27 de abril de 2010

La Braña

I

La aldea de la Braña, un asentamiento en la montaña, que en sus años de esplendor, llegó a reunir unas veinte casas a lo largo de una carretera que subía en cuesta, a otra aldea aún más lejana.
Veinte casas repartidas a lo largo de kilómetro y medio, con algunas ramificaciones que morían en las propias casas de labranza.
Esta aglomeración fue debida a que en este lugar, se apareció La Virgen.
Me contaron: en este lugar se apareció la virgen a un pastor y como señal, marcó el lugar, haciendo brotar del suelo una fuente de agua limpia y cristalina, es decir un manantial mariano.
Puedo dar testimonio, pues bebí del caño de la fuente allí construida.
Y exploré por detrás de ella, y constaté cómo se paseaba por el manantial un llimaco, muy limpio, eso sí.
Aparte de los escrúpulos modernos, doy fé y asevero que en mi memoria asociada a mis papilas soy incapaz de recordar un agua más fresca y más rica de la que bebí entonces; ora en la fuente, ora del cubo que en la cabeza portaban mis tías para abastecernos, de agua para beber, agua para cocinar, agua para lavarse la cara.
Las apariciones, y la fuente, propició que a unos cien metros, en lo alto de una cuesta, en una no muy extensa pradera, se erigiera una iglesia. Dedicada obviamente a su advocación y la parroquia de turno con rectoría y todo, pasó a tomar nombre del lugar “una braña” y al singularizarse, diose  la prestancia merecida.
“La parroquia de La Virgen de la Braña”.
Este asentamiento de finales del siglo XIX, propició un comercio de telas con sastra y un colmado, con algunos productos necesarios y algunas bebidas imprescindibles.
Y la Romería.
La Romería del 15 de Agosto, con sus ramos de acebo, con rosquillas de anís enlazadas, su sidra y su procesión.
En los prados colindantes a la fuente, acampaban cientos de romeros, empanada en ristre, tortilla y bollo preñao.
En casa, comida de fiesta y el famoso bollo dulce de la abuela, el único dulce que me gustaba de pequeño, hasta cuando crecí.

II




En la Braña caminas sin encontrarte con nadie. Días y días, algún rebuzno, mugido o balido informa que la aldea está viva.
Hay un colegio vacío en verano, donde aprenden las cuatro reglas los nenos del entorno.
Mi abuela tan pequeña como un duende, toda de negro, pañoleta a la cabeza y grandes manos de tanto trabajar. De pequeño me envolvía  en su regazo y dormía:
-- En las montañas habitan los lobos, en las aldeas habitan los hombres temerosos de los lobos.
-- Se reconoce a un lobo en la espesura por el fulgor de sus ojos.
-- Sabes que nos llaman los Mediaorella.
-- Tu padre acarreaba traviesas en el monte.



Cuando me dijeron que la abuela había muerto, quería llorar, que me vieran llorar, no pude.
Y me preguntaba, sí yo quería a mi abuela, porqué no sentía pena, porqué no tenía ganas de llorar.
Yo estaba a gusto con mi abuela, me gustaba estar con ella.
¿Porqué no sentía la angustia, el pesar, ese dolor, que he visto estallar en tantas gentes.?
Tal vez, sólo tal vez, mi abuela está conmigo y no me deja estar triste.
Sigue aquí, a mi lado, con sus grandes manos, acunándome.


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