que han traspasado los límites.
Nos contestan que ellos qué sabían. Como no tenemos vigilantes que les adviertan, por lo menos algún segurata. No sabían cuándo ni dónde tenían que parar. Que la culpa es nuestra por no poner policías de frontera para vigilar el contrabando y a los contrabandistas, así como prevenir invasiones...
¡¡¡La culpa es nuestra!!!
Cada vez se ponen más desagradables.
Nuestro jefe les ha pedido una entrevista, pero no quieren hablar con nosotros. Dicen que no tenemos nada de qué hablar, que no tenemos nada que les interese.
Continuamente hay altercados, invasiones de nuestro territorio.  Algunos llegan, rompen algo y se van, se van enfadados, se les oye quejarse de haber perdido el tiempo, no hay nada digno que llevarse.

Al fin, conseguida la mediación de un país neutral, se ha convocado una cumbre de alto nivel entre los dos países en conflicto bajo la tutela de ese país muy rico.
Las negociaciones previas han conseguido su objetivo. Se acabaron las maniobras, se han llevado a los militares de nuestras fronteras, con ellos se fueron multitudes de contratistas a ellos asociados.

 Hemos decidido pedir un crédito y comprarles de todo un poco, un surtido variado. Como no tenemos bienes, los intereses son muy altos, las condiciones son leoninas.
Nos han concedido el crédito. No sé cómo podremos pagarlo. Hemos comprado muchas cosas, algunas que no nos servían para nada las hemos devuelto, pero van cargadas con una penalización que debemos abonar a pesar de todo.
Inevitablemente, llegan los vencimientos. Pedimos a nuestros nuevos y grandes amigos consejo, una guía del buen hacer, una orientación que nos ayude a enfrentarnos a la deuda.
Nos visitan unos inspectores internacionales para elaborar sesudos informes, estos asesores se han dignado mandarnos sus consejos en un voluminoso expediente con las orientaciones para salir de la crisis y afrontar con garantías el pago de los intereses de la deuda tan brutalmente contraída.
Es indispensable tomar medidas valientes para lograr un desarrollo sostenible, pagar los compromisos adquiridos y, a la par, ser más competitivos en la nueva era de la economía global. Para ello es necesario tomar el toro por los cuernos y afrontar una serie de medidas que devuelvan la confianza a los inversores: si escogéis la andadura correcta, aunque ello implique los más duros sacrificios, vislumbraréis al final del túnel los brotes verdes.
Como primera medida debemos afrontar con paso decidido una reforma del mercado laboral, lo que implica una reducción de la masa salarial, una imprescindible flexibilización del despido y la reducción de las cargas sociales y de los impuestos. Todo ello no será efectivo si no va acompañado de la necesaria privatización de las empresas públicas y reducción del número de funcionarios para desengrasar el déficit de las cuentas del estado.
Han llegado las primeras oenegés (ONG’s) para ayudarnos en nuestra primera catástrofe médica: la viruela que trajeron tantas gentes moviéndose por nuestra frontera.
Resumimos: evitamos una invasión en la que nosotros poníamos los mutilados, los heridos, los muertos. Nunca tuvimos funcionarios, no sé cómo los vamos a reducir. Insisten machaconamente. Nunca tuvimos empresas estatales, ergo, no podemos venderlas. Insisten machaconamente. No teníamos un mercado de trabajo. ¡Ya me gustaría a mí liberalizarlo! Insisten machaconamente. Nos concedieron créditos a sabiendas que no podríamos pagarlos.  Nos declaramos insolventes.
Entonces no queda más remedio que el desahucio.
Esta mañana han empezado a talar los bosques. Nos hablan de aprovechar nuestra montaña para hacer gravilla para la exportación a unas fabricas de cemento de por ahí.
Y es lo que hay, como no tenemos nada…
El otro día llamaron a la puerta trasera ofreciendo un nuevo negocio con interesantes perspectivas para el cual no necesitamos preparación, ni instalaciones.
Bueno, requeriría una pequeña inversión en hotelitos para fomentar el turismo rural. Aprovechando las bellezas naturales del lugar, con espacios especiales para los necesitados de un contacto más intimo. Un turismo en habitaciones cerradas, discretas y solo hay que habituarse a sonreír. A sonreír siempre. Algo bien sencillo. ¿Quién no sabe sonreír?
—¡Ah! Tengo que hacer una ley impositiva y poder gravar la venta de alcohol.
—Necesitaré una ley prohibiendo el consumo a los menores de edad.
—Vaya, se me olvidaba que no tenemos fijada la mayoría de edad, y es que está todo por hacer. Así nos luce el pelo.

Ha pasado alguna estación que otra; donde teníamos una montaña hay un descampado abrupto y lleno de escombros. Nos ofrecieron utilizarlo como vertedero. Nos pagan un alquiler.
La explotación turística tan peculiarmente montada, no da pie a muchas alegrías. Enfermedades, suciedad y un fenómeno nuevo, las adicciones. Tampoco es que se maten por venir a pasar las vacaciones por estas tierras.

Hemos decido desaparecer como país, abandonando el lugar, si quieren meternos en la cárcel por deudas, que lo hagan. Nos vamos tomar la sopa boba en algún hospicio del país vecino.
Hemos cruzado la frontera ilegalmente, al final nos hemos ido todos, estamos hartos de tanto trabajo, ruido y humo.
Debemos ser sigilosos, nos hemos convertido en un pueblo sombra, nuestra tarea es pasar desapercibidos, ocultarnos.
Podría ser peor, podrían expulsarnos por emigración ilegal.

1 de octubre de 2019

Extravagancias-3



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El Misterio de los libros

El trabajo con los libros en una biblioteca tiene una rutina ampliamente conocida, también lo es cierta peculariedad de estos, el desaparecer de su lugar sin que nadie sepa el motivo.
Claro que hay sustracciones, pero lo curioso no es eso, sino la sorprendente capacidad de algunos libros por aparecer colocados en anaqueles distantes de donde deben. En principio, solo es la extrañeza que puede derivar en irritación cuando un lector insistente inquiere sobre él y no se puede dar una explicación convincente.
En las salas de acceso abierto se achacaba a la mano enredadora de algún lector que lo colocaba al albur de su propio criterio, pero yo sabía que no era cierto y sospechaba de extraños tejemanejes entre los impresos.
Independientemente de que los volúmenes ocupen el espacio de una sala de libre acceso o en un depósito, los libros se mudan de sitio sin conocimiento por nuestra parte.
 La profesionalidad me hizo ser siempre escrupuloso en su colocación, y soy capaz de visualizar con total exactitud el momento cuando deje un tomo en su lugar.
En su tiempo, llevado por la curiosidad, intenté unas pesquisas conversando con circunloquios con las compañeras y los compañeros, que de todo había, sin alcanzar conclusión pertinente. No obstante, me abstuve de expresar mis sospechas a los responsables, a los jefes o a la dirección, pues reconocida mi afición a la lectura implicaba ello fama de libresco y sé que me hubiesen tildado de fantasioso.
Me lo callé.
El tiempo nos trajo nuevas tecnologías y con ellas las cámaras digitales, eso me dio la oportunidad de pergeñar un plan estratégico conducente a visualizar las estanterías cuando no había nadie. Armado de mi primera máquina y su trípode, la instalé entre las calles que forman las estanterías. Un infrarrojo permitía encender el dispositivo al menor movimiento y tras diez segundos de inactividad quedarse en stand-by. Dicho y hecho.
Mi empeño no tuvo en cuenta las dificultades hasta que, el paso de los días y tras horas de paciente visionado, no se veía movimiento alguno. Cambié la cámara de sitio varias veces, como si nada. Solo monotonía y días infructuosos.
No desistí en mi empeño y, fruto de mi paciencia, fue la grabación de un libro cayendo al suelo y de lo que luego aconteció.

 Un libro expulsado de su lugar empujado por el resto de sus compañeros que lo habían zarandeado hasta precipitar su caída. Los vanos intentos por recuperar el sitio asignado eran impedidos por sus propios compañeros abriendo y cerrando tapas, agresivamente. Por tales incidencias salían con hojas dobladas o las tapas maltrechas.
Al final, vencido por el número, terminaba en el suelo deambulando sin rumbo. La filmación de suceso tan increíble es una cosa que aún hoy, pasado el tiempo, me sigue anonadando. Claramente se visiona a los libros moverse con la ondulación propia de un acordeón hasta el instante en que un lomo sobresale y el ritmo de las olas de papel impreso aumenta y aumenta hasta que, irremediablemente, el tomo es expulsado y cae, cae hasta toparse con el suelo; entonces vi al libro realizar unos movimientos que definiría como peristálticos hasta conseguir izarse a la vertical. Para mi asombro, extendió las tapas que agitó a modo de alas de paloma hasta elevarse con cierta torpeza hasta la balda de donde lo habían expulsado e intentó volver a su lugar, pero los otros libros se giraban sobre sí mismos para utilizar sus tapas como picos de ave. Los más agresivos, sin duda, los encuadernados que, gracias a sus refuerzos, se destacaban en la lid.
Infructuosos o vanos empeños que a lo sumo le acarrearon deterioros variados en la cubierta y en sus páginas, tristemente lo vi desistir, los daños sufridos o la fatiga le hacen posarse en el suelo donde, verticalmente, empezó a caminar de esa forma tan curiosa que tienen los pingüinos en tierra balanceándose para que su impulso los lleve un paso adelante.
Pude seguir su paso vacilante entre las calles, hasta encontrar un sitio en el que lo aceptaron; para su ascenso de nuevo recurrió a su capacidad de aleteo de tapa con sus hojas vibrando sutilmente. Me maravillaba, pues su torpe caminar chocaba con el grácil aleteo de sus tapas abiertas con el que se sustentaba hasta llegar al estante donde se asentó tras ímprobos esfuerzos.
Desconocía el motivo del rechazo de unos y de la aceptación de otros. Cuáles eran las causas, el motivo de este nuevo caso de acoso cultural protagonizado en este lance por los propios, no podía acusar a nadie, y desconozco si existe alguna ley defensora del libro y su integridad. Físicamente, ya sé que sí en lo referente al contenido o propiedad intelectual, pero en lo físico, nada. Exceptuando lo referente a los libros que de puro viejos alcanzan la categoría de antiguos.
Se me planteó el problema de la comunicación. Interactuar con los libros en un diálogo conducente al esclarecimiento de lo sucedido.
La dificultad es máxima si consideramos qué. Primero: carecen de paneles auditivos. Segundo: no disponen de aparato fonador.
Cómo carámbanos iba a conseguir por parte de tomos y volúmenes una explicación y, no menos importante, que aceptasen en su caso la inevitabilidad de la presencia de un nuevo ejemplar entre ellos, así lo dictaban las instancias superiores.
Pánfilamente, me explayé con la balda díscola en una perorata digna de mejores intenciones; obtuve la callada por respuesta, lo que me convenció de la imposibilidad de una relación entre mi palabra y los impresos.
Reflexionando largo y tendido opté, sin garantías de éxito, por escribir mi discurso explicando lo necesario para que acogiesen a los nuevos compañeros, tanto por hermandad como porque ellos no tenían la potestad de renegar de nadie, a sabiendas de que la decisión venía de los despachos donde sesudos catalogadores se devanaban el cacumen hasta encontrar la clasificación idónea para luego decidir su lugar topográfico en el laberinto bibliotecario.
Para ello recurrí a una caja de folletos vacía y esperé unos días hasta asegurarme de que la caja no sufría ninguna presión ni era expulsada, entonces puse una primera versión de mi charla a la que añadí alguna cuartilla en blanco y un lápiz, por si hubiese contestación. Ya sé que lo consideraran ustedes como una posibilidad remota porque, aunque soportasen textos impresos, eso no implicaba que supiesen escribir con un lapicero y con la dificultad añadida de cómo sostenerlo sin dedos.
No hubo respuesta.
Tras el periodo de espera pertinente y aprovechando la caja, coloqué el pobre volumen expulsado dentro y esperé.
Al poco tiempo, todo parecía haber vuelto a la normalidad; la caja y el libro seguían en su lugar y las filmaciones no detectaron movimiento esos días.
Satisfecho de mi ocurrencia, decidí llevar el experimento un poco más lejos y extraje de la caja las cuartillas con la perorata que tan esforzadamente había redactado, llegando a la conclusión de que mis papeles no influían para nada. La verdad, me hubiese hecho ilusión. Era la caja la que salvaguardaba la posición y la integridad del expulsado. Empero era imprescindible testar el asunto, así qué quité la caja y puse el libro sin protección en su lugar.
Como sospechaba, el libro fue expelido sin miramientos, lo que me produjo grande tristeza; esperaba de la hermandad libresca, fuese el que fuese el motivo del rechazo se olvidara, para ser acogido de nuevo entre ellos.
Evidentemente volví a colocar la caja de folletos vacía y dentro de ella el libro desterrado, salvando así la situación.

*

 Finalmente, pensé en divulgar lo sucedido subiendo el vídeo a Youtube, además de enseñarlo a gente de mi confianza.
Todos opinan que soy muy habilidoso con los efectos especiales y que podía dedicarme a ello profesionalmente.
Pese a mis reiterados intentos por explicar que no había manipulación alguna y que todo era real.
He intentado llevar a efecto una campaña en defensa del libro abandonado, pero se burlan con esa crueldad típica de compañeros. Me llaman pesao por mis planes para colocar donde se necesiten cajas de acogida para libros maltratados. A la vez que se explicaba un misterio, se conseguiría que no hubiese más libros perdidos, también era un ahorro, pues, al haber menos deterioro por peleas, se evitaban onerosas encuadernaciones. Ante mi insistencia, me miran estupefactos y, con una media sonrisa cansina, se alejan meneando la cabeza murmurando adjetivos variopintos referidos a mí. 
Mi trabajo se difunde en las redes como un nuevo y espectacular meme bibliotecario. Me preguntan para cuando el próximo.
Se han petado las estadísticas con las reproducciones, se ha compartido hasta la saciedad, y vuelve cada tres años como si fuese nuevo, prueba evidente de lo pronto que se olvida todo; siempre lo likean con dedo arriba o caritas sonrientes, y cada tres años recibo propuestas para nuevos clips, incluso se ofrecen a pagarme, pero no tengo habilidad para los cortos.
Se ha conseguido llenar la biblioteca de cámaras de seguridad, se han detectado intentos de sustracción humanas, algún acto vandálico y poco más. Por indicios y comentarios pillados a vuelapluma, sé que hay libros que nunca están en su sitio, pero la dirección prefiere comprar un ejemplar nuevo.
Inexplicablemente, si el ejemplar nuevo es aceptado y encontramos el antiguo, podemos colocarlos juntos y ya no es botado de la balda. De todo esto se puede colegir que los supuestos responsables prefieren negar lo sucedido a enfrentarse a la realidad de un hecho extraordinario.


1 de septiembre de 2019

Extravagancias-2


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Dormiré bien.

Introducción.

Es la hora de recogerse después de un día de buscar trabajo en unos casos; en otros, que lo tiene de vuelta a casa después de una jornada laboral interminable.
En autobús o en metro queda un buen trecho hasta el hogar. Inquietos van, es verdad, las calles solitarias les dan miedo y la sombra de un gato los atemoriza.

Hay un palo en el suelo que recoge para sentirse más seguro y fantasea con la posibilidad de ahuyentar bandidos con el palo y su arrojo. Cómo un niño lo aferra y, si no lo ven, lo blande con vigor en estocadas certeras.
Puede ser también una mujer con estudios, trabajando en la limpieza, por decir algo, quien, con un caminar inseguro, retorna temiéndose lo peor: ladrones, bandas callejeras, violadores.
Ambos miran a todos lados con aprensión, no importa el tiempo, no consideremos el lugar, todos los días el mismo recorrido en diferentes ciudades del extrarradio de un país civilizado.

I

Desde las sombras aparecen individuos (mínimo dos, tres o más) que le rodean amenazantes.
Preso del temor esgrime su palo agitándolo con movimientos zigzagueantes. Su decisión abre un hueco por donde huye corriendo todo lo que da de sí. Corre sin mirar atrás porque, si se distrae y tropieza, está perdido.
Ha visto una luz en una ventana, tal vez su salvación; con el corazón desbocado, a punto de saltar por la boca, golpea la puerta, toca el timbre. Y ve que sus perseguidores dejan de correr y se lo toman con calma, en lugar de huir se acercan con aplomo.
Desde el otro lado de la puerta le increpan.
“Márchese o llamaremos a la policía”
Gritas pidiendo auxilio, aporreas la puerta.
“Por favor, Socorro, me atracan unos ladrones”.
 Se oye un ya se lo advertí, acabo de llamar a la policía, vendrán a por usted, gamberro.
Para los asaltantes es la rutina diaria, por eso sonríen relajados.


II

Si fuese mujer, su interés no estribara tanto en hurgar en el bolso, que también. Una mujer conlleva como valor añadido el ser violable. Para empezar, un par de guantazos para serenarla (es conocida la tendencia de las mujeres a ponerse histéricas) y luego, bien sujeta, hacerse una ronda, incompleta, eso sí, pues uno venía tan cachondo que se ha corrido antes de tiempo.
            Al final se vuelca el bolso, porque si no, no encuentras nada, ya sabes, las mujeres lo echan todo al buen tuntún, y para encontrar el monedero es mejor volcarlo todo. Mira, la muy golfa llevaba preservativos.
Unos poco billetes y un móvil, será poco, pero al menos se han desahogado.
Entre el hueco de las cortinas alguien ha grabado todo el atropello; todo el rato mirando no se ha perdido detalle. En cinco minutos estará disponible en la red.

III

Bueno, qué decir de estas historias, salvo que podrían ser diferentes si se abriera la puerta, si se diera cobijo.
Daría bastante miedo tener a unos delincuentes pateando tu puerta, tirando macetas a tus ventanas que, de momento, resisten. Sacuden, percuten, maltratan todo el mobiliario que encuentran, infinitamente cabreados y, aunque a veces tardan un tanto, al final llega la policía y el alivio.
Unas veces llegan a tiempo para detenerlos, otras veces se escapan y siempre es molesta tanta declaración y papeleo. Mañana o pasado mañana te comprometes a pasar por la comisaría para firmar la declaración, imprescindible si quieres reclamar al seguro los desperfectos que te han causado.
La policía va a acompañarlo a casa.
Al salir se cruzan miradas, se intercambian unos gestos, nimios tal vez, pero cargados de gratitud.
Por eso sabes que esta noche vas a dormir bien, muy bien.