17 de julio de 2026

 


Abrazos.

 

Los abrazos a veces vienen bien, a veces se rechazan. Siempre dan calor, a veces sofoco, otras, ternura.

Agarraditos.

Sus manos en mi pecho, las mías en su cintura. Cerrar los ojos, aspirando fragancias de los cuerpos cercanos en el baile en que nos conocimos.

Parpados traspellados sirven para imaginar los cuerpos libres en toda su extensión, sin hábitos, sin ropajes molestos, solo la piel en ebullición.

 

Lo que empieza siendo un recuerdo, el recuerdo de un sueño en el regazo de la abuela, con arrorrós, con sus manos acogiéndome. Las manos que el trabajo desarrolló hasta hacerlas enormes. Yo cabía en sus manos, me recogen, al abrigo de sus arrugas en su casa, en la aldea, al lado del camino que se dirigía a no sé dónde. Mis letras discurren y continúo hablando de epidermis, de cutículas en contacto y entonces puede notarse el cariño, y en otras circunstancias con pieles más jóvenes, la epidermis de dos personas sin consanguinidad, con erotismo de las manos en ebullición y de los labios acercándose al roce, con la fragancia de la libido bullendo.

 

He crecido.

Los mayores se desvanecen en comunión con la tierra o en un nicho o en el fuego que te hace ceniza. La juventud convive con el eros y el thanatos, y me escondo en una esquina, bajo unas sabanas, bajo la cama, con los ojos cerrados, al fondo un tic-tac de un despertador.

Una frase inacabada es un mundo incompleto, una inconsistente se puede decir, fugaz, un sueño informal sin etiqueta.

La noche de los perdedores, el día seco, un fin de semana eterno. Yo vivía en mi sueño una fantasía sin princesas en el que, empero, me encantan las mozas, las cariñosas, las únicas que importan. Danme calor en las largas noches de invierno. Despiertan los sentidos, así como quién no quiere la cosa, justo, al llegar la primavera. La imaginación adquiere tintes eróticos, ahí hago las veces de potro joven, épico con las hembras, caballero, en cualquier caso. Nunca se debe perder la compostura ante las gentiles damas de mis sueños.

Me quedo mudo, inquieto, mirando fijamente las motos de polvo y lo que hay entre ellas. A veces mis sueños adquieren tintes Disneysianos y los seres mágicos lucen faldas cortas, mallas prietas, marcando formas.

Enseguida se difuminan y pierden su tinte erótico para aparecerse como sombras en las que no se aprecian contornos definidos, a lo sumo manchas de color que se expanden o contraen al compas de la música presente en mi cabeza. Puede ser una tonta canción de moda, un dulce trinos de pájaros o un runrún inventado sin ritmo, ni cadencia. El color se mueve, grande, pequeño, bañando la tierra, manchando el cielo, vistiendo mi cuerpo, y así una y otra vez, todos los días que lucen el sol y se cuela de través, por mi ventana.

Y no llueve.

Cuando un cielo cubierto de ominosas nubes a punto de llorar, los nublados tienen una gran pena y nadie les presta atención, por ello nos lloran encima. Por afinidad caigo en un día gris en una cubierta de tristeza.

Bajo una sábana, una manta, la colcha, que en esos días cuando el color solo es oscuridad y las lágrimas añaden agua a la lluvia.

Y hay agua dentro y fuera de casa.

Hay días y días. Hay días que en los haces de luz salen cuchillas para herir las pieles sensibles y hasta las en las mas curtidas van dejando arañazos, blancas líneas en la dermis o la epidermis, no sé. A veces lanzan dardos directos a los ojos. Y duele la luz en los ojos cerrados y te obliga a cubrir con tus manos los ojos cerrados. Y me escondo de mi mismo.

Tengo miedo de que salgan de mi cabeza elementos peligrosos, los famosos demonios interiores, que cortan, pinchan, insidian, elucubran, te tientan, se mezclan peligrosamente con los cuentos infantiles, con los terribles cuentos juveniles y hay heridos, hay muertes.

Hay largos noches de insomnio.

Hay sabanas retorcidas por todo el cuerpo, y hay piel descubierta tiritando de frio, hay tozos ten recubiertos que asfixian.

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